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Un chalet junto al Canal

El chalet de Matías Bergua mantiene aún su aire moderno y un color aceitunado que lo camufla entre la fronda

Acabamos el artículo anterior a orillas de las playas de Torrero, así que hacia allí vamos recorriendo la traza del Huerva desde su desembocadura en el Ebro. En ocasiones a plena luz, las más de las veces oculto, no encontrarán río más dócil, generoso e inoportuno. Porque en Zaragoza, lo que estorba se entierra.

A la altura de Plaza Paraíso me adentro en el bulevar de Gran Vía. Bajo mis pasos transcurre soterrado el río. El proyecto para su cubrimiento, de 1922, se acometió durante los años siguientes con el propósito de ensanchar la ciudad hacia el sur y, al tiempo, dar satisfacción a quienes esperaban traficar con los terrenos aledaños. A esta ciudad la custodian intereses que lo mismo derriban una torre del siglo XVI, que sepultan en vida un río; o lo que se interponga. De este modo, uno camina sobre el Huerva sin escuchar pálpito alguno, pero consciente de que bajo el pavimento transcurre un caudal de vida.

Cruzo por Avenida Goya hasta Paseo de Sagasta. Aquí se acomodó parte de la burguesía zaragozana a principios del siglo XX y puso ornato a sus plusvalías en forma de pintorescos chalets que hoy día conviven algunos encajonados entre anomalías de hormigón.

El lenguaje de las tapias

Con estos razonamientos alcanzo el parque Pignatelli y paso junto a los antiguos depósitos de agua que abastecieron a la población hasta mediados del siglo pasado. Es la parte más alta de la ciudad. Un bar, ya cerrado, exhibe orgulloso su cartel: “Bar L´playa”: meta final. Me siento en otro café cercano, a los pies del adusto Sacrario militare italiano en la iglesia de San Antonio. La terraza está concurrida y la gente charla casi a voz en grito. Entre la algarabía una frase: “¡a ese, dos tiros contra la tapia!”. Me impresiona la violencia de la expresión. Andan los tiempos caldeados y pienso en aquellos otros en los que efectivamente todo se dirimía en las tapias.

A mi espalda, el cuartel de San Fernando, antiguo “Castillejos” hasta su remodelación al calor de la “operación cuarteles” en los años 70. Esta guarnición fue uno de los centros vitales del golpe de 1936 en Zaragoza. Allí se encontraba el núcleo duro de los conspiradores, pero además fue punto de encuentro del falangismo desde el mismo sábado 18 de julio.

La sublevación triunfó rápido en la capital aragonesa. Pese a la masiva afiliación, el desgaste y la crisis habían mermado la capacidad de reacción de los sindicatos. Por su parte, la posición pusilánime y ambigua del general Miguel Cabanellas, responsable de la 5ª División en Zaragoza, desconcertó a las autoridades legítimas que se negaron a proporcionar armas a la población contraria al golpe. En algunos puntos de la ciudad se plantó cara con barricadas, así sucedió en la calle Las Armas; o hubo tiroteos ocasionales, como bien narra Luis Romero en “Tres días de julio”. Sin embargo, uno de los factores clave de la victoria golpista fue la cooperación de una parte de la población civil, organizada en torno a bandas como Acción Ciudadana y muy en particular Falange.

Desde un principio, las funciones asignadas a estos grupos paramilitares estuvieron claras: dar continuidad a los servicios públicos y sobre todo participar en la brutal represión para desarticular las bases de la República. Incluso la sección femenina de falange se aprestó a labores de cacheo a mujeres.

Con esta imagen terrible, emprendo el camino junto al curso del canal Imperial en dirección al Cabezo de Buena Vista.

Organizar el terror

Además de cacerías nocturnas por los barrios obreros, Falange organizó numerosas checas en diversos puntos de la ciudad, como en los Agustinos, en Camino de las Torres; la comisaría de la calle Ponzano o el piso sobre la horchatería de Ramón Más, en el número 25 del Coso, junto al entonces concurrido Bazar X y hoy una conocida multinacional librera. Con relación a este piso, el médico y escritor zaragozano Santiago Lorén describe en su libro “Memoria parcial” cómo en sus balcones los falangistas exhibían a sus víctimas torturadas, con las cabezas peladas al cero. Provocar el mayor terror posible en la población era su objetivo.

Un chalet siniestro

Detengo mis pasos frente a una quinta que hace esquina con el paseo Ruiseñores. El chalet de Matías Bergua mantiene aún su aire moderno y un color aceitunado que lo camufla entre la fronda. Edificado en 1933 a iniciativa del médico Matías Bergua Oliván, es obra de los madrileños Rafael Bergamín y Luis Blanco, y constituye una muestra de la arquitectura racionalista de aquella época. El proyecto del Chalet Bergua llegó a figurar incluso en reputadas revistas técnicas de la época. Pese a su racional diseño, su interior albergó uno de los más siniestros centros de represión falangista.

Recuerda en sus crónicas Santiago Lorén que para frenar las “chulerías ciudadanas del fascismo en Zaragoza” se estableció una checa “más organizada y eficaz; instalada en un chalet grande del paseo Ruiseñores apenas visible desde la calle entre la frondosa umbría de sus árboles”, lo suficientemente aislado “por el canal y por los baldíos de su entorno para su triste cometido”.

Fue su máximo responsable el coronel Darío Gazapo, miembro a su vez del secretariado político de Falange, prueba de la íntima conexión entre militares y fascistas en la violencia aplicada.

El miedo y la memoria

En 1977 apareció en el periódico Andalán la crónica de una de las víctimas que pasó por el siniestro chalet. Afiliado al PSOE desde 1934 y preso en la cárcel provincial tras el golpe, firmó aquel testimonio bajo las iniciales E.E.G. Según su crónica, “en la cárcel de Torrero no torturaban a nadie. Eso ocurría en la `checa´ de Ruiseñores” en donde vivió sus peores momentos “pues sabíamos que muchos compañeros nuestros iban de allí directamente al paredón”. Así sucedió con el gobernador civil Ángel Vera Coronel, fusilado en julio de 1937; y con el presidente de la Diputación Manuel Pérez Lizano, ejecutado en agosto de 1936. “Yo estuve dos veces -continúa E.E.G.- nos metían en un horno apagado que había en el sótano y donde nos estrujábamos una docena de personas que sólo teníamos una mirilla para respirar.” Estas líneas hacen inevitable recordar algunos pasajes del escritor Juan Marsé en “Si te dicen que caí”: “lo metieron en la Campana Infernal y venga a darle con martillazos y trozos de raíl, y al rato enloqueció de chillar y quedó como sordo, y confesó.”

Regreso a casa y pienso en la expresión escuchada “¡a ese, dos tiros contra la tapia!” Esta ciudad conserva aún en su memoria imágenes de muerte y miedo que transcurren como un torrente subterráneo. Porque nada logra ocultarse para siempre, ni los ríos, ni los muertos. Me alejo del chalet mientras resuenan en mí los versos del poeta zaragozano Raimundo Salas, entonces un niño en medio de aquel horror:

Fuera se oían voces, carcajadas

estrepitosas, himnos feroces, explosiones,

súplicas apagadas por un motor en marcha,

carreras y disparos.

Eran, decían, los felices días

De la infancia.

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19 de junio de 2020 - 06:50 h

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