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La inmoralidad de la derecha española

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Firma entre PP y VOX para el gobierno andaluz. Europa Press

Vox no "ha colado" nada al PP bajo una apariencia u otra, como nos cuentan en las lavadoras mediáticas. Era una maniobra bien visible por chapucera. Las proclamas y autoexculpaciones de la otra pata del acuerdo, Ciudadanos, producen vergüenza ajena. Formar parte de un gobierno con apoyo de la ultraderecha y pretender desvincularse de ese hecho no lo tragarían los niños de primaria. Personas adultas, sí. Y ese es uno de los problemas.

La raíz se encuentra en la inmoralidad de la derecha española, sus dirigentes en particular, puesta una vez más de manifiesto. No será de todos sus miembros, por supuesto, pero es uno de sus signos de identidad. Y lo más grave: va en aumento. Estamos oyendo y viendo cosas en las negociaciones del gobierno andaluz que espantarían hasta al Roy Batty de Blade Runner. No dejan de ser los herederos de los señoritos que retrataron magistralmente Delibes y Camus en Los Santos Inocentes, aunque ahora juegan a un cierto despiste para seguir burlándose de las víctimas. La falta de escrúpulos que está mostrando está derecha ha alcanzado cotas insospechadas, incluso para su estirpe.

Según el manual de la manipulación de masas, Vox presenta un delirante catálogo de propuestas, que luego "modera" la habilidad de Pablo Casado, mientras Rivera hace mohines. En la práctica, Andalucía va a tener un gobierno de ultraderecha. Con una política fiscal que favorece a las rentas altas. Entregando la sanidad y la educación a la iniciativa privada, conservadora, hasta con segregación de sexos pagada con dinero público. Toreros y cazadores a proteger porque los ven muy necesitados, mientras se abandona y combate a las mujeres, los homosexuales  y los emigrantes. El resumen de Ignacio Escolar describe la letra pequeña del acuerdo.

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La igualdad como patrimonio

Muchas mujeres de la posguerra española criaron a sus hijas susurrándoles al oído que estudiasen una carrera, o en su defecto tuviesen un oficio, un trabajo. Que jamás dependiesen de nadie. Al menos es lo que yo viví en casa. La dependencia económica es la cárcel, quedarse en casa cuidando a los hijos, ancianos y enfermos ha sido el rol femenino tradicional que nos ha condenado a la cuneta social. Porque sí, cuidar es maravilloso, pero también lo es sentirse libre de vivir la vida que quieras, y además de ser madre, ser mujer, periodista, carnicera o ingeniera molecular.

Crecimos escuchando a esas madres mientras nos hacían la merienda, y protagonizamos las primeras fotos con birrete y orla en muchos comedores de pisos humildes de toda España. El orgullo de ser las primeras licenciadas universitarias de miles de familias. Su trabajo y enorme sacrificio estaba en esas fotos expuestas como trofeos sobre la tele. Hoy las teles son de plasma y no aguantan un marco de fotos. Y la ultraderecha... bueno, la ultraderecha en boca de Aznar ya dijo hace años que lo que le gustaba era “la mujer, mujer” y con esta imprecisión ya lo entendimos todo.

He criado a mi hija diciéndole lo mismo. No dependas de nadie. Pero también le he hecho ver que soy su madre, y también soy periodista, mujer, amiga de mis colegas... Y todo eso importa. Nadie tiene que imponer una cosa sobre la otra, si una misma no lo quiere. Y durante mi vida he visto casos de todo: la culpabilidad de no ser una súpermadre motivada. Las malas caras en algunos equipos cuando trabajas un día desde casa porque tu hija tiene fiebre. Que te paguen menos o no te contraten porque algunos entienden el periodismo, no como un sacerdocio, sino casi como una secta. Esas mujeres que no pudieron tener vida propia, ni derechos, no han hecho todo ese camino de renuncia para ahora volver a ver a sus hijas y nietas preparar canastillas, zurcir, cocinar y esperar al marido a que vuelva del duro día de trabajo al hogar para servirle.

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Dos pactos sometidos a condición suspensiva

Juanma Moreno (PP) y Juan Marín (Cs)

La derechas españolas han conseguido cerrar dos pactos en Andalucía para extraer las consecuencias del resultado electoral del 2 de diciembre. El hecho de que hayan sido las derechas españolas y no las derechas andaluzas las que los hayan cerrado ha sido un primer éxito de Vox. Hasta el momento los pactos de gobierno para la Junta de Andalucía, cuando habían sido necesarios, se habían cerrado en Andalucía sin la intervención de la dirección nacional de los partidos. Este es el primero en el que se  sustituye de facto el derecho a la autonomía por el principio de unidad política del Estado en línea con la propuesta de Vox de acabar con el Estado de las Autonomías. Son las direcciones nacionales las que pactan.

Con estos dos pactos las tres derechas españolas han conseguido dos cosas muy importantes para ellas y en las que están plenamente de acuerdo: la primera, desalojar al PSOE de la presidencia de la Junta de Andalucía y segunda, mantener cada una de ellas en cada uno de los pactos elementos de su discurso, que les permitan concurrir a las elecciones del mes de mayo con un mínimo de credibilidad.

Los dos pactos no están pensados para gobernar. Es imposible hacerlo con ambos. Albert Rivera considera que el pacto firmado por el PP con Vox es “papel mojado” y Javier Ortega le responde que no se podrá adoptar ninguna medida de gobierno en Andalucía sin los doce escaños de Vox. No hay manera de poner en práctica un programa de gobierno en esas condiciones.

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No cuela, señor Rivera

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Albert Rivera

Entre agosto de 1939 y junio de 1941 se produjo un sorprendente giro en los discursos oficiales que pronunciaban los principales líderes de la “Nueva España” franquista. El dictador y sus acólitos aparcaron su furibundo anticomunismo verbal. Durante casi dos años, la demoniaca Unión Soviética dejó de ser el enemigo a batir y las soflamas de los líderes fascistas españoles se concentraron en atacar únicamente a las democracias europeas y americanas. La mutación llegó a tal extremo que Franco y los suyos reescribieron nuevamente, y no sería la última vez, la Historia.

Hasta ese momento, la excusa esgrimida para acabar con la democracia republicana y convertir nuestro país en una inmensa prisión repleta de fosas comunes había sido la “necesidad” de combatir una supuesta amenaza comunista. De la noche a la mañana, ese peregrino y falso argumento también desapareció. El mejor ejemplo lo dio el hombre fuerte del régimen y cuñado de Franco. Ramón Serrano Suñer, en una de sus habituales visitas a Berlín, concedió una entrevista al diario oficial del partido nazi en la que afirmó que la guerra provocada por su “Alzamiento” fue un enfrentamiento “al capitalismo de las grandes democracias”. Ni una sola vez mencionó la palabra “comunista”, “rojo” o “bolchevique”. 

¿Por qué ocurrió ese “milagro” en aquella incipiente España fascista? ¿Habían visto la luz “roja” los líderes de la dictadura? Evidentemente, no. Franco no hacía sino ser fiel a su estrecha alianza con Hitler. La Alemania nazi había suscrito en agosto de 1939 un pacto de no agresión con la Unión Soviética para repartirse Polonia y, sobre todo, para que el Führer pudiera lanzarse a la conquista de Europa Occidental sin tener que preocuparse por una posible intervención de los ejércitos de Stalin. En aquella mesa de Moscú, en la que los ministros de asuntos exteriores alemán y soviético rubricaron aquel acuerdo, no estaba sentado Franco, pero España se vio involucrada hasta el corvejón porque su existencia y su supervivencia dependía de uno de los firmantes: papá Hitler. 

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Más chulo que un Rato

Rodrigo Rato

Algo debe de pasar en la cárcel que cambia la mirada de los presos. A su salida ya no son los mismos, ven el mundo de otra forma. La cárcel les transforma como esos programas de televisión en los que entra por una puerta un medroso oficinista y, tras la intervención de los estilistas, sale una estrella del rock. Algo de eso ha debido de pasarle a Rodrigo Rato, que ingresó el 25 de octubre en Soto del Real quejumbroso, desorientado y pidiendo perdón a los ciudadanos por los errores que pudo cometer, y se ha presentado en el juicio por la salida a Bolsa de Bankia como el tipo que siempre fue. Con esos aires de suficiencia que ni el cese que teledirigió su antiguo pupilo, Luis De Guindos, ni la mano por la nuca que le echó Cristóbal Montoro, por obra de un agente de aduanas, le hicieron nunca perder.

En la sala de vistas vimos al Rato que despachó en el Congreso la tragedia que sufrieron miles de pequeños inversores, la mayoría ancianos que perdieron buena parte de sus ahorros al seguir el consejo del director de la caja en el que habían confiado toda la vida, con una media sonrisa y una frase impregnada de lo peor del capitalismo salvaje que solo es aceptable si se aplica al ya retirado Rosendo: “Es el mercado, amigo”.

El Rato que, cuando en el Parlament fue preguntado por el diputado de la CUP David Fernández, alpargata en ristre, si tenía miedo, mostró todo su desprecio levantando el índice, vacilón, y devolviéndole dos preguntas a quemarropa: “¿A quién? ¿A usted?”. El que unas horas antes de pedir perdón y cambiar su mirada para siempre zanjó cualquier especulación sobre su entrada en prisión con un cortante “mañana entro y sanseacabó”.

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Demócratas calentando en la banda

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Firma del acuerdo entre PP y Vox de cara a la investidura de Juanma Moreno como presidente de la Junta de Andalucía

"Si un pirata me hace caminar por la plancha, no sirve de nada que yo le ofrezca, como compromiso de sentido común, recorrer un trecho razonable de la plancha"

G. K. Chesterton

Los que siempre han deseado una sociedad teocrática, es decir, cuyos principios y valores fueran idénticos a los dogmas y normas de la religión, han puesto sobre la mesa su órdago. Ahora saben que pueden pescar en los caladeros de los cabreados, los olvidados o los descontentos que se sienten en las lindes de un sistema que no ha sabido solucionar sus problemas o que, simplemente, los ha obviado. No son nuevos pero se han sabido revestir de la piel de los tiempos. Han pasado de considerar sin complejos a los que mencionaban lo inmencionable a hacer que sus propuestas estén sobre las mesas de negociaciones. Se han unido a la internacional que trata de devolvernos al medievo. Hay mucho dinero detrás y muchos intereses. Odian las ideologías porque entienden que estas discuten, desde diferentes puntos, los inamovibles principios de su religión.

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El pesimismo es de izquierdas

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Abrazo de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tras la moción de censura contra Mariano Rajoy.

Vox es la estrella mediática del momento. Y seguramente va a seguir siéndolo durante algunas semanas más. A muchos, empezando por sus dirigentes, les interesa que eso ocurra. Pero no es para nada el protagonista de la escena política. Hoy por hoy, otra cosa puede ser en el futuro, es como mucho el actor que incomoda a todo el mundo. En el centro del panorama están, en cambio, los partidos de la izquierda. De lo que hagan o dejen de hacer, y de cómo lo reciba la gente, depende lo que vaya a ocurrir en los próximos tiempos. Porque, aunque parezca todo lo contrario, siguen teniendo la sartén por el mango.

Los batacazos que el PSOE y Unidos-Podemos sufrieron en Andalucía y las encuestas que han venido después han llevado la congoja al mundo de la izquierda. El que más o el que menos cree que la derrota en las próximas convocatorias electorales es poco menos que inevitable y ya está viendo a la derecha instalada nuevamente en La Moncloa.

Aunque el ambiente mediático, menos neutral que nunca, lo favorece bastante, también hay motivos serios para ese pesimismo de izquierdas. El principal es que la iniciativa política del PSOE y de Podemos brillan por su ausencia. Ambos partidos parecen haberse plegado a los vientos que les llevan al desastre, sin capacidad alguna de hacerles eficazmente frente. Y esa actitud lleva a la gente al fatalismo.

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Caer como cae un facha

Valle de los caídos, 15 de julio de 2018.

Había terminado de escribir todo lo que tenía que escribir ese día y por fin podía darle algo de bola a Amaru. Le pregunté si quería venir conmigo a comprar algo. Nos pusimos los abrigos y salimos a la calle. Él, atolondrado y más feliz que un perrito que por fin sale a mear. Yo, sintiéndome por fin una madre sin culpas. A la altura del locutorio El Paisa, Amaru empezó con lo de “a que no me pillas cara de papilla” y tengo el recuerdo exacto de que mis pies se elevaron unos centímetros del suelo e hicieron ese movimiento confuso que hacen los pies de los Picapiedras cuando están listos para ponerse en polvorosa. Lo último que vi fue la cara pícara de Amaru desaparecer al girar por la esquina, mientras agobiada levantaba el brazo para gritarle que me esperara un poco. La maternidad a los 40 es un deporte de alto riesgo.

Entonces caí como un árbol en mitad de un bosque, es decir, sin hacer ruido. O eso dicen los filósofos. No existe la luna si nadie la está mirando. Nadie cae si no lo ves caer. Mucho menos un árbol en un bosque. O un ser humano en medio de una calle desierta. Y sin embargo, la gente cae. Nadie escuchó el estrépito secreto de mis huesos. Lo que más me ha fascinado desde que me ocurrió es que tropecé con el brazo derecho levantado. Leí luego que esa es una manera infalible de romperse por dentro. Caí con el brazo derecho perfectamente estirado señalando el sol. Caí como cae un facha. Nada más indigno de mi estirpe. Podrían haber trazado la silueta de mi cuerpo en el suelo después de recogerlo y habrían podido pensar, quienes no me conocen, que era la huella del cuerpo de un nazi que ha muerto en su ley.

Amaru lloraba a mi lado viéndome hacer ese saludo absurdo a la muerte, desconsolado porque estaba estropeando el juego. Pensé en todas las veces que Jaime, que es mucho más paranoico que yo, había tenido la pesadilla de morir solo delante de sus hijos. Días después, imaginaba, los encontrarían famélicos abrazados a su cadáver putrefacto. Recordé que antes de aprender a hablar mi hija sabía que debía llamar al 112 si un día su padre se desplomaba de repente.

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Acabar con la violencia machista. Una obligación internacional

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Los cambios culturales y el reconocimiento de derechos suelen generar reacciones en sectores que los interpretan como una pérdida de su estatus y sus privilegios o como el comienzo de una era de incertidumbre que escapa a su control. La campaña para cuestionar los derechos de las mujeres consagrados en acuerdos y convenciones internacionales, forma parte de esa reacción que busca dar marcha atrás a los avances alcanzados y tratar de frenar la creciente alerta social para acabar con la violencia de género. Es una campaña que se basa en desinformar, distorsionar y minimizar las cifras, hechos y el impacto de la violencia contra mujeres y niñas como una pandemia global y como una de las violaciones a los derechos humanos más extendidas, arraigadas y toleradas en el mundo. Las cifras y los estudios son contundentes.

A nivel mundial, una de cada tres mujeres sufre violencia por razones de género. Cada diez minutos una mujer es asesinada por el hecho ser mujer. En América Latina es la primera causa de muerte de las mujeres entre 15 y 44 años. Es una violencia que mata y discapacita a más mujeres que el cáncer y que provoca más trastornos de salud que los accidentes de tráfico y el paludismo. El 70% de las mujeres experimenta violencia física y/o sexual por parte de un compañero sentimental a lo largo de su vida. Esta violencia tiene enormes costos, no solo para las mujeres sino también para sus entornos familiares y para la sociedad en su conjunto. Desconocer estas cifras, tratar de hacer malabares comparativos, o minimizar la cada vez mayor respuesta social para acabarla, es una excusa para tratar de frenar los avances logrados en la batalla contra esta violencia.

Son varios los tratados vinculantes e instrumentos internacionales que definen esta violencia como la dirigida contra las mujeres por el hecho de ser mujeres, estos mismos instrumentos exhortan a los estados a tomar medidas para prevenirla y erradicarla. La Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación sobre las mujeres (CEDAW por sus siglas en inglés, adoptada en 1979), la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres (1993), la Plataforma de Acción de Beijing (1995), los Objetivos del Milenio (2000) y más recientemente los Objetivos de Desarrollo Sostenible (2015) confirman la obligación de los estados y establecen el camino a seguir para superar esta lacra social, obstáculo para el desarrollo y problema de salud pública, que según los informes de la OMS, alcanza proporciones pandémicas. Las obligaciones de los estados son claras y precisas y la campaña para tratar de dar marcha atrás a los derechos de las mujeres pretende desconocer el ordenamiento jurídico internacional, suscrito por países como España. Los estados firmantes tienen obligaciones como estas:

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Rechazo del machismo

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47 asesinadas por el machismo en 2018, la cifra más baja pero insoportable

Ya esta el balón botando en el área simplista y crispada que quería el partido de los doce escaños en Andalucía.

Los guerreros a caballo han impuesto con éxito un marco en el que al decir que hay muchísimas más mujeres asesinadas por hombres que hombres asesinados por mujeres aceptamos implícitamente, en este contraataque alarmado, la idea que nos quieren imponer: matan los hombres como matan las mujeres, empate. Esto no es solo machismo, es conflicto, conflicto entre pares; las feministas son brujas culpables. Matan todos. En este cuadro, desaparece el machismo. Se privatiza el problema.

Quieren los machistas del nacionalcatolicismo de Cuelgamuros armar una versión del contencioso que haga que este desaparezca para así cohesionar a los propios y dar munición a las conciencias de los dubitativos. Sí, hay hombres que matan a mujeres, pero también, oiga, mujeres que matan a hombres. Se acabó el debate. Empate infinito. Otra de gambas.

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