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Cuidar la mayoría de Gobierno

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Fernando Alvarado

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El lector que me haya seguido en estos últimos años recordará que vengo sosteniendo reiteradamente que en la moción de censura que hizo presidente del Gobierno a Pedro Sánchez se hizo visible la única mayoría de Gobierno posible para la izquierda española. Para las izquierdas españolas, porque las izquierdas, igual que las derechas, son varias. Con las elecciones generales de diciembre de 2015 quedó claro que se había puesto fin al sistema de bipartidismo dinástico vigente desde la primera legislatura constitucional de 1979 y que se entraba en un nuevo ciclo político, en el que la imprevisibilidad en el sistema de partidos desde la perspectiva de la formación del Gobierno se convertiría en la normalidad. Hemos tenido desde entonces dos disoluciones anticipadas de las Cortes Generales por la imposibilidad de investir a un presidente de Gobierno y dos elecciones generales tras las cuales se ha conseguido investir a un presidente: Mariano Rajoy en 2016 y Pedro Sánchez en 2020. Hay que añadir la investidura a través de la moción de censura en julio de 2018.

Aunque la moción de censura de 2018 dio como resultado un Gobierno monocolor socialista con los 84 escaños que el PSOE había obtenido con la repetición de elecciones en 2016, la mayoría parlamentaria que hizo posible la investidura de Pedro Sánchez en aquel momento sigue siendo una mayoría parlamentaria de Gobierno de una estabilidad y de una productividad sorprendentes. 

La supervivencia del Gobierno parece estar pendiente de un hilo. La impresión es que puede caer en cualquier momento. Y sin embargo, la evidencia empírica de que disponemos no autoriza sacar esta conclusión. Todo lo contrario. Con base en el resultado de las elecciones generales de noviembre de 2019 se constituyó el primer gobierno de coalición de la historia de la democracia española y, a pesar de que ha tenido que hacer frente a una pandemia de intensidad no conocida desde hacía más de un siglo y a una situación dificilísima como consecuencia de la invasión de Ucrania por Rusia, ha conseguido aprobar un programa legislativo realmente sorprendente. 

En 2020 la mayoría parlamentaria aprobó 3 leyes orgánicas y 11 leyes ordinarias, entre las que se debe destacar la Ley de Presupuestos. En 2021 se aprobaron 11 leyes orgánicas y 22 leyes ordinarias. Y en lo que llevamos de 2022 se han aprobado 4 leyes orgánicas y 8 leyes ordinarias. Si el presidente del Gobierno decide agotar la legislatura, será una de las más productivas de toda la democracia.

Mucho ruido y pocas nueces reza un conocido refrán. No es de aplicación a esta legislatura más que en su primera parte. El ruido es realmente ensordecedor. Pero las nueces son muchas. Hay una mayoría sólida de Gobierno. Del Gobierno que tiene, por mandato constitucional, que “dirigir la política interior y exterior” (art. 97 CE). Y que lo está haciendo con una visibilidad, sobre todo en el ámbito de la Unión Europea, como no se recordaba desde la época de Felipe González.

La solidez de la mayoría parlamentaria, en contra de lo que parece y a pesar de la campaña orquestada para hacer que no lo parezca, es más que notable. En mi opinión, se puede contemplar lo que queda de legislatura con cierta tranquilidad. E incluso más. Los autoproclamados “constitucionalistas” son minoría en el cuerpo electoral, que es el lugar de residenciación del poder. Tienen “ocupadas” algunas instituciones muy importantes, que se resisten a abandonar y cuentan con apoyos confesables e inconfesables, dispuestos a montar conspiraciones y a poner zancadillas. Pero su idea de España y de la Constitución es claramente minoritaria.

Es en el rechazo de esa idea de España en la que se asienta la solidez de la mayoría parlamentaria de Gobierno. El problema de esa mayoría parlamentaria es de cohesión interna, fundamentalmente como consecuencia del “naufragio” de la Reforma del Estatuto de Autonomía de Catalunya ante el Tribunal Constitucional. Las heridas infligidas por el gobierno de Mariano Rajoy al nacionalismo catalán están vivas todavía y sobre ellas las derechas, con la inestimable colaboración de determinados jueces y magistrados, no dejan de derramar sal y vinagre. La revisión de los indultos por el Tribunal Supremo que hemos conocido esta semana es un buen botón de muestra. Ello dificulta la acción de gobierno. Pero, a pesar de todos los pesares, la mayoría de Gobierno aguanta. 

Me imagino que Pedro Sánchez, por instinto de conservación y porque así se lo estarán haciendo llegar sus asesores, es consciente de que, tras las próximas elecciones, únicamente podrá seguir como presidente con una mayoría parlamentaria similar a la que tiene en este momento. La moción de censura de 2018, la única que ha sido aprobada en toda la historia de la democracia española, estableció la línea divisoria en el sistema político de la Constitución de 1978. Mientras la visión de la Constitución territorial de España de las derechas sea la que se ha manifestado desde la presidencia del partido y del Estado por Mariano Rajoy, Pedro Sánchez será el beneficiario de la reacción negativa contra la misma del resto de la población española. 

Esa coalición inicialmente negativa hay que cultivarla, como ha subrayado en alguna ocasión Yolanda Díaz. Tengo la impresión de que el presidente del Gobierno no lo está haciendo con la dedicación que merece. De ahí han venido algunos de los sustos de esta legislatura, que no deberían volver a producirse. Y menos con una polarización tan extraordinaria como la que tenemos y vamos a seguir teniendo.

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