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OPINIÓN | 'Y un día las noticias desaparecieron de los medios', por Rosa María Artal
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Piedras de papel es un blog en el que un grupo de sociólogos y politólogos tratamos de dar una visión rigurosa sobre las cuestiones de actualidad. Nuestras herramientas son el análisis de datos, los hechos contrastados y los argumentos abiertos a la crítica.

Autores:

Aina Gallego - @ainagallego

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Ferran Martínez i Coma - @fmartinezicoma

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Política pobre, país rico

El líder opositor, Stefan Löfven, y el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt, en un debate televisivo.

Suecia vota este domingo. Elecciones nacionales, regionales, locales y algún que otro referéndum a nivel local. Todos los comicios tienen lugar el segundo domingo de septiembre cada cuatro años. Un país pequeño, que no llega a los 10 millones de habitantes, no se puede permitir el lujo de vivir permanentemente encadenando elecciones a distintos niveles. Las campañas son poco espectaculares: sin grandes mítines ni desplazamientos de miles de kilómetros para los candidatos. Los partidos no disponen de grandes recursos – aunque están financiados de forma muy razonable – y, sobre todo, los medios de comunicación no pueden cubrir el elenco tan amplio de actos electorales que tenemos en otros países como España. No hay conexiones en directo del telediario con el momento álgido de un mítin. No hay un ejército de periodistas que, como moscas, van siguiendo al ajetreado político en su frenética campaña. Se sospecha incluso que muchos políticos siguen atendiendo sus tareas domésticas, como de costumbre. Por ejemplo, es bien sabido que el primer ministro conservador pone la lavadora en casa.

Mi hipótesis es que esta “pobreza” en recursos de la política conduce, paradójicamente, a una mayor riqueza intelectual del debate político. Lo podemos ver en tres aspectos. En primer lugar, como la montaña (atención mediática) no puede ir a Mahoma (los políticos), Mahoma va a la montaña. Los políticos van a los medios donde debaten sus propuestas frente a la audiencia. De forma individual, en enfrentamientos entre representantes del bloque de izquierda y del de derecha, o todos juntos, los políticos son sometidos a un escrutinio regular durante el ciclo electoral. El periodista – cuya reputación depende de mantener una escrupulosa neutralidad (o sea, en las antípodas del tertuliano) – se erige en la voz inquisitoria de los ciudadanos, insistiendo sin respiro hasta conseguir la respuesta exigida y mediando en el debate con la máxima imparcialidad posible.

La batalla política se produce, por tanto, de manera directa frente a los ciudadanos. En España predomina la batalla política de indirecta: las palabras de un político X en un acto electoral – arbitraria o bienintencionadamente seleccionadas – son contrapuestas a las palabras del político rival Y en otro acto. Las intenciones de los políticos son empaquetadas por los medios antes de ser presentadas a los ciudadanos. El paquete de información política que reciben los españoles tiene formas distintas: de los altamente regulados (y bastante aburridos por lo general) espacios electorales de los noticiarios a las tertulias más desenfrenadas, donde el mensaje de los políticos es destilado por analistas y periodistas que en muchas ocasiones tienen perfiles ideológicos. Aun cuando no lo tienen, los periodistas deben interpretar el contraste de opciones políticas, pues los enfrentamientos cara a cara entre políticos de signo diverso hablando sobre problemas concretos son escasos.

Por el contrario, como ni los políticos ni los medios suecos tienen recursos para empaquetar sus propuestas, éstas aparecen en toda su desnudez delante de sus inmediatos oponentes y de los votantes. Así, este domingo el ciudadano medio tiene una idea aproximada de los costes y beneficios relativos de las propuestas de cada uno de los 8 partidos nacionales en el sinfín de temas que se han abordado a lo largo de los últimos meses en debates sectoriales: igualdad de género (¿Qué fracción de la baja paternal debe asumir el padre?), educación (¿debe permitirse que las escuelas concertadas tengan beneficios?), inmigración (¿cuántos refugiados podemos y a qué coste?), empleo (¿debemos suprimir las prácticas obligatorias para empleados de larga duración?), etc. Y, en lugar de exóticos eventos, el cierre de campaña se ha celebrado con dos intensos debates – el jueves y el viernes por la noche en las dos únicas cadenas de información en televisión – donde los cabezas de lista de los 8 partidos con representación parlamentaria han tenido la oportunidad de contrastar todas sus propuestas. Los debates han sido dirigidos con mano férrea por dos reputados periodistas, forzando a cada uno de los 8 líderes a dar respuestas concretas y estimulando los debates a dos entre políticos del bloque de izquierdas y del de derechas. Un festín de propuestas distintas sobre temas muy variados.

Muy relacionado con esto, está el segundo aspecto positivo que me gustaría destacar: la igualdad de trato hacia los partidos políticos. Independientemente del tamaño, todos los partidos tienen oportunidad para presentar todas sus propuestas, lo que se traduce en que los votantes tienen un menú muy variado de opciones. Si eres pro-mercado puedes votar a los conservadores (los Moderados); pero, si, al mismo tiempo crees que hay que fomentar la igualdad de género forzando a los padres a tomar 3 meses de baja paternal obligatoria, puedes votar al partido liberal; o si crees que es la protección del medio ambiente la que debe limitar la competencia, entonces puedes votar al partido de centro. Si, compartiendo la misma visión pro-mercado, tienes unos valores sociales más tradicionales, entonces puedes votar a los democristianos. Todo esto dentro del bloque de derechas – la llamada “Alianza”. Si eres más pro-estado, tienes también distintas opciones dentro de la izquierda. Obviamente, los partidos mayoritarios dentro de cada bloque – los Moderados y los Socialdemócratas – reciben una atención especial, con debates más frecuentes tanto entre sus líderes como entre los responsables de cada política. Por ejemplo, el ministro (de economía, sanidad, asuntos exteriores) frente al “ministro en la sombra” de la oposición. Estos debates son constantes y ocupan el lugar en el prime time político de nuestras tertulias de interpretadores políticos.

Me gustaría concluir con una tercera consecuencia positiva de la “pobreza” de recursos políticos en Suecia: que permiten los ciclos electorales. Es decir, que hay cuatro años sin elecciones donde los gobiernos pueden dedicarse a tomar las decisiones que consideren más oportunas sin tener que pensar que, en un intervalo corto de tiempo, su partido se enfrenta al juicio de las urnas en unas elecciones regionales o locales. El gobierno, por ejemplo, puede presentar sus primeros presupuestos sin tener que esperar a que pasen las elecciones andaluzas en unos meses. Los gobiernos pueden hacer apuestas arriesgadas, como políticas vistas con mucho recelo a corto plazo, pero que, a lo largo del ciclo electoral de 4 años, pueden empezar a dar sus frutos.

Un ejemplo son las políticas adoptadas por el primer gobierno conservador de Reinfeldt (2006-2010) para fomentar la incorporación al mercado de trabajo de parados de larga duración o personas con bajas por enfermedad muy prolongadas. Las políticas fueron acogidas por un alud de críticas salpicadas por noticias dramáticas, como personas supuestamente forzadas a aceptar trabajos en las proximidades del círculo polar. La popularidad del gobierno – que parecía que estaba desmantelando el estado de bienestar – se desplomó hasta el punto que algún famoso politólogo predijo que nunca podrían recuperar la enorme caída en las encuestas. Sin embargo, con el paso del tiempo, las noticias sobre casos puntuales fueron diluyéndose, y las estadísticas sobre los buenos resultados de estas y otras medidas para dinamizar el mercado laboral fueron acumulándose. La gestión económica de este primer gobierno acabo siendo tan unánimemente bien valorada por todos los observadores internacionales que los partidos de la Alianza remontaron las encuestas y acabaron imponiéndose en las elecciones de 2010. En esta segunda legislatura los resultados no han sido tan buenos y consecuentemente los electores los castigarán en las urnas (salvo milagro de última hora). Pero lo importante es que tanto en 2006, como en 2010, como el gobierno rojiverde que surgirá casi con toda seguridad de estas estas elecciones, cualquier gobierno puede contar con un ciclo electoral de 4 años a la hora de programar sus políticas.

En resumen, más allá de las interpretaciones ideológicas que se puedan extraer de estas elecciones suecas – que si gana la izquierda, que si los socialdemócratas sacan el peor resultado de su historia, o que si la extrema derecha de los Demócratas Suecos se convierte en la tercera fuerza parlamentaria – quería en esta entrada destacar un elemento que solemos pasar por alto: la aparente “pobreza” política – en número de elecciones, en recursos empleados en hacer y cubrir las campañas – de país. Y cómo esa pobreza de recursos materiales es un incentivo para enriquecer de ideas el debate.

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