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La caída del imperio americano será larga y dolorosa

Imagen del pasado junio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, junto a su vicepresidente J.D. Vance, siguiendo desde Washington el ataque contra Irán.
8 de enero de 2026 22:21 h

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Dentro de doscientos o trescientos años, con perspectiva histórica de largo plazo, los historiadores del futuro contarán el trumpismo como hoy leemos sobre tal o cual emperador de la antigua Roma. Hasta entonces solo podemos hacer paralelismos históricos gratuitos, pues pocas veces los contemporáneos tienen la lucidez para entender su época.

Hay analistas que comparan la fase actual de Estados Unidos con la larga agonía del Imperio Romano, en línea con una idea que lleva ya dos décadas en circulación: el declive del imperio americano. Desde el final de la Guerra Fría, de la que paradójicamente salió vencedor Estados Unidos, se viene señalando su pérdida de hegemonía y su inevitable ocaso. El trumpismo sería una muestra más de decadencia, pues los imperios en fase terminal suelen combinar descomposición interna y agresividad externa, con grandes dosis de violencia e incertidumbre.

Lo cierto es que Estados Unidos ya no es la potencia incontestable que durante un siglo fue en todos los ámbitos. Sigue siendo la primera economía mundial pero con China pisándole los talones, y ha sido desbancada en aspectos decisivos: China supera a Estados Unidos en exportaciones, materias primas, tierras raras, inversión en infraestructuras, robotización industrial, tecnologías críticas y producción científica (número de publicaciones en las revistas de referencia). A cambio, Estados Unidos mantiene la primacía financiera, con el dólar como moneda de referencia, y su hegemonía cultural, con el inglés como lingua franca global y la industria audiovisual difundiendo y haciendo todavía deseable el “American Way of Life”, aunque también culturalmente está en retroceso frente a una cultura global más diversa y rica.

Pero hay un ámbito en el que Estados Unidos mantiene un liderazgo rotundo e inalcanzable: el militar. Su gasto bélico es casi igual a la suma de todos los demás países, y sus rivales geoestratégicos están muy por detrás. Añade decenas de bases repartidas en todos los continentes, superioridad tecnológica, y la dependencia que muchos países tienen de la industria militar norteamericana. Estados Unidos podría sostener una guerra contra el resto del mundo y ganarla. Y esa brecha va a aumentar: Trump acaba de anunciar un aumento ¡del 60%! en el presupuesto de Defensa.

Esa combinación de decadencia en todos los ámbitos y supremacía militar convierte a la Norteamérica de Trump en un peligro planetario: la única forma de mantener su hegemonía es por la vía militar, sometiendo países, asegurando áreas de influencia, ampliando su territorio e imponiendo la ley de la fuerza. Su agresividad exterior y ruptura de reglas es una evidente muestra de debilidad, un imperio que necesita demostrar su liderazgo por la vía violenta, lo que augura una caída tan caótica y destructiva como los imperios de la antigüedad.

Y como aquellos, también Estados Unidos es un imperio en acelerada descomposición interna. Su democracia se deteriora, la desigualdad social crece, grandes bolsas de población viven con niveles de bienestar propios de países pobres, y el autoritarismo y la violencia amenazan la convivencia. Las redadas brutales del ICE contra los inmigrantes, asesinatos incluidos, recuerdan demasiado a la impresionante Una batalla tras otra, mientras algunos temen que acabe pareciéndose a otra película reciente: Civil war.

Un imperio en declive exterior y descomposición interna, con una capacidad militar imbatible y un autócrata narcisista al frente, es un combo terrible. Ya podemos prepararnos.

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