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El orgasmo: (un)happy ending

Antes –no hace tanto-, aquí –y todavía, y en muchas partes del mundo-, la única arma que poseían las mujeres estaba entre sus piernas

¿Estamos poseídos por los fantasmas de millones de antepasados, aunque nos las demos de progres? Siempre vemos la misma peli desfasada

 `A Kiss From Johnny´ -  Robert G. Harris, 1952

`A Kiss From Johnny´ - Robert G. Harris, 1952

Voy a contarte una peli.

Antes –no hace tanto-, aquí –y todavía, y en muchas partes del mundo-, la única arma que poseían las mujeres estaba entre sus piernas.

Solo tenían ese tiro. One shot. Una oportunidad de cazar. Si lo regalaban, estaban mancilladas. Inservibles. Deshonradas. Un futuro horrible por delante, de soledad y tetrabriks de leche preparada para bebés huérfanos de padre.

Por eso tenían que guardarse muy mucho su única baza y jugar al juego de que solo el hombre quería esas cosas. Estrangulaban los propios deseos, que les causaban pudor y miedo. Si de ese cóctel molotov lograba escapar una pizca de lujuria alguna vez, podían darse con un canto en los dientes.

Pero bueno, ¿a qué viene esta peli? Ya nos la sabemos todos.

La cuento por varios motivos. En primer lugar, porque hay herencia de esta constante. A saber: el no-no-no de la mujer como soniquete de fondo en los magreos vintage. El hombre sí-sí-sí, no seas tonta, venga. En otras palabras: ella, para luchar contra el previsible estigma que le caería encima en cuanto el ansia floreciera, tenía que resistirse. Era casi protocolario. Otras veces la forzaban de verdad, pero esa peli es aún más vieja. Ecco qui la cuna de la cultura del pesao de mierda que «se prueba» continuamente, que no se da por aludido; y la causa de que ahora los políticos estén pensando en legislar el sí expreso, silabeado, tan antinatural en el sexo: ese í, (y firma este formulario, de paso). Cuesta romper con siglos de tradición y adaptar el nuevo mecanismo.

¿Y cuál es el nuevo mecanismo?

Pues la libertad. ¿No? Somos libres de usar nuestros cuerpos como, con quien y cuando queramos. Esta es, básicamente, la misma filosofía de los sesenta y setenta, pero sin el aire de mantra y el tufo a hierba. Le quitamos el envoltorio del amor universal y lo recubrimos de una capa de libre mercado, egoísmo purista. Damos, recibimos, buscamos el mejor trato. Lo conseguimos rápido, lo tenemos, ya estamos llegando. ¿Qué buscamos?

El orgasmo.

Dicen muchos hombres a las mujeres, para advertirles:

—Cuidado. Los hombres solo quieren una cosa.

—¿Y cuál es? —preguntan ellas, parpadeando con inocencia—. ¿Ser felices?

—No. Quieren lo que tienes entre las piernas.

—¿Quieren? ¿Ellos?... ¿Y tú no? ¿Tú… eres diferente?

Las relaciones erótico-festivas: intercambios y fluctuaciones de poder. Uno coge la sartén por el mango. El mango es cogido por una mano. Ambos buscan tener la sartén en el puño el máximo de tiempo posible. El que se desconcentre está perdido. El camino hacia el culmen es escarpado, lleno de obstáculos, atestado de convencionalismos, socavado de deseos que tuercen tobillos. Hay que ascender en el silencio de la estadística hasta el pico más alto, sartén en mano, allá donde explotan los fuegos artificiales.

Las pelis siempre acaban con un beso. Esta peli, ¿cómo acaba?

Con un vacío. Un precipicio sideral. El foso por el que caen todas las previas: las miraditas, las sonrisas, los vuelcos de estómago, las promesas, la esperanza incipiente. De pronto -alcanzada la cumbre-, los rostros se vuelven vulgares, el recuerdo se pervierte o deviene completamente inservible. Es el misterioso efecto del unhappy ending del orgasmo, consumado el deseo, obtenido el premio.

¿Estamos poseídos por los fantasmas de millones de antepasados, aunque nos las demos de progres? Siempre vemos la misma peli desfasada.

En búsqueda frenética de algo que jamás encontramos. Una expectativa que jamás se cumple. Al menos eso que los hippies anhelaban podían hallarlo en cualquier cuerpo. Nosotros evaluamos, a la primera de cambio tachamos. Nos insensibilizamos sin que hagan falta ya ni drogas. Las personas pasan a ser perfiles de redes, números, datos acumulados; como si pudiéramos ser máquinas, como si hallar la fórmula perfecta pudiera prevenirnos del desastre.

¿Prevención? ¿Es prevención?

¿Cuánto dolor puede soportar un corazón humano?

The end.

Aunque…

—Dime. ¿Y tú? ¿Tú eres diferente?

No siempre duele. Hay esperanza, no siempre duele. Al menos, no justo en el pico de la estadística.

Hay veces en que después hay un remanso llano, una planicie de verdor fulgurante donde solo hay piel, músculo, latido y fondo acuoso de mirada.

En esos casos no hay premios ni fórmulas ni estadísticas. No se busca nada, el clímax no es el fin en sí mismo. Es más un medio para no llegar a ninguna parte, más que al centro de la otra persona. Un puente tendido hacia otros ojos, con cualquier escenario de fondo: las sábanas, las sillas del cine, el tapiz de una pizzería, una ciudad europea.

Hay veces en que nosotros, los humanos, nos olvidamos de los roles, de la educación religiosa, de las normas sociales, de las tendencias culturales, de los chats y del consumo, y nos dejamos ser solo eso. Humanos. Animales, cachorros que buscan y buscan el culmen de su vida. Que es otro. Que no es el orgasmo.

Esto sí es un happy ending.

(Al pueblo le gustan los finales felices).

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