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Serena alegría, no un cheque en blanco

Momento de felicitaciones tras la firma del acuerdo del Gobierno de coalición.

Sienta bien recuperar la alegría. No llega a ser un torrente de adrenalina, ni siquiera la exaltación o euforia que suele acompañar a la rebeldía, es más una sensación de alivio, una recuperación de energía y una renovación de la esperanza por la empatía social que proyecta ya el nuevo gobierno.

Recién se ha inaugurado la era del primer gobierno de coalición y progresista, con un programa común que viene marcado por la recuperación de las políticas sociales y la atención a las necesidades más acuciantes que atraviesan las condiciones de vida en el estado español.

El discurso oficial del nuevo gobierno transmite ya un mismo mensaje: la vida de las personas en el centro de las políticas. Recogiendo una parte importante de las demandas más significativas realizadas por los movimientos sociales desde que el estallido del 15M convirtiese la indignación y descontento social en acción política ciudadana; al igual que las vindicaciones surgidas de la movilización y emergencia feminista que hemos reactivado muchas mujeres en los últimos años, con motivo de los 8M y con cada afrenta de la misoginia distribuida que padecemos; y también las que han estado sosteniendo la movilización de pensionistas cada lunes y la denuncia continua de la juventud por la emergencia climática. No cabe duda de que todo ello conforma un importante nutriente de ese programa común a desarrollar por el primer gobierno de coalición progresista que también se declara feminista y ecologista.

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Hola, soy la crisis climática ¿ahora sí? Gracias

Antes de extraer conclusiones sobre el paso de la borrasca Gloria que ha azotado el noreste peninsular, lo primero que hay que hacer es lamentar la pérdida de vidas humanas (al menos 13 muertos al cierre de este apunte) y acompañar en el duelo a los familiares y allegados de las víctimas.

Anotado ese profundo lamento, conviene leer el paisaje devastado para llegar a comprender qué nos ha pasado. Porque no basta con hacer inventario de los daños, evaluar los costes de la reparación y declarar la catástrofe.

Hay que descifrar el mensaje que nos trasladan los escombros. Observar desde la conciencia crítica de especie esos paseos marítimos descuajados, los puentes caídos, los coches sumergidos, las calles que conducen ahora al mar.

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Agit-prop de una derecha desnortada y peligrosa

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Pablo Casado, presidente del Partido Popular en una imagen de archivo.

Pablo Casado anda confuso. No sabe si raparse la barba o ponerse gafas. En ocasiones es un digno heredero de Rajoy y su calma atemporal, y en pocas horas pasa a ser un furibundo defensor de las esencias ideológicas de lo peor de la aznaridad. El PP anda desnortado sin saber qué quiere ser, porque le ha salido una conciencia agitadora a su extremo que viene acompañada de un panorama mediático insultantemente antidemócrata. Un extremo que le urge constantemente a tomar decisiones extemporáneas y atribuladas y le obliga a levantar mucho la voz. A ir a rebufo de Vox. Ruido en las redes, ruido en las ondas, ruido en las portadas. Mucho ruido para un líder popular que no sabe bien qué deriva tomar y se siente acomplejado por su falta de liderazgo. Pablo Casado es un dulce bocado para quienes aspiran a tener un líder blando sin consciencia de su ruta, porque eso hace posible tener un hombre de paja al que guiar en beneficio propio. Una derecha sin rumbo ni concierto y, por eso, muy peligrosa.

El agit-prop marxista fue cooptado hace tiempo en España por la extrema derecha. Está a mandos de Federico Jiménez Losantos, que tiene a sus cachorros diseminados por todos los medios conservadores españoles siguiendo sus instrucciones y enseñanzas como pequeños chacales adiestrados. Pero hasta para hacer ruido hay que tener cierto talento. La elección fallida de las guerras culturales de estos días permite pensar que los discípulos están aún muy lejos del maestro.

La estrategia de agit-prop es constante desde los medios conservadores con El Mundo a la cabeza, que se ha demenciado (más aún) bajo la dirección de Francisco Rosell y que, con Jorge Bustos en opinión, está marcando la pauta de una oposición mediática imbuida del espíritu del antiguo maoísta Losantos. El verdadero artífice del corpus discursivo de todos y cada uno de los representantes del panorama mediático conservador dirige la orquesta y hace que sientan miedo a que desde las ondas los tilde de maricomplejines. Esa estrategia constante de urgencia, de escándalo, de emergencia crítica que transmiten estos medios provoca en sus correligionarios una sensación de peligro y alarma, que es el germen propicio para el odio de los salvapatrias.

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La ultraderecha marca y controla la agenda

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Juan Guaidó, autoproclamado presidente de Venezuela.

Día intenso en noticias que me interesan. Un informe de la ONU afirma que la desigualdad creciente pone en riesgo la estabilidad política y el progreso global. Y otro de Oxfam Intermón demuestra que las mujeres se llevan la peor parte. La mayor amenaza para el progreso es la desigualdad, y de ello prácticamente no se habla. De hecho se airean mucho más las opiniones que disuaden de esa realidad.

La desigualdad tiene consecuencias concretas. En España, la mitad de los alumnos pobres repiten curso. El porcentaje ha subido casi diez puntos en 12 años (los famosos años de la siempre mentada crisis). A Díaz Ayuso, la presidenta de Madrid, lo que le preocupa es el currículo académico de Historia para incluir más contenidos sobre la cultura y el "legado" judío.

Hay carencias también en residencias geriátricas. Se denuncia que la ratio actual es de 4,21 por 100 mayores de 65, lejos de la ratio que marca la OMS y que España necesita crear 70.000 plazas en residencias para cubrir la demanda actual de personas mayores.

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Kathy Scruggs

La actriz Olivia Wilde interpretando a la periodista Kathy Scruggs en la película 'Richard Jewell'.

'Richard Jewell', la última película de Clint Eastwood, relata la historia real de un agente de seguridad que descubrió una bomba en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 y, tras ser encumbrado como un héroe, fue acusado erróneamente por el FBI de ser un terrorista. Los villanos del filme son unos pocos agentes sin escrúpulos y con presión por encontrar un culpable y, sin matices ni paliativos, la prensa.

Eastwood cambia los nombres de los agentes del FBI y los retrata con algún atisbo de duda, pero pinta con despiadada brocha gorda a una periodista del periódico local de Atlanta, elAtlanta Journal, utilizando su nombre real, Kathy Scruggs. El periódico, que se precipitó en su cobertura y fue parte de una cadena de errores, ha denunciado a la productora por haber inventado, entre otras cosas, que la periodista ofrecía sexo a cambio de información. Incluso sin ese detalle y pese a los fallos que sí cometió el periódico, la caricatura de la periodista suena falsa para cualquiera que haya trabajado en una redacción y afecta a cómo habla y se comporta el personaje casi todo el tiempo. Para completar el brochazo sexista, llorar al darse cuenta del error es la única hazaña de la periodista, que no puede disputar los hechos porque murió en 2001 por sobredosis de medicamentos a los 42 años (Jewell murió a los 44 en 2007 por complicaciones de diabetes).

El filme de Eastwood es un alegato contra la prensa y contra el FBI en supuesta defensa del hombre blanco que no ha conseguido el dinero, la fama o la familia que quería pero que intenta actuar por el bien común. La película, basada en un artículo y un libro bien documentados, elige con una agenda evidente qué detalles ocultar.

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Quién pone el cascabel a la Iglesia

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La jerarquía de la Iglesia española, esa que ha recibido al segundo gobierno de Pedro Sánchez tentándose las sotanas y recelosa, no quiere hablar de pagar IBI, ni de las 30.000 inmatriculaciones de propiedades a su nombre, ni de contar públicamente a qué dedica el IRPF que recauda de la casilla de la X o de sacar Religión (católica) como conocimiento computable en la educación pública para dejarla en el ámbito de casa y de la fe. No quieren hablar de nada porque con esa política de comunicación les ha ido bien durante miles de años. En España han quedado pocas instituciones libres de la apisonadora de la crítica y la crisis, pero una ha sido la Iglesia. Esta década ha pasado por encima a la banca, el rey Juan Carlos, los políticos, los sindicatos, la Universidad y hasta a la Justicia.

Mientras todo eso sucedía, la Iglesia española y sus representantes más reaccionarios callaban y se blindaban ante un huracán de laicismo y petición de rendición que cuentas que fingen que no va con ellos. Como si tener derecho propio (el canónico) o tribunales y administración propia (la del Estado Vaticano que impera para los religiosos de todo el mundo) les eximiera de responsabilidades ciudadanas y terrenales. Como si no vivieran entre nosotros, algunos líderes están agazapados en la cobertura de la Santa Sede y una gracia divina que se ha convertido en privilegios económicos y de influencia en España, desde que Franco los arrimara a su sardina para construir el nacionalcatolicismo. La estrategia este tiempo ha sido aplazar y templar, con ese lenguaje eclesial que requiere su propia exégesis y arqueólogos lingüísticos. Su éxito ha sido lograr que no se haya embridado ninguno de sus privilegios, rehuyendo las críticas camuflándolas de ataque, obviando también a cristianos de base en sus reclamaciones de justicia social o reivindicación de derechos, también los de la mujeres en la Iglesia. ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mateo 8, 23-27)

Los obispos españoles asistieron atónitos a la primera promesa de Pedro Sánchez como presidente. Lo hizo sin crucifijo ni Biblia, lo que presagiaba una legislatura negra para lo que consideran derechos adquiridos. Sin embargo, no se tocó ninguno de sus privilegios. Es más, la oposición a la exhumación de Franco del prior del Valle de los Caídos y la tibieza de la jerarquía en impedir que el dictador acabara en la Almudena dejó claro que siguen considerando su reino de otro mundo, al que uno tiene que subir pidiendo permiso si quiere tratar con ellos. Su colaboración con el Estado fue tendente a cero.

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De la distopía climática a la entelequia rural. ¿Sueñan los humanos con la selva amazónica?

En 1995, Hawai acogía el rodaje de la industria cinematográfica más caro hasta la fecha: 170 millones de dólares para una película que se filmó íntegramente sobre el agua. Pese a que los espectadores acudieron en masa a ver Waterworld, la cinta fue una catástrofe a todos los niveles: no hubo beneficios, las críticas fueron pésimas y la carrera del célebre guardaespaldas cayó en picado y sin frenos. A posteriori, sin embargo, a Waterworld le ha salido una virtud inesperada: fue la primera película mainstream que tomó el cambio climático como eje ficcional. En el film, situado en torno al año 2500, los casquetes polares se han derretido por completo, haciendo que el nivel del mar se eleve hasta cubrir casi toda la tierra.

La esperanza de esta nueva -y acuática- humanidad reside en Enola, una niña en cuyo cráneo se halla tatuado el mapa del único reducto de tierra seca. Ahí es nada. Quitándole estética steampunk y sumándole algo de pretensiones moralistas, una década después la distopía climática tuvo sus herederas en obras como El día después de mañana (2004), El incidente (2007) o la nueva versión de Ultimátum a la tierra (2008). En la primera, un paleoclimatólogo -ojo- alerta en la cumbre de la ONU sobre las inminentes consecuencias del calentamiento global: paradójicamente, una nueva edad de hielo se aproxima. La película concluye -claro- con un emotivo discurso del presidente de los EEUU, que agradece la acogida de los países del denominado tercer mundo -los únicos a salvo de la glaciación- y reconoce su error fatal al no prestar atención a los avisos sobre el cambio climático.

Still Light

Still Light Paula Prats

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Más vale explicar que callar

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El presidente del Gobierno.

Entre el indulto y la reforma del Código Penal, el Gobierno ha elegido lo segundo para beneficiar a los líderes del independentismo. Sus razones tendrá. Una es que los condenados por el Supremo siempre dijeron que no solicitarían jamás una medida de gracia que requiriese del arrepentimiento. Y quizá otra sea que la modificación del ordenamiento jurídico puede resultar una jugada mucho más audaz por aquello de que la decisión final no la tomará el Consejo de Ministros, sino el legislativo por mayoría absoluta -que es la que requiere la aprobación de toda ley orgánica- y, luego, serán los tribunales quienes tengan que aplicarla. Una forma, en definitiva, de hacer sin que lo parezca. El Gobierno propone, el Congreso aprueba y la Justicia aplica.

La decisión tiene defensores y detractores, como todo en la vida pública. Hay quien sostiene que en la medida en que Sánchez manifestó su voluntad de hacer política para resolver lo que considera un problema que nunca debió salir del ámbito político, la mejor manera de ejercerla hubiera sido la concesión del indulto. Más rápido, más sencillo y sin implicar a otros poderes del Estado. La política también es eso, asumir el desgaste por la decisiones adoptadas. Y si se toman, además, con el convencimiento de que revertirán en beneficio del país y de la convivencia entre sus territorios, con más motivo. La derecha en sus tres versiones clamará en cualquier caso. Así que mejor una vez colorado que ciento morado porque a estas alturas no hay quien crea que el asunto catalán puede tener solución mientras Junqueras y compañía permanezcan en la cárcel. Cometieron varios delitos, sí. Fueron juzgados, sentenciados y condenados después de un fallo cuanto menos controvertido tanto por lo elevado de las penas como por los delitos imputados. La sedición y la rebelión siempre dieron para acalorados debates incluso entre los más respetados juristas y, no digamos ya, entre políticos y tertulianos.

Sánchez fue un ardiente defensor de la rebelión. Lo hizo ante las cámaras de televisión. Ahora ha cambiado de opinión, quizá no con argumentos jurídicos sino con el aplastante razonamiento de que España no puede vivir otra década más con Catalunya en el epicentro de la agenda y con el independentismo agitando el fantasma de la secesión. Y en estos casos más vale siempre explicar que callar o delegar en otras voces de su entorno o de su gobierno que, en lugar de aclarar, a veces, no hacen más que contribuir al infernal ruido que aprovecha la derecha para inflamar el debate público.

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El Gobierno avanza mientras Pablo Casado está perdido

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Pablo Casado, presidente del Partido Popular.

Cada día que pasa, y sin fallar uno solo, la relación de fuerza se inclina a favor de la izquierda. Y no porque crezca su número de escaños, que son los mismos, justitos, que el día de la investidura. Sino, porque partiendo de esa base, las decisiones que el Gobierno está tomando a un ritmo inusitado le confieren la capacidad de iniciativa que es necesaria para dominar la escena. Al tiempo que las carencias y la división interna de la derecha no dejan de debilitarla. Y su primera figura, Pablo Casado, aparece como un líder superado por los acontecimientos, perdido.

Si esas tendencias no se modifican sustancialmente, y en el horizonte no se atisban elementos que puedan hacerlo cuando menos a medio plazo, el mito de que Pedro Sánchez es un político con suerte adquirirá nueva fuerza. Hace tan sólo dos semanas, cuando aún se hacían cábalas sobre cómo lograría ser investido, había un consenso bastante amplio, aunque no unánime, de que el suyo sería un gobierno muy difícil, casi imposible.

Diez días después de la toma de posesión de los ministros, el panorama desmiente radicalmente esos negros vaticinios. La coalición entre el PSOE y Unidas no registra la mínima tensión. Es más, la unidad y sintonía entre ambas formaciones parece ser cada día más sólida y no se escucha voz discordante alguna con ese entendimiento en el interior de ninguno de los partidos. Se han tomado muy en serio lo de no dar pábulo a rumores de división y la presión de la derecha no hace sino reforzar esa actitud. Y si las cosas van bien, las elecciones, que podrían reabrir los enfrentamientos, no tendrán lugar hasta dentro de cuatro años.

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¿Quién determina nuestra ideología?

Jóvenes muy preparados, pero confusos y desorientados ante la crisis

Esta semana el "pin parental" ha sido la noticia central, parece que la escuela vuelve a ser un campo de batalla. Este pin parental o veto parental ha sido una iniciativa de Vox, para que los padres den consentimiento de asistencia a los hijos para ir a clases o talleres relacionados con feminismo, identidad de género o LGTBI. Ya algunas articulistas han defendido que los niños tienen derechos y además es beneficioso que tengan la libertad de escuchar charlas más allá de aquello que piensen sus padres.

Sin embargo, desde un punto de vista empírico, se ha intentado explicar recurrentemente cómo se forma o se modifica la ideología. Es un ámbito en el cual ha sido difícil de establecer conclusiones sólidas, pero cada vez se tienen más claves para saber cómo se generan las prioridades de los ciudadanos.

La mayor parte de la investigación concluye que las actitudes políticas y la identificación partidista de los padres es la que prevalece en la visión política de los hijos. De hecho, aquellos padres que más hablan y discuten de política en casa, tienen unos hijos con una similitud ideológica mayor. Los padres son el principal agente socializador de su descendencia, ya que son los que tienden a pasar más tiempo con ellos a lo largo de su juventud; este es el principal motivo por el cual se asemeja tanto la visión política de padres e hijos.

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