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El arte de titular

¿Quién puede resistirse a leer un libro que lleve por título Oscuro como la tumba donde yace mi amigo de Malcolm Lowry?

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Con estas líneas quiero rendir tributo a aquellos títulos de libros o películas que alguna vez me han seducido. No quiere decir que sean los mejores libros, ni las mejores películas. Simplemente son buenos títulos. Títulos que nos atrapan, nos incitan a leer una novela o ver una película. Títulos con un poco de misterio, que generan la suficiente intriga como para preguntarnos qué viene detrás. En ocasiones nos provocan un impulso. Por ejemplo, ¿quién puede resistirse a leer un libro que lleve por título Oscuro como la tumba donde yace mi amigo de Malcolm Lowry? Mi preferido es, sin embargo, La soledad del corredor de fondo de Peter Hanke. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así?

La literatura latinoamericana tiene auténticos especialistas. Manuel Puig a la cabeza. El beso de la mujer araña, Pubis angelical o Boquitas pintadas son ejemplos de títulos que a uno le hubiera gustado siempre que se le hubieran ocurrido. Citar a García Márquez puede parecer un recurso fácil, pero aceptemos que era un maestro. Al fin y al cabo, era una cuestión de oficio. Crónica de una muerte anunciada es quizás el scoop más reiterado en los medios de comunicación, al menos cada vez que ocurre algo que todo el mundo parecía esperar. El general en su laberinto, Cien años de soledad o El coronel no tiene quien le escriba, por citar sólo tres ejemplos, hemos de reconocer que no están nada mal. Borges también se aplicaba. El mejor de los suyos posiblemente sea Historia Universal de la Infamia. Por su parte, El Aleph remite a aquel punto que contiene todos los puntos. Más o menos lo mismo que le dice Clint Eastwood a Meryl Streep en Los puentes de Madison No sé si voy a poder concentrar toda mi vida de aquí al viernes. Sigamos con los autores argentinos. Julio Cortázar era también muy hábil en estos menesteres. Historias de cronopios y fama, ¿qué es eso de cronopios? Queremos tanto a Glenda, otro título manoseado en cientos de reportajes periodísticos. Ricardo Pligia tituló Blanco Nocturno uno de sus libros, blanco nocturno, ¿de qué puede ir esa novela?

La literatura española también tiene algunos buenos títulos. Empecemos por una anécdota muy conocida y aireada por sus autores, de cuya veracidad puede dudarse, pero que – en cualquier caso-  sigue manteniendo su gracia. El desorden de tu nombre, de Juan José Millas, ganada en una apuesta de póker a Alejandro Gándara. Leída la novela, un título que poco tiene que ver con su contenido. Javier Marías opta por recurrir a Shakespeare. Cuando fui mortal le dice el espectro del rey Enrique VI a Ricardo III. Ya están mis manos del color de la vuestras; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco, espeta Lady Macbeth después de que éste hubiera apuñalado al rey Duncan. Y así podríamos continuar. También recurrió a Shakespeare su adorado Faulkner, El ruido y la furia. Cuando Macbeth siente que todo se está definitivamente torciendo cavila que la vida es una sombra que camina...es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y furia. Curiosamente, aquél no se estrujaba con sus títulos, excepto con Sueño de una noche de verano. Siguiendo con la literatura española, Luis Mateo Díaz, no lo hace nada mal: Las fuentes de la edad, Camino de Perdición, La soledad de los perdidos...

Títulos que nos atrapan, nos incitan a leer una novela o ver una película. Títulos con un poco de misterio, que generan la suficiente intriga

De la literatura norteamericana mi preferido es, con mucha diferencia, Tennessee Williams. El primero que te viene a la mente: La gata sobre el tejado caliente de cinc. En España nunca supimos, cosas de la censura de entonces, si era la gata, el tejado o ambos quienes estaban calientes. De repente, el último verano y Un tranvía llamado Deseo son magníficos se mire por donde se mire. La novela negra ha dado espléndidos ejemplos. El gran clásico, sin duda, fue Raymond Chandler. El sueño eterno, El largo adiós o Adiós muñeca nos cuentan en sus títulos mucho del desgarro de estas novelas. Lo que cuesta despedir a un amigo y los desengaños que acarrea. Nos recuerda también que a todos nos llega el fin y que de éste no se vuelve. Fue el principio de una larga tradición, porque el resto de autores no estaba dispuesto a quedarse atrás. El cartero siempre llama dos veces, de James M. Caín, no está mal. Nos remite a una idea trágica: nadie puede esquivar su destino. Horace Mckoy estuvo a la altura: ¿Acaso no matan a los caballos? o Di adiós al mañanacompiten con más que dignidad con el maestro. ¿Cuántas veces hemos pensado, en esos días aciagos, que Debí quedarme en casa? La jungla del asfalto, de William R. Burnett, algo más simple, pero también conseguido. Me recorre un escalofrío cuando pienso en el Temblor de la falsificación de Patricia Highsmith. Con ese título se pueden escribir cientos de historias. Podríamos seguir y no acabar nunca. Pero no debemos dejar este apartado sin citar dos ejemplos de escritores del género negro de este lado del Atlántico. Escupiré sobre vuestra tumbade Boris Vian o la Muñeca ciega de Scerbenco son magníficos títulos y estupendas novelas. Mejores que esos larguísimos títulos de Stieg Larsson.

La ciencia ficción es también un terreno fértil. Dos obras menores, de dos excelentes autores, un cuento de Isaac Asimov y una novela corta de Philip K. Dick llevan títulos memorables: Estoy en Puertomarte sin Hilda y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esta última origen de la película Blade Runner, de Ridley Scott. Stanley Kubrick transformó para la gran pantalla una novela de Anthony Burgess cuyo título es un sinsentido, La naranja mecánica. Soy leyenda de Richard Matheson y Yo,robot de Asimov son dos clásicos, igual que Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein y Guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams. Ya ven que hay donde elegir.

El cine es material indiscutible para este tipo de divertimentos. Uno de mis títulos preferidos es Instinto básico de Paul Verhoeven. Se te eriza el pelo cada vez que recuerdas a Sharon Stone con el picahielos y el pobre Michael Douglas a su merced incapaz de frenar sus instintos más primarios. Martín Scorsese con Goodfellas o Uno de los nuestros, en una más que razonable traducción, me gusta. Sergio Leone no puede dejar de estar en esta lista. No sé cuál es mejor: La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo, Por un puñado de dólares o Agáchate, maldito.

En España decimos que las traducciones hacen puré muchos títulos originales. Pero para salirme de este lugar común quiero poner tres ejemplos de casos que, a mí gusto, los mejoran. Sueños de un seductor, de Woody Allen, es más original que Play it again, Sam; Raíces profundas de George Stevens es mejor que un tontorrón Shane; La diligenciade John Ford dice más que el poco brillante Ringo. Ciertamente, hay ejemplos deplorables. Aquí cada uno tiene su propia lista. Veamos. Uno hiriente: Tres hombres y una mujer, de Ettore Scola, magnífica película, titulada originalmente Nos habías amado tanto. Otro caso. Éste algo más discutible. Nunca me ha gustado- aunque a quien se le ocurriera le echó poesía - el título en España de una de las mejores películas de la historia del cine, Centauros del desierto, titulada originalmente con un sencillo The searchers. Steven Spielberg no es un dechado de creatividad en los títulos de sus películas, pero agradecemos que se acordara de Shakespeare para su serie bélica Band of Brothers. We few, we happy few, we band of brothers, arenga Enrique V a sus tropas antes de la batalla de Agincourt. Juego de tronos, temporada 6, capítulo 9, ha intentado lograr un momento de tanta intensidad antes de la gran batalla, pero no tenía a Shakespeare de guionista.

El cine español tiene también algunos buenos títulos. La piel que habito no es la mejor película de Almodóvar, pero esconde cierto misterio. El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gomez, nos traslada a un extraño viaje. Por desgracia, el cine español parece haber volcado todo su ingenio en las películas clasificadas S.  Burdo machismo y estilismo cutre. Aquí se dan de la mano fondo y forma. Me niego a entrar en el juego y no voy a reproducir ninguno de sus títulos , que me irrito.

Los economistas, cuando se alejan de sus artículos científicos, tan matemáticamente estilizados, tienen justa fama de escribir bien (y de citar a Lewis Carrol en cuanto tienen la menor oportunidad). Sin embargo, no se caracterizan por la originalidad de sus títulos. La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero es un título tan largo que se quedó en La teoría general. Otro libro de Keynes, Las consecuencias económicas de la paz, lanzó un mensaje unívoco y meridiano. No había lugar para las malinterpretaciones.  El Tratado de Versalles (1919) solo podía desembocar en otra guerra mundial. Ya hemos advertido que nadie -ni las sociedades, ni los países- pueden escapar a su destino. El futuro de nuestros nietos, también de Keynes, un  ensayo de 1930, es hoy de gran actualidad. Hayek no se iba a quedar atrás y tituló, nada ingenuamente, Camino de servidumbre, una obra que se entendió como una respuesta a Keynes y no como lo que es, una crítica a la planificación totalitarista. Muchos economistas de renombre - Krugman, Roubini, Bernanke, Martin Wolf...- han escrito recientemente libros con títulos apocalípticos sobre la última crisis. Los dos que más me gustan son Caída libre, del premio Nobel Joseph Stiglitz, y Algo va mal,del historiador -tristemente desaparecido- Tony Judt. No dejan lugar a dudas. Cortos, claros, directos, eficaces. Como debe ser un buen título. 

*Este artículo debe su inspiración a personas muy cercanas. Gracias a todos.

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