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"Que no te enteras, que la vida no es una carrera”*

Muchos propósitos rondan nuestra cabeza al comenzar un nuevo año. (DP).

Hay un portón de hierro abierto. Cruza el umbral. Dos personas menores de treinta años franquean la entrada, saludan y vuelven a su charla. La persona que sueña se aleja hacia el interior. Escaleras de mármol y paredes desconchadas, escombros apilados con orden, aulas llenas de luz, otras con las ventanas clausuradas todavía. ¿Por qué está ahí? Entra a una sala grande, hay unas ochenta personas, la mayoría muy jóvenes. Hablan de tareas pendientes, organizan la forma de llevarlas a cabo. A su lado una mujer a quien cree reconocer, una traductora, le dice:

- Lo han comprendido, lo ponen en práctica.

- ¿El qué? ¿Qué es lo que han comprendido?

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Cambia, todo cambia

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Para empezar el año 2018 voy a daros un consejo. No es de esos consejos que vendo y para mí no tengo, este sí, este lo doy porque me sirve a mí.

El otro día, cuando estaba a punto de meterme en la ducha, me dominó una angustia muy profunda, una desolación y un cansancio infinitos. El baño estaba en silencio, yo solo me oía a mí misma: mi cabeza sin parar, desordenada, insistente, sorda. Fui a poner la radio, como siempre, noticias, debates sobre las noticias, comentarios sobre las noticias, últimas horas. Pero cuando buscaba la emisora sentí que necesitaba oír música. La necesitaba como quien necesita una terapia o una medicación. Me di cuenta de que ya casi no escucho canciones. Y, como si fuera un acto prescrito en el guión de ese día, busqué a Mercedes Sosa en el YouTube. La busqué sin considerar alternativas (no, no voy a mentir: deseché el impulso primero de poner al admirado Niño de Elche, el indispensable, por miedo a caer aún más hondo en la oscuridad a través de su luz esencial) y entré en la ducha acompañada por su voz, profunda e infinita como la angustia, pero bella y sanadora como la mejor noticia de una vida. Caía como el agua sobre mi piel y me limpiaba y me reconfortaba.

Os juro que cuando Mercedes Sosa empezó a cantar Cambia, todo cambia, algo cambió en mí. Dejé de oír mi propia voz sorda e insistente, mi cabeza paró y salí, aún estando debajo del agua, de aquel cuarto de baño pequeño y silencioso para volver al gran espacio de la vida. Sé que esa canción de 1982, compuesta por el chileno Julio Numhauser (fundador del mítico Quilapayún, exiliado en Suecia, donde la escribió, para huir del genocida Pinochet), es casi un himno oficial en Chile y que, desde esa perspectiva, puede haberse teñido justo de lo que huí cuando iba a entrar en la ducha y no puse las noticias, los debates sobre las noticias, los comentarios sobre las noticias, las últimas horas. No, lo que me estaba devolviendo esa canción era parte de esa sonrisa que se escurre ante "el chiste malo que es la vida" (como dice la escritora Mary Karr, autora de la autobiografía El club de los mentirosos, publicada por Errata Naturae / Periférica y que también hay que leer, precisamente para volver a reírse con los chistes peores).

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Propósito de año nuevo: montar gresca

Hace un par de días, caminando por una céntrica calle de San Sebastián, divisé a un grupo de cinco adolescentes que se aproximaban. Cinco mujeres de entre 14 y 18 años (me pasa ya como con los bebés, que lo mucho que me he alejado de esa edad anula mi capacidad de calcularles los años) avanzaban por la mitad de la calle, torpes pero fingiendo no saber siquiera lo que era la torpeza, como buenas criaturas inmersas en un inmenso pavo. Y de pronto lo vi. "I'm the voice of my generation". Ese lema -soy la voz de mi generación- estaba estampado en las camisetas blancas de tres de ellas. En un principio, en su absurdez, el efecto resultaba casi cómico: una marca de ropa estampa un eslógan (quizás inspirada en la frase de Hannah Horvath en la serie Girls- que aboga por lo genuino y lo único, vende millones de camisetas, cada una de ellas clamando por lo especial que es la persona que la viste, y en una misma pandilla de amigas, tres de ellas deciden comprársela y vestirla al mismo tiempo. Sonreí un poco, casi reí, pero la carcajada quedó cortada de pronto por el desaliento. La realidad cayó sobre mí como un mazazo.

Pensé que esas muchachas, cada una ostentando -de forma poco meditada, supongo- un mensaje que les confería cierta presunción de entes con poder del bueno, con una idea magna que transmitir, con una chispa especial para lanzar un mensaje a este mundo absurdo. Me asustan estos mensajes demoledores, esta falsa fuerza a golpe de serigrafía sobre tela, porque lo cierto es que nadie -y cuando digo nadie, me refiero a ningún millenial, somos, así, a grosso modo, la voz de nada-. De hecho, ni siquiera poseemos una voz. Nuestro mensaje, nuestros intentos por comunicar, son un débil hilillo, un gemidito ahogado, no más que eso. La única voz que podemos tener es una grabación con el tono robótico del loquendo que suelta una retahíla de palabras aprendidas.

He tenido la mala suerte en estas fechas de asistir a un reguero de confesiones de gente algo menor que yo, personas que empezaron su vida laboral colaborando en medios que se nutrían de su capacidad de trabajo e ilusión, obviando remuneraciones de cualquier tipo. "Pro bono", me dijeron que se llamaba ahora este sistema. "Pro bono", un latinismo que significa "Por el bien público", y que suena casi bien, a "carpe diem", a algo que quedaría precioso serigrafiado en una camiseta a la altura del pecho, pero que, aplicado a estos tiempos que corren (y al lenguaje viperino de ciertos directores de medios), simplemente significa que no vas a ver un puto duro. Me dio la sensación, no obstante, de que estos jóvenes concretos con los que hablé mantenían una cierta ilusión que se apoyaba, fundamentalmente, en el uso de estas expresiones, simples barnices ocultadores de la miseria. Esa fachada bálsamo, ese trabajo como adorno, complemento de una vida que también correrá peligro de ser máscara ocultadora de la nada entendida como injusticia más absoluta. Esa frase exculpadora, como un lema en una camiseta de una adolescente que come pipas, ajena a la atrocidad que van a perpetrar sobre su vida.

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Pasa 2018, que cobras

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Si ya les parece que tuvieron bastante de Trump, Brexit, nazis, neonazis, ultranazis, Putin, yihadistas reales e inventados, boots y robots, fake news, pos verdad, xenófobos disfrazados de patriotas o de liberales arengando contra todo aquel que no sea de allí, precariedad, paro, recortes, procés, chistes sobre Tintín y Puigdemont en Bélgica, gilibobadas como Tabarnia, películas de terror con las pensiones o guerras de audiencias, de banderas, de himnos, de pasodobles o de toreros, prepárense; esto solo acaba de empezar. Si el 2017 fue el año del “wanna cry”, 2018 será el año del “wanna run” .

No es que empiece mal, es que nunca ha pintado bien. Si miras fuera, ves que Donald Trump es más presidente que hace un año y mientras todos escrutamos sus tuits como los tontos que miran el dedo en vez de a la luna, su administración va sacando a delante la mayor contrareforma fiscal, moral y social que ha padecido Estados Unidos en décadas. Su colega de trapicheos y faltadas, Vladimir Putin, será reelegido este año como lo hacen los buenos demócratas: son más votos que votantes vivos. Mientras, en la Europa que debería hacer de contrapeso, los partidos que deberían parar a esa derecha extrema se suman a su discurso y les ceden el control de la agenda y a la austeridad económica le sigue una anemia moral y democrática mucho más peligrosa y dolorosa de lo que parece.

Si miras hacia aquí, la perspectiva de seguir hablando en exclusiva de Catalunya sin que nadie asuma que la realidad los ha desmentido a todos y ni hay mayoría independentista, ni hay mayoría silenciosa, solo puede parecerle atractiva a alguien: a Mariano Rajoy y su gobierno, quienes podrán seguir practicando a placer el fetichismo de déficit, protegiendo los intereses de los ganadores de la crisis y destartalando nuestro sistema de derechos y libertades con atrabiliarias reformas legales y administrativas. 2018 ya es el año en que nuestra inversión en educación vuelve a los niveles del siglo pasado, las listas de espera o la factura de la luz baten sus propias marcas o la media de las nuevas pensiones cae en vez de subir como nos habían amenazado.

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Diana Quer: ser mujer es una actividad de riesgo

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Es difícil saber en qué momento empieza todo. Una cosa está clara: empieza pronto, muy pronto. De alguna manera entiendes que corres peligro, que tu cuerpo es un campo de batalla que debes proteger, que ser mujer es una actividad de riesgo. Probablemente la mayoría de advertencias son bienintencionadas. No dejes que nadie te toque. No te vayas con extraños. Que alguien te acompañe a casa. Llámame cuando salgas. Toca el telefonillo antes de abrir el portal para que sepamos que subes.

Diana Quer somos todas volviendo a casa una noche. Contentas después de haberlo pasado bien, pendientes del móvil o ensimismadas en cualquier pensamiento. Adentrándonos en una calle demasiado oscura, sintiendo una pequeña punzada de miedo de la que intentas desprenderte. Aprietas el paso, llegas al portal, miras hacia los lados, abres. Subes las escaleras deprisa y ya estás en casa. Ya ha pasado. Te quitas las botas y te tumbas en la cama. Hasta que un día ese relato se tuerce. "Me estoy acojonando, un hombre me está llamando".

Porque las advertencias tienen su razón de ser. Si eres mujer, a lo largo de tu vida –y no uno ni dos, sino muchos días– te pasarán, con seguridad, algunas o todas estas cosas: te tocarán sin tu consentimiento o contra tu voluntad, te seguirán por la calle, se arrimarán a ti sin tú quererlo, sentirás miedo al volver a casa, te intimidarán con palabras, gestos o sonidos, te harán sentir mal por tu forma de vestir o de actuar, te acusarán de ser una imprudente por intentar ejercer tu libertad. 

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A la fresca de Diana Quer la mató la violencia machista

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Diana Quer en el cartel de su búsqueda

"Diana se fiaba de chicos que conocía por Internet y luego se andaba quejando de que si la acosaban", era "anoréxica", su madre "tomaba todo tipo de pastillas", la chica tenía comportamientos "problemáticos", se solía escapar (¿qué tipo de fresca era?), sus padres estaban "enfrentados a muerte" y su progenitora "colmaba de caprichos a las hijas".

Con todas estas pruebas periciales e indicios unívocos, Diana Quer solo podría haber desaparecido por culpa de Diana Quer o por culpa de su madre, una desequilibrada que primero quiso hacer añicos al padre por el divorcio y que luego hizo desgraciadas a las niñas.

Ya tenemos los menudillos. Ahora solo falta la sopa de opiniones de siete u ocho tertulianos, en su mayoría hombres, que intenten aportar luz sobre cómo la propia desaparecida habría favorecido su desaparición, apuntando con sus linterna de perspicacia a las sombras de la familia, inspirándose, en un alarde de creatividad, en La Guerra de los Rose. Si hubieran seguido juntos, cristianamente, quién sabe si Diana aún seguiría con vida.

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Delito de RT

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Muchos balances pueden hacerse sobre el año que hoy termina y cada uno podrá poner el acento en el aspecto que más le interese o le preocupe. Muchos lo harán, sin duda, en el tema catalán pero para mí 2017 ha sido el año del avance incontenible de la aplicación extensiva de los delitos de opinión y de la restricción de la libertad de expresión. El año de la condena a raperos y tuiteros. El año en el que Interior culminó la fiesta avisándonos en Twitter de que tuviéramos cuidado con lo que reutuiteamos. El año en el que el Partido Popular presentó una proposición no de ley para acabar con el anonimato en Internet. El año de los que piden cárcel por odiar. El año de los que confunden a los que piensan distinto con los que les odian. El año en el que la libertad de expresión agonizó un poco más. El año en el que más veces me preguntaron que por qué decía que no podíamos encarcelar a los que dicen cosas que nos parecen reprochables. El año en el que te desean que te las digan a ti, como si eso fuera la medida de tu criterio.

La guinda la puso el CM de Interior el otro día con un simple tuit que pretendía atemorizar por la vía de advertir.Y eso, cuando sucede en materia de expresión y comunicación, es una invitación a la autocensura que inquieta de cualquier modo, pero más si procede de tal ministerio.

“ATENCIÓN: Retuitear mensajes de enaltecimiento del #terrorismo también puede ser delito.El tipo penal no exige haber creado el tuit, basta retuitearlo, darle publicidad, expandiendo el mensaje a gran cantidad de personas”

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La depuradora como embalse

Embalse de Entrepeñas junto al viaducto de Durón (Guadalajara)

El año 2016 fue un año seco. Al despedirlo teníamos las reservas de agua cuatro puntos por debajo de la media y en la mayoría de las comunidades ya se habían disparado las alarmas por sequía. Pero lo más inquietante era que las previsiones apuntaban a que 2017 podría ser peor. Y se cumplieron.

En 2017 ha llovido la mitad que en 2016. No solo ha sido el año más seco del presente siglo sino uno de los más secos del último siglo. Como resultado arrancamos 2018 con los embalses casi veinte puntos por debajo de la media.

Las reservas de agua están al 38% a nivel estatal, y en muchas comunidades están al límite. En La Rioja, Castilla-La Mancha y Región de Murcia los pantanos apenas alcanzan el 18% de su capacidad. En la Comunidad Valenciana no llegan al 24%. En Castilla y León llevan meses por debajo del 30%. Y lo más inquietante es que, según todos los pronósticos, el año próximo podría ser otra vez peor.

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La impunidad de un genocida

En cierta ocasión, le pregunté a Pablo Iglesias qué demonios es “el poder” y Pablo me contestó algo así como que el poder son relaciones en un determinado contexto. Si esta definición la llevamos a latinoamérica -y en especial a Perú- podemos afirmar que el poder son relaciones de impunidad. Dicho de otra manera: “hoy te tapo a ti para que mañana tú me tapes a mí”. La noticia de la concesión de un indulto humanitario al que fuera jefe del Estado peruano Alberto Fujimori, es un ejemplo más de que la impunidad es sinónimo de poder, incluso cuando se trata de emplear el lenguaje equivocado pues nunca puede ser humanitario un indulto cuando el indultado ha sido antes violador de los derechos humanos. No sé si me explico.

En el otro lado del infierno, tenemos la historia oficial que no es otra cosa que la historia real “desescrita” por el olvido. El pueblo peruano se resiste a ella pues no olvida que fue ofrecido como una mercancía al mejor postor; “un producto” en palabras del mismo Alberto Fujimori– puesto en bandeja a los mercados tras privatizar los derechos humanos para alimentar el hambre de un capitalismo siempre insatisfecho. De esta manera la política de Fujimori no sólo aumentó la crisis económica en la que Perú ya estaba sumido a inicios de los años 90, sino que la distancia entre estratos sociales se hizo mayor aún.

Todo apunta a que el actual presidente de Perú, Kuczynski tomó la decisión de indultar a Fujimori a cambio del voto de Kenji Fujimori hijo del Alberto Fujimoripara que le salvase de ser destituido por el Congreso. En definitiva, un trapicheo donde la impunidad es una mercancía más en un Estado que ha sido absorbido por la tendencia mercantil.  Con estas cosas, el otro día Pablo Iglesias apareció con un tuit que se unió a la ola de protestas contra el indulto.

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Falacias y sesgos políticos sobre Catalunya

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Nos podemos imaginar el número de conversaciones, preguntas y debates que usted, lector, lectora, habrá tenido sobre el porqué del independentismo, la razón separatista o Tabarnia y su grado de realidad. Da la impresión de que los ciudadanos están cansados de defender posiciones y escuchar razones de unos u otros pero con la interior convicción de que no acaban de entender ni saber responder. En esas conversaciones hemos estado también como usted, lector, lectora. Hemos recibido un sinfín de preguntas por parte de personas de diferentes países, que se acercaban a nosotros pensando que podríamos explicar el caso por dedicarnos a esto de la comunicación o por ser españoles, pero sepa que hemos respondido las más de las veces como usted, lector, lectora. De forma intuitiva y rápida. Argumentando que esto iba de sentimientos identitarios y de emociones bien gestionadas.

Nuestro entorno político imprevisible, complejo, sin precedentes, incierto y volátil hace que nuestra capacidad de decidir entre una respuesta emocional y rápida y una respuesta analizada, fría y racional nos lleve a preferir la primera de ellas. En el famoso texto de Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio, el Nobel de economía afirma que hay dos sistemas en el pensamiento humano: el sistema 1, rápido, instintivo, emocional; y el sistema 2, lento, deliberativo y lógico. En el primero de ellos, se producen atajos lógicos que tiene el cerebro: los sesgos cognitivos, un efecto psicológico que desvía el proceso mental para distorsionar las interpretaciones llevándolas a juicios inexactos, conclusiones ilógicas e irracionales. En nuestras acciones y toma de decisiones, los sesgos cognitivos corresponden en la intuición a sesgos de percepción conocidos como falacias. 

En la conformación de las interpretaciones por parte de las diversas partes en el debate catalán han actuado algunos sesgos sociales que podrían explicar, en parte, la situación sostenida de polarización entre dos tipos de pensamiento no anclados en el rigor de los datos, es decir, que el dato económico, grave, potente, frío y racional, no pesase tanto como una frase emotiva, una historia personal o una fotografía bien pensada. El sesgo cognitivo que más ha influido en el lado independentista es el del falso consenso, o el que hace que la mayoría de la gente sobreestime el grado de acuerdo que los demás tienen con ellos. Así pues, los independentistas creen que todo el mundo piensa como ellos o debería hacerlo. De ahí la generalización constante y el tomar la parte por el todo, o esas frases que generalizan una opinión de parte, “los catalanes quieren…”

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