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Cuanto peor… peor

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Pedro Sánchez y Joan Tardá en una imagen de 2016

Bien, la legislatura de Pedro Sánchez ya está acabada. Durante unos días, quién sabe si pocos o unos cuantos más, se especulará sobre la fecha de las elecciones generales. Hasta que éstas tengan lugar, también sobre quien o quienes las ganarán. Y el gobierno que surgió de la moción de censura del pasado 1 de junio figurará pronto como una anécdota en el devenir político español. Sin que haya dejado la mínima herencia que permita afrontar con algo más de optimismo los gravísimos problemas que aquejan a este país. Y a la cabeza de ellos el de Cataluña, que después de un año de idas y venidas ha empeorado en términos reales.

Que los socialistas iban a estar muy poco tiempo en La Moncloa era el dato del que se partía hace ocho meses. El propio Sánchez lo reconoció expresamente en su discurso de investidura. La coalición que se formó sobre la marcha para echar del poder a Mariano Rajoy sólo podía prolongar su existencia si se profundizaba en el entendimiento circunstancial que se produjo en junio. Ese salto cualitativo se dio, más o menos, entre el PSOE y Podemos. Pero los socialistas no han sido capaces de lograr algo parecido en su relación con los independentistas catalanes.

La pregunta que queda en el aire, y que es crucial para el futuro, si no a corto sí a medio y largo plazo, es si en algún momento existió la posibilidad de un acuerdo. No hay respuesta tajante a la misma, aunque en las últimas semanas hubo indicios de que Pedro Sánchez abría seriamente las puertas al mismo. Al final ha quedado en nada. Porque era un truco de imagen o porque los protagonistas del entuerto lo han estropeado.

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Una fecha y mil preguntas

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo

"Abril es el mes más cruel: engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos, despierta inertes raíces con lluvias primaverales"
T. S. Eliot. La tierra baldía


Va a haber elecciones anticipadas. El lunes, tras la manifestación de las derechas y los ultras, yo misma aposté a que no. Fallé pero a buen seguro no soy la única sorprendida por este último movimiento en el tablero. Lo cierto es que teníamos argumentos para aventurar que una exhibición de fuerza, que no le salió especialmente bien a la derecha, no iba a cambiar las cosas y, por otra parte, que los presupuestos no tenían pinta de ir a salir tampoco era ninguna novedad, aunque ahora se hable de jugadas a último aliento. Por otra parte, unas elecciones ahora no las quiere aparentemente ninguno de los socios naturales o de fortuna del Gobierno Sánchez, porque no termino de creerme que los independentistas hayan apostado a arriesgarse a que lleguen al poder los castigadores del 155 para agitar la factoría de sus seguidores, pero el presidente del Gobierno las va a convocar. Más allá de la fecha, las preguntas se agolpan en la mente sobre todo de los votantes de izquierda.

No parece que los números de las últimas encuestas permitan reeditar unos apoyos similares a los que propiciaron la moción de censura y, sin embargo, si parecen apuntar a una posible mayoría del ya llamado "trifachito" que ha pactado en Andalucía. Vox incluido. ¿Por qué arriesgarse justo en este momento?, ¿qué saben Sánchez y Redondo que no sepan Iglesias ni Garzón ni el PNV, que tampoco debe estar nada contento? ,¿qué creen que va a suceder que no controlen los propios simpatizantes de sus partidos?

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Casado se envuelve en la estelada

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A la misma hora que el abogado de Jordi Cuixart, Benet Salellas, protagonizaba el Supremo una intervención que debería visionarse en las facultades de Derecho, el líder del PP, Pablo Casado, demostraba en el Congreso que el día que explicaron separación de poderes tampoco fue a clase. Salellas argumentaba por qué se están vulnerando los derechos de presidente de Òmnium mientras Casado defendía que el procés se está juzgando en Madrid porque el PP impidió que lo hiciera el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Albert Rivera sólo ve españoles pero Casado en Cataluña sólo ve independentistas. No salva ni a un colectivo tan poco sospechoso como los jueces.

Mientras en el Supremo las defensas de los presos, con mayor o menor pericia, aportaron argumentos que deberían obligar como mínimo a alguna reflexión a aquellos que defienden que lo mejor que les puede pasar a los 12 procesados es que se pudran en la cárcel, en el Congreso se constataba que la mayoría de los partidos piensan ya en las elecciones, sean más pronto o sólo un poco más tarde. Como si unas elecciones tuvieran que resolver la crisis constitucional más importante que ha vivido España. Como si los votantes independentistas desaparecieran cada vez que hay elecciones, cosa que, por cierto, ha quedado probado que no pasa. Décimas arriba, décimas abajo, son dos millones. No son la mayoría de la población pero son dos millones de catalanes que no quieren seguir formando parte de España y eso no se resuelve suspendiendo la autonomía ni presentando el independentismo catalán como un movimiento violento. Debería ser una obviedad aunque está claro que no lo es para aquellos cuya única receta es más madera.  

La última encuesta publicada, hace dos días, pronosticaba que la mayoría secesionista resistiría en el Parlament mientras que el PP va camino de desaparecer de la Cámara catalana. Sacrificar Catalunya para ganar España es electoralmente legítimo. Políticamente es de una irresponsabilidad injustificable.

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Apertura en falso

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El fiscal Javier Zaragoza durante el juicio en el Tribunal Supremo por el procés.

Este martes han hablado las defensas. El miércoles hablarán las acusaciones. A partir de ese momento, la Sala Segunda del Tribunal Supremo (TS) tendrá que resolver las denuncias de vulneraciones de derechos fundamentales, sustantivos y procesales, que vienen siendo argumentadas desde que se inició la instrucción por las defensas de los acusados y que han sido ampliadas de manera significativa este martes.

Llevo sosteniendo desde hace tiempo que el juicio no se podía abrir, porque hay problemas que tendrían que quedar resueltos previamente para poder hacerlo. Esto se ha visto con claridad en la sesión de este martes.

No es admisible que existiendo las dudas que existen sobre la "falta de imparcialidad" del juez instructor, de cuatro miembros de la Sala y del Presidente, y habiendo sido interpuestos recursos de amparo ante el Tribunal Constitucional (TC) por este motivo –y que han sido admitidos a trámite–, se decida abrir el juicio sin que se haya despejado esa duda.

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Con la venia, señoría

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Los doce líderes independentistas en la sala del Supremo

Si la idea de llevar el juicio a la sede del Tribunal Supremo era impresionar al mundo con la pompa y la circunstancia de los nobles salones de tan jurídica institución, apabullar a los observadores con la grandeza que atesora la tradición de sus estancias, la Justicia española se está quedando lejos del éxito.

La imagen de esa sala sobrepasada y atiborrada, con los acusados embarcados en una especie de balsa a la deriva en medio del tribunal, con los defensores y acusadores agolpados, sin siquiera suficientes superficies planas donde apoyar para escribir, y los magistrados del Tribunal desparramados a lo largo y ancho de la Presidencia como si fueran becarios y no hubiera sillas altas para todos, transmite de todo menos solemnidad y ceremonia.

La justicia del siglo XIX se están dando de bruces con el mundo del siglo XXI en el Tribunal Supremo, igual que la idea del Estado-Nación se estrella con la realidad del proceso de construcción europeo y las múltiples identidades que acarrea consigo. Otro ejemplo más de cómo, muchas de nuestras dificultades e incertidumbres ante la realidad, provienen de este empeño de usar ideas e instituciones del siglo pasado para afrontar y resolver problemas del siglo presente, como si nada hubiera cambiado y fueran a funcionar exactamente igual.

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Trazas de veracidad en el esperpento español

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Foto de familia de la triple derecha. EFE

"Ya no hablo con periodistas", dijo la voz tensa que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una diminuta ventana de esperanza: "¿Qué quiere?". La periodista de investigación canadiense Naomi Klein estaba escribiendo un libro sobre el shock, sobre personas y países que lo han padecido. Fue publicado en 2007. Gail Kastner  era una mujer víctima de ellos a manos de la CIA en sus "técnicas especiales de interrogatorio". Klein estudió también al psiquiatra Ugo Cerletti y sus trabajos en terapias de electroshock. El médico se había inspirado en  la "matanza eléctrica" de cerdos a través de  grandes tenazas metálicas que fijaban en sus sienes. Acudió personalmente a estudiarlo en un matadero. Todo depende de las dosis y del objetivo perseguido. 

He recordado la brillante génesis de aquel libro esencial de Naomi Klein –que se anticipó para explicarla a la gran crisis del capitalismo del 2008– al ver profundizarse el esperpento español estos días. Ese circo de los horrores que se presentó en la Plaza de Colón de Madrid el domingo 10 de febrero nos mostró en gestos y encuestas lo que hace la propaganda malsana en los cerebros yermos. Uno de sus principales impulsores como presidente del PP, Pablo Casado, se atrevió a decir sobre el manifiesto cargado de mentiras que leyeron tres supuestos periodistas: "tenía grandes dosis de veracidad". Y no pasó nada. Esa serie de enloquecidos ejemplares no quieren saber y quienes los usan no tienen piedad de ellos.

Si el esperpento español  podía ir a más, lo ha hecho. En el escenario, los líderes de la derecha y ultraderecha española. Abascal y Casado, pechos henchidos a reventar de orgullo. Rivera intentando que las banderas del arcoíris LGTB le ayudaran a ser camaleónico, a ver si algún despistado compra su teoría de que no está con la ultraderecha. Como en la Andalucía que, gracias a su partido también, entrega la igualdad y la violencia de género a los misóginos y la memoria histórica, vean, a una defensora de todo golpismos fascista. Un homosexual del PP, Javier Maroto, posando junto al homófobo Abascal. La mayor dosis de veracidad de la proclama de Colón fue su mentira, que mienten a plomo y sin pudor, ésa es la verdad. Sus tres altavoces siguen en activo, aun habiendo quedado absolutamente inhabilitados como profesionales del periodismo. Ahí lo tienen todo.

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Nadie pone en duda la independencia judicial

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 Sostienen los independentistas que el juicio al procés es una farsa, un juicio político con la sentencia ya escrita , porque en España no hay independencia judicial.

Hay que recordarles que en España la independencia judicial está fuera de toda duda. Nadie la cuestiona. Bueno, de vez en cuando el Consejo de Europa, cuando repetidamente critica la politización del sistema de elección en el poder judicial , pero tampoco dramaticemos.

Aparte del Consejo de Europa, nadie pone en duda la independencia judicial. Vale, el PP lo hace cuando en cada juicio por corrupción intenta cambiar jueces y fiscales, o arroja sospechas sobre aquellos que no puede controlar.

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Fragmentos del libro de Pedro Sánchez

En unos días el presidente Pedro Sánchez lanzará su libro Manual de resistencia. Este diario ha conseguido unos fragmentos que parecen pertenecer a esa obra, si bien no ponemos la mano en el fuego. Los dejamos aquí para que juzgue cada cuál.

"Este libro está escrito para ti, joven perdido. También yo lo estuve. Consumí drogas blandas, asistí a bailables, exploré mi sexualidad con toda clase de personas y objetos, y fingí, durante años, que me gustaba el cine francés de los sesenta en una fútil carrera hacia la cópula y la autodefinición. Tardé en descubrir que mi yo auténtico solo podía florecer si me sinceraba conmigo mismo, si asumía mis limitaciones. Compré una libreta, decidido a apuntar en ella todos mis defectos. Finalmente, por razones de agenda, solo apunté uno: 'demasiado sincero'. A lo largo de los años me he esforzado por corregir eso. Hoy es el día en que puedo decir que lo he superado del todo y ya no soy sincero en absoluto".

"Por supuesto que la imagen es importante. Estoy firmemente convencido de que los feos y las feas tienen derecho a existir, pero no descubro nada si digo que todos nos sentimos más cómodos y felices rodeados de gente hermosa. Miguel Ángel nunca esculpió un feo. Y Miguel Ángel era un genio. Dos más dos".

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No hay solución, solo la salida de pactar el desacuerdo

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Continuamos empantanados, atrapados en un inmenso cenagal político del que no somos capaces de salir.

Cuanto antes asumamos que a medio plazo no hay solución al conflicto y nos pongamos a buscar una salida -que no es lo mismo- antes comenzaremos a emerger del lodazal.

No hay solución por la vía del acuerdo. A la propuesta de referéndum consultivo pactado, en los términos defendidos por Rubio Llorente, se le ha pasado el arroz. Por mucho que ahora, demasiado tarde, el independentismo que la despreció como pantalla pasada intente resucitarla. Lo mismo le sucede a la reforma federal de la Constitución, una propuesta que nunca salió de los cenáculos federalistas. Hoy estamos mucho más lejos de una solución que en setiembre del 2017.

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Somos su dinero

Santiago Abascal (VOX), Pablo Casado (PP) y Albert Rivera (Cs), en la protesta del pasado domingo en Madrid.

Casado quiere que se vaya Sánchez. Arrimadas, que se vaya Torra. Y una gran parte de los países del mundo quieren que se vaya Maduro. Parece que no sólo no estamos respetando la democracia sino que tenga más razón quien más lejos llegue: la nación moral, la está llamando estos días Pablo Casado. Como si en efecto hubiera una nación moral con valores enigmáticos que pasan por encima de los valores demócratas que sí nos hermanan y que sí son un logro social. Como si la democracia no fuera un derecho ciudadano sino la decisión de millones de personas que no saben pensar. Es decir, que la ciudadanía no fuéramos otra cosa que espectadores.

Esta percepción absolutamente religiosa del estado se extiende porque no es excesivamente difícil generar fanatismos que la sustenten. Hasta el extremo de hacernos poner en duda lo que consideramos que está bien o mal, o usando los preceptos y las leyes como herramientas de castigo y represión; sirvan como ejemplo la ley mordaza, la catalanofobia de algunos partidos políticos o la brutalidad con la que se trata la libertad de expresión. Pareciera que en esta España que no logra desembarazarse del fascismo no obedecer es traicionar. Como si hubiéramos perdido el derecho a ponernos en duda. ¿De verdad este es el país que queremos? ¿Somos conscientes de hasta qué punto estamos permitiendo que la extrema derecha marque nuestras agendas públicas, políticas y periodísticas? No estamos en un callejón sin salida que nos conduce al abismo, sino ante un dilema. Hace poco alguien me preguntaba si es cierto que en algunas lenguas indígenas de México no existe la palabra rendición. Es cierto, no existe. Es un lujo que se asume que no pueden permitirse. Nosotras, nosotros, tampoco deberíamos. Y bajar la guardia y dejarnos llevar es una de las peores formas de rendirnos.

¿Se acuerdan del "Que hablen mal de mí pero que hablen" de Oscar Wilde? Hoy sonaría infantil. Desde personajes perversos como Santiago Abascal a personas aparentemente vacías como Leticia Ortiz deciden de qué sí y de qué no vamos a hablar. En la prensa, en nuestras casas, con amigos, en reuniones, en el trabajo. Nos hemos instalado en una especie de indignación perpetua que nos está impidiendo pensar. ¿Cómo permitimos que nos siga sorprendiendo que Vox no escuche a las mujeres, Rivera provoque o Leonor se comporte hieráticamente? ¿Qué nos sorprende de eso? Ya lo sabemos. Eso es lo peor: Ya lo sabemos. Solo basta que nos detengamos un momento, recordemos que no hay nada sorprendente en la mayoría de las noticias que leemos y nos preguntamos qué es lo que de verdad necesitamos pensar y leer para hacer de nuestro mundo un mundo mejor. Para trabajar, como sociedad, por el bien común. Esta falsa incredulidad es cursi, cansada y aburrida. Este cándido estupor agota. Pero además, nos lleva a traicionarnos todo el tiempo. Nos convierte en ciudadanas y ciudadanos predecibles y, por lo tanto, manipulables. ¿Dónde quedó nuestro sentido del humor? ¿Nuestra capacidad de no hacer caso al susto constante? ¿Nuestra firmeza? ¿Nuestra fuerza? ¿Cómo permitimos que nos sigan tratando como un ejército de observadores, consumidores y trabajadores obedientes? Ya basta.

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