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Las manifestaciones crean el tipo de poder que los políticos ignoran

Los manifestantes entablan relaciones duraderas y sus levantamientos siempre sorprenden a las élites

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Los antidisturbios se enfrentaron este jueves en París a los manifestantes que protestan contra la reforma laboral de Hollande, que pretende dar más flexibilidad a las empresas.

François Mori/ASSOCIATED PRESS

La situación está cambiando y ya se siente en las calles de las capitales del mundo. la semana pasada hubo cientos de arrestos en Moscú y San Petersburgo después de las multitudinarias protestas pacíficas contra la corrupción, no autorizadas.

Lo mismo en Minsk, donde la gente salió a las calles por los impuestos disciplinarios aplicados a los desempleados. O en Rumanía, donde medio millón de rumanos tomaron las calles en febrero y forzaron al Gobierno a dar marcha atrás con una ley que absolvía a los funcionarios corruptos.

En lo que va de marzo ya van tres grandes protestas en el Reino Unido: una para salvar el Sistema Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés), con cerca de 250.000 personas; otra en contra del racismo, con la participación de 30.000 personas; y finalmente,  una en contra del Brexit, a la que asistieron más de 100.000 personas.

El fracaso de Trump en su intento de derogar el Obamacare en el Congreso es otra demostración del poder de la calle. Aunque el golpe provino de legisladores republicanos en rebeldía, la fuerza detrás del logro seguramente salió de las miles de personas que se acercaron a reuniones en sus ayuntamientos donde manifestaron su oposición en las vísperas de la votación.

La clave no es decir que “el movimiento de las masas funciona” porque pocas veces funciona por sí mismo. La clave es subrayar que no es en vano poner el cuerpo en la calle, en una manifestación masiva, o cuando se termina dentro de un vehículo policial, como le pasó a miles de rusos y bielorrusos este fin de semana: crea el tipo de poder que los políticos de carrera detestan.

Para entender cómo fastidia a la clase política que la gente ejerza su derecho a protestar, veamos con detenimiento la cuenta de Twitter del parlamentario Owen Smith. El excandidato a líder del Partido Laborista no se sumó a la manifestación Salvemos el NHS, pero sí tuvo tiempo de minimizar la convocatoria, mientras 250.000 personas salían a la calle. Smith tuiteó: “¿Así es como salvamos el NHS? ¿Con una marcha? Siempre creí que era mejor ganar las elecciones y luego financiar el programa de manera adecuada”.

Por más breve que parezca, el tuit de Smith sintetiza una filosofía política. Todos los que desoyeron su consejo y salieron a mostrar su apoyo al NHS entendieron una cosa que los ensimismados tecnócratas no logran comprender: el movimiento de masas genera su propia dinámica. Pueden ser de gran alcance pese a la escasa y superficial cobertura con que la televisión y la prensa escrita hablan de las manifestaciones.

En primer lugar, reunirse en multitudes demuestra que uno no está solo. También sirve para entender hasta el último detalle con quién se está marchando. En la manifestación por el NHS, se hizo evidente que un gran número de trabajadores del NHS se había presentado junto con grupos de usuarios a menudo dirigidos por gente mayor. ¿Por qué es interesante saber esto? Porque en el moderno, privatizado y corporativizado NHS, su personal casi no tiene medios colectivos para expresarse. Sumando fuerzas se derriban las paredes invisibles que genera la vida institucional y se hace posible entender que no es solo el “personal de enfermería de Doncaster”, sino el personal de enfermería, los médicos y también los pacientes de Doncaster.

Según los asistentes, en la marcha Unidos por Europa del sábado los progresistas asalariados eran mayoría. Los laboristas de izquierdas y los medios de comunicación de la derecha han tratado el tema con una gran dosis de sarcasmo pero, insisto, lo importante de los actos masivos es encontrarse unos con otros, poner a prueba las ideas y crear y transformar los mensajes.

Si a todo esto se le añade la resistencia a Trump en EEUU, el panorama mundial se vuelve interesante. El 21 de enero, EEUU fue testigo de la que posiblemente fue la mayor movilización general de toda su historia: 4,2 millones de personas protestando contra la toma de posesión de Trump por todas las ciudades del país.

Las redes sociales no solo hacen visibles este tipo de experiencias colectivas sino que las intensifican. En cualquier protesta del primer mundo, cada grupo de mil manifestantes es en realidad un grupo de mil nodos en una red que además tiene decenas de miles de otros nodos. Una máquina que distribuye información sin parar.

Por eso el primer paso de todo gobierno con intenciones de limitar la democracia es limitar el derecho a manifestarse. Este fin de semana, Putin prohibió la mayoría de las protestas planeadas, pero se hicieron de todas formas. No solo metieron a la fuerza a rusos valientes y anónimos en vehículos policiales, sino que también a los que tenían seguidores en Twitter y Facebook de todas partes del mundo.

Las manifestaciones son importantes y debemos seguir haciéndolas para resistir a la creciente cleptocracia, al creciente racismo y al autoritarismo de las élites políticas. Pero con las manifestaciones no alcanza. Así como muy a menudo 30.000 personas en la calle solo consiguen una fotografía pintoresca y un par de líneas en el periódico, apenas se tiene registro de lo que pasa después. Por eso, los levantamientos y las revoluciones siempre sorprenden a las élites y a los medios, condenados a ver el mundo a través de la mirada del poder.

Como dijo el poeta tunecino Abu al Qasim al Shabi con unas bellas palabras recordadas durante la Primavera Árabe de 2011: “Cuando la gente decida vivir, las cadenas se romperán”.

Los levantamientos se producen cuando las élites llevan las cosas demasiado lejos y grandes cantidades de personas comunes entienden que su única opción es resistir.

Se pueden lograr cosas en las urnas: la derrota de Geert Wilders en Holanda, la lección de humildad a Paul Nuttall en Stoke-on-Trent y, ojalá, la derrota de Marine Le Pen en Francia el próximo 7 de mayo. Pero para algunos problemas es necesario ponerse un gorro rosa o, como hicieron los rusos, colgarse una zapatilla de marca alrededor del cuello, pintarse un símbolo gracioso, marchar, tomar fotografías y tuitearlas entre los amigos.

Cuando la gente decide vivir, lo que hace es manifestarse y hay muchos manifestándose en este comienzo de primavera.

Traducido por Francisco de Zárate


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