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En busca de una izquierda como la derecha dice verla

Todas las mareas, blanca, verde, violeta, amarilla o fucsia, si se tercia, parten de ese incesante e hirviente foco de agitación en pro de los derechos ciudadanos que es la calle Ferraz de Madrid.

Como será de maquiavélico el PSOE que, sin ser siquiera decidido partidario de celebrar una consulta sobre la independencia de Cataluña sino todo lo contrario, es el autor intelectual de la propuesta.

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Cualquiera diría que la derecha ha emprendido una de sus frecuentes campañas para ayudar a que el Partido Popular avance sin problemas en la demolición del Estado de bienestar y se perpetúe en el poder. Con sorprendente unanimidad y coincidencia en días y mensajes –vamos, como si recibieran el mismo e-mail con instrucciones a diario–, asegura que la izquierda está en desuso y que lo fetén es ser como ellos. Uno de sus más brillantes y profundos ideólogos, Esteban González Pons, lo describía en ABC el domingo con esta aguda sentencia: "Ser de derechas es ser de centro". En la portada, un Carlos Marx, llorando pétalos de rosa deshilachada, quedaba aprisionado entre una hoz desvaída y un martillo de medio pelo. Se ha acabado la superioridad moral de la izquierda. Les deprimía tanto sentir ese peso hasta hace cinco días justos, que ahora son felices al haber ahuyentado la evidencia que les acomplejaba.

En profunda contradicción, toda la corte del PP –medios, tertulianos y políticos varios en declaraciones por turnos medidos– nos muestra a una izquierda simbolizada en un solo partido; en este caso, el PSOE. Para la derecha, "la izquierda" es el PSOE únicamente. Conviene acotar bien al enemigo porque el mensaje va para débiles mentales. Y da muchos réditos. Fuera del puño y la rosa, todos son comunistas. Y ser comunista es malísimo. Una de las consignas debe mandar asimilarlo al nazismo y al terrorismo porque ahora lo repiten, textualmente, con frecuencia. Tertulianos innombrables dicen –ante el espectacular auge y tolerancia a la ultraderecha, fascismos y franquismos incluidos, naturalmente– que hay que condenar por igual "la apología" del nazismo que la del comunismo. Como si sus postulados ideológicos tuvieran la menor similitud. Por lo visto es lo mismo propugnar la supremacía de una raza sobre otra que la igualdad de los seres humanos.

Descartados, pues, los diablos con cuernos –tratando de que la ciudadanía se contagie y también los ignore o los menosprecie–, nos queda el PSOE. El de Rubalcaba. Y ahí le vemos convocando todas las manifestaciones que se producen en el Estado español, por ejemplo. Donde no llega la sociedad movilizada, o coartada por los palos y multas que dispone el PP, está el PSOE para ayudarla. Todas las mareas, blanca, verde, violeta, amarilla o fucsia, si se tercia, parten de ese incesante e hirviente foco de agitación en pro de los derechos ciudadanos que es la calle Ferraz de Madrid. El 15M y todos los movimientos sociales, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, son oscuras conspiraciones de Rubalcaba que tejió esos hilos de protesta para lograr su silla en La Moncloa. Hiperactivo, abandonando tareas que le darían más relumbre personal por dedicar todo su tiempo a organizar “algaradas callejeras”. Sin motivo. Los desahuciados por los bancos a los que se da dinero público, los parados, pensionistas, dependientes sin ayudas, las víctimas de la sanidad pública, los escolares y universitarios, todos los ciudadanos que hemos perdido poder adquisitivo como nunca en la historia reciente, son de atrezzo. Los fabrican los militantes del PSOE en cartón piedra o con plastilina. Unos artistas.

Nadie debe dudar que fue el PSOE quien promovió desde sus inicios la interposición de demandas y querellas –que para que no se note presentan otros– destinadas a frenar los abusos y errores de los bancos: Bankia, #querellaparaRato o afectados por las preferentes. Y, desde luego, se han empeñado con ahínco en parar la privatización de la sanidad pública de Madrid. Han logrado hasta su suspensión cautelar. Lasquetty, ese prohombre que solo busca nuestro bien como todo el PP, lo sabe bien.

La izquierda se opone casi con fiereza al código penal de Gallardón y a la vuelta de la justicia a un régimen autoritario y elitista. A las leyes retrógradas o directamente preconstitucionales, como ha llegado a calificarlas el CGPJ, a la venta hasta de nuestro Registro Civil. Y una vez más en cabeza de las reivindicaciones, Rubalcaba y su ejecutiva, exhaustos de tanto desgañitarse por todos los atropellos que está sufriendo la sociedad. Abandonando en plante el Parlamento para que nadie pueda pensar que los secunda. Una oposición férrea, de izquierda radical, como según la derecha hace.

Como será de maquiavélico el PSOE que, sin ser siquiera decidido partidario de celebrar una consulta sobre la independencia de Cataluña sino todo lo contrario, es el autor intelectual de la propuesta. El coleguilla de derechas Artur Mas se vio literalmente impelido a hacer como que el sueño de su vida era la secesión, por imperativo de los socialistas. Solo ellos son los culpables de la ruptura de España; de la una, grande y libre. Es lo que mayor factura ha pasado a la izquierda. El resto de los españoles estamos en un sin vivir por eso.

La crisis financiera internacional, los defectos estructurales de España, las consecuencias del austericidio actual que aplica el PP, todo es culpa del PSOE. Hasta del analfabetismo funcional de los ciudadanos que ha ratificado la OCDE. No está labrado en siglos de disuadir el pensamiento crítico, fue la LOGSE que en oscuro complot se obligó a estudiar ya a hurtadillas hasta en colegios de la época franquista, a la vista de los peores datos en las edades evaluadas por el informe. Algo salió mal en el plan que propiciaba un electorado capaz de engullir todas las patrañas de políticos desaprensivos y, casualmente, acabó dando mayorías absolutas al PP.

Un duelo de titanes se brinda a los ojos de la sociedad atónita. Esa derecha de centro. Esa socialdemocracia comprometida y de gran arrojo. Esa izquierda auténtica ensayando la representación del viejo éxito: "Frente Popular de Judea versus Frente judaico popular", en espera de que esta vez se consiga llegar a un punto de consenso.

Los ciudadanos que bordeamos la desesperación ponemos velas a la Virgen de Fátima (o sea, la de El Rocío) y a la de Génova, a ver si, a base de insistir, por lo menos nos consiguen algo parecido a una izquierda como la que ellos pintan. Más compacta en sus objetivos a ser posible. Porque, mientras, la derecha sigue dictando qué es qué.  

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