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Ni cautivo ni sumiso, una investigación desmonta los mitos sobre el voto en Andalucía

Investigadores de cuatro universidades andaluzas elaboran el primer atlas que refleja la evolución del voto en Andalucía desde 1891 a 2008 en elecciones generales.

Pese a la corrupción y el caciquismo, en el primer tercio del siglo XX el electorado progresista y republicano crece en el medio rural, frente a la creencia de estas fuerzas encuentran más respaldo en entornos urbanos. 

La geografía del voto y la de la represión franquista coinciden, fue más virulenta en los municipios donde se eligieron opciones más progresistas durante la II República.

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Una mesa durante una anterior cita electoral.

“Esta vieja tesis de que no éramos un pueblo preparado para la democracia, no es verdad”, dice Salvador Cruz Artacho, profesor de la Universidad de Jaén y coordinador de un proyecto de investigación en el que participan otras 3 universidades y el Centro de Estudios Andaluces. El primer resultado de esa investigación es el ‘Atlas electoral de Andalucía (1891-2008). El voto al Congreso de los Diputados en los municipios’.

El equipo ha elaborado alrededor de 500 mapas que permiten echar un vistazo desde dos perspectivas diferentes. Una, las opciones políticas más votadas en elecciones generales. Y otra, la intensidad de voto a cada partido. El trabajo arranca en 1891, el año en que en España se restablece el sufragio universal masculino. Y acaba en 2008, año de los últimos comicios celebrados en el momento en que arrancó la investigación.

Observando estos mapas, Cruz Artacho insiste en que están “desmontando tópicos sobre la historia de Andalucía”. El primero es la existencia de un voto “cautivo” y “sumiso”, apoyado en otros tópicos: una población analfabeta, mayoritariamente rural y gobernada por caciques. El atlas construye “un relato de la Andalucía más reciente que desmonta tópicos, sobre una Andalucía diferente que no se opone a entrar en la senda de la modernización o el cambio”

Cruz Artacho recuerda que antes de finales del siglo XIX y hasta los años 20 del siglo pasado “tenemos un sistema electoral donde la corrupción está institucionalizada y las elecciones se amañan”. Es la época en la que Liberales y Conservadores se alternan en el poder “en ese entorno hostil, el voto republicano y socialista crece, incluso en un escenario de inestabilidad”. Y sobre todo crece en el entorno rural a pesar de que siempre se ubica en las ciudades el voto progresista.  El atlas refleja como provincias eminentemente rurales como Córdoba y Jaén están a la cabeza de estos movimientos.

Normalmente se atribuye al electorado urbano la tendencia al voto progresista, precisamente por la ausencia de caciques, sin embargo, en Andalucía esta tendencia se detecta en municipios de no más de 1.000 ó 2.000 habitantes, circunstancia por la que Cruz Artacho apunta que las acusaciones de “voto cautivo” y ”clientelismo” que se achacan al medio rural “son de un discurso construido sobre una base poco sostenible, porque no existían estudios empíricos”.

De acuerdo con eso, Cruz Artacho cree que “en el proceso de construcción de la cultura democrática, la sociedad rural andaluza tiene mucho que decir”, porque “aquí había caciques pero no una sociedad completamente desmovilizada”. De hecho señala que, pese a la corrupción en los procesos electorales, en los años siguientes a la primera guerra mundial, los partidos republicanos y de izquierdas van acaparando entre un 10 y un 15% de los votos. Esto indica un cambio de tendencia que “explica que en 1931 la izquierda republicana gane mayoritariamente”, en el primer momento de la historia en que el proceso electoral reúne todas las garantías democráticas.

Sufragio femenino

También queda reflejado el cambio que, en 1933, introduce la aprobación del sufragio femenino, que provocó un giro hacia los partidos de derechas en todo el territorio nacional. No obstante, en Andalucía se constata también la incidencia del electorado anarquista. Este aspecto corrobora algo que se detecta durante todo el primer tercio del siglo XX “un proceso de traslación de la conflictividad laboral a la arena política, lo que genera un contexto de consolidación de la implantación del voto republicano y socialista” en Andalucía. .

Los mapas también establecen una “correlación” entre la intensidad de la represión franquista y los municipios en los que el respaldo a los partidos de izquierdas fue más intenso durante la II República. Según Cruz Artacho en aquellos pueblos donde “la población votó mayoritariamente a organizaciones más progresistas, la represión actuó con más intensidad”.

Otro dato es que esa represión no segó las convicciones políticas de los ciudadanos. “El Franquismo no fue capaz de borrar la memoria”, dice el investigador, entre las elecciones legislativas del 36 y las primeras democráticas de 1977, “no se rompe la memoria, hay recuerdos y se refleja en los resultados” que guardan cierta similitud.  

La investigación sigue su curso, Cruz Artacho explica que el atlas es “una representación gráfica” que permitirá ahondar en el conocimiento de una sociedad que ha expresado su opinión en las urnas siguiendo derroteros lógicos: circunstancias sociales, laborales, económicas o políticas. Esto permitirá, a su juicio “reescribir muchas cosas sobre el comportamiento de los andaluces”, partiendo de datos recabados en fuentes oficiales y con perspectiva sobre las circunstancias del sistema político español. Esta investigación, “abre un campo de trabajo para cambiar el análisis político”, dado que no existen proyectos similares en otras comunidades.

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