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Voy a dejarme crecer un bigotito

Hay en la aparición bravucona de Aznar en el Congreso la expresión de una forma de entender el poder y de ejercerlo históricamente desde un privilegio bautismal, sin concesiones

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Aznar a Iglesias: "Me parece un peligro para las libertades y la democracia"

José María Aznar EFE

Después de su interrogatorio José María se mira al espejo y dice: "Voy a dejarme crecer un bigotito". Como en ese relato de Sartre, 'La infancia de un jefe', protagonizado por un chico que sufre la peculiar metamorfosis de un ser inseguro, buleado y machacado por la vida a la de temible proyecto de dictadorzuelo, el expresidente español volvía de lo oscuro empoderándose en cada una de sus intervenciones y su falta de bigote solo nos recordaba un virtual bigote, no el suyo sino el bigote más tristemente célebre de la historia.

Más allá de lo retorcidamente enfermo que luce su ego, hay en la aparición bravucona de Aznar en el Congreso la expresión de una forma de entender el poder y de ejercerlo históricamente desde un privilegio bautismal, sin concesiones. En sus maneras sobradas y despectivas, en sus gestos altaneros para negar lo evidente, se concentra todo el estilo de la derecha política arrasante, que manda desde la cuna, que gobierna desde el chuleo, que se impone porque pisa más fuerte, que se perpetúa cueste lo que cueste, mienta lo que mienta, mate a quien mate, sin bajar el tono, sin reconocer nada a nadie, sin autocrítica, con todos los medios y altavoces a su alcance. Porque sus ancestros franquistas pisaron así de fuerte y les enseñaron a pisar. Porque nunca les tocó ser "los otros".

¿Qué es la "derecha sin complejos" a la que han hecho referencia los 'Aznar lovers' en las últimas horas? Es la que no se acompleja porque se sabe inmune, que se muestra desfachatada porque se ha acostumbrado a avanzar cometiendo arbitrariedades y violando derechos, cuando no creando una burbuja económica o una caja B, sin complejos, claro, sin vergüenza. Por eso enamora a otros bravucones que lo consideran un jefazo, que añoran los días del bigote y la mano dura, los días de robar sin complejos. Los días en que se iban a la guerra.

Y hoy me llega un mensaje que anuncia el lanzamiento de su nuevo libro, 'El futuro es hoy': "tras cinco años de silencio, José María Aznar retoma el pulso político de España. Una reflexión sobre el estado de la democracia en Europa y en nuestro entorno, y una incisiva propuesta política para el futuro", dice en la presentación. Ahora sabemos la espeluznante verdad: que Aznar ha usado a la Comisión Investigadora del Congreso, a Iglesias, a Rufián, para promocionar su libro, su regreso a la política y anunciarnos que pese a haber quedado herida de muerte tras la debacle del gobierno popular y su financiación ilegal, la derecha para él está más viva que nunca, como reza el blurb, y a esa misión se consagra, azul o naranja: "Un partido emergente como Ciudadanos tiene un recorrido grande. Y el PP, si evita el riesgo de centrifugación y recupera el dinamismo de su proyecto político con una imagen reconocible para el electorado, no es un partido desahuciado", escribe para el futuro.

Pues claro que no. Los deshauciados siempre son otros.

Parafraseando la novelita de Sartre, Aznar en su interrogatorio parecía buscar el miedo en los ojos de los demás, la gasolina de los autoritarios y privatizadores. Creía, quizá, que si enseñaba un poco los dientes, si vapuleaba por todo lo alto, los demás andarían de puntillas repitiéndose: "eso es un jefe".

Sí, eso es lo que nos repetimos los que lo vimos, eso es un jefe, pero el jefe de una banda criminal.

Quizá porque ansía verse todavía un poco menos inseguro, un poco más guapo, un poco más amenazador, Aznar se mira en el espejo ante toda España y dice: voy a dejarme crecer otra vez el bigotito.

 

 

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