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CATALUNYA

Elisa García: La miliciana que todo el mundo olvidó

El impacto que provocó ver muchas mujeres vestidas de soldadas con las armas en la mano y el impacto del vecindario por la muerte de la miliciana Elisa han ido perdiendo fuerza vencidos por una visión masculina de la historia

Elisa García Saez murió en el hospital de Sariñena (Huesca) el 24 de agosto de 1936 a los 19 años. Pocos días antes había sido herida por las armas del ejército de los sublevados fascistas en Tardienta, los Monegros. Muy probablemente Elisa fue la primera miliciana barcelonesa asesinada durante la guerra civil, por lo que parece que la noticia de su fallecimiento trastornó la sociedad más implicada políticamente al lado de la revolución de la ciudad y de Sant Andreu de Palomar, donde probablemente nació y donde vivió y desarrolló su corta vida familiar, laboral, social y política.

Su muerte fue muy noticiada por la prensa del momento, y se utilizó como un elemento de propaganda política con buenas dosis de vehemencia emotiva. Pocos meses después se le retiene un homenaje a Sant Andreu, en el transcurso del cual se inauguró una placa de mármol que evidenciaba un cambio de nombre de calle bastante significativo: la antigua calle andreuenca de las Monjas pasaba a llamarse calle Elisa Garcia. No era la primera vez que la desgracia llamaba a la puerta de la familia, ya que el paseo de Santa Eulalia, donde desembocaba la calle de las Monjas se rebautizó con el nombre del tío de ella, José García, también muerto en Aragón el 8 de agosto de 1936.

La historia de Elisa García va más allá del episodio de su muerte. Es la de una joven trabajadora de la Fabra i Coats implicada en la vida política local a través del sindicalismo: era afiliada a la entonces minoritaria UGT. Y del cooperativismo: era la delegada de la sección femenina del grupo juvenil de L'andreuenca, la cooperativa más grande y con más socios de esta barriada. Este último dato delata que su visión del mundo no sólo pasaba por el activismo para hacerlo mejor, sino que incluía una mirada activamente feminista que en julio de 1936 rompió algunos de los esquemas más arraigados en la sociedad del momento.

Fue hace un par de años que descubrimos la figura y la historia de Elisa García. Cuando la difundimos hubo un gran número de reacciones, todas muy enfáticas y motivadoras dada la novedad de haber localizado la primera miliciana barcelonesa que tuvo una visibilización oficial en la estructura urbana de la ciudad, y por el propio trabajo de recuperación de su historia. Bastantes grupos de activistas y grupos políticos de izquierdas se hicieron eco, así como especialmente numerosas organizaciones feministas. Escribieron artículos y se organizaron homenajes (alguno censurado y reprimido por el Ayuntamiento de Barcelona) y en algunas ocasiones se ha mitificado la figura de la miliciana.

Ciertamente la difusión de la historia de Elisa García provocó muchas reacciones, en buena medida debido al absoluto desconocimiento de su existencia. Un desconocimiento que muchos atribuirían a los 40 años de dictadura y franquista y más de 30 años de un sistema político surgido de la transición que requirió del olvido y el silencio institucional y social como mecanismo de control de las disidencias y las lecturas alternativas de la actualidad y de la historia.

Y es cierto. Los pactos de la transición requerían acallar las voces de las víctimas, pero hay que insistir en que el silencio y el olvido sistémico no sólo se cuenta con el franquismo y la gestión de la transición, sino que hay otro eje que viaja transversalmente rasgando el relato desde los años 30 del siglo pasado hasta la segunda década del actual, y del que es cómplice buena parte del antifranquismo, incluido el situado más a la izquierda. Este eje es el de la invisibilización del papel de las mujeres en los hechos sociales y el tratamiento subalterno de las tareas imprescindibles que mayoritariamente están abocadas a desarrollar.

Por ello podemos afirmar que Elisa Garcia sufrió y sigue sufriendo un doble muro de silencio. Uno por formar parte del bando perdedor de la guerra civil y el otro por ser mujer.

Poco tiempo después de descubrirla recorrimos a preguntar por ella a algunos de los vecinos de la actual calle de las Monjas de Sant Andreu de Palomar. Y uno de ellos, el que siempre nos ha explicado las historias de la guerra, la recordó de forma automática, muy rápidamente: "¡por supuesto, Elisa, era una miliciana! ¡Le dedicaron la calle!". ¿Y entonces, por qué su historia nunca había formado parte del puñado de anécdotas locales de la guerra civil (unas anécdotas controladas y escuchadas una multitud de veces)? Posiblemente porque el impacto que provocó ver muchas mujeres vestidas de soldadas con las armas en la mano y el impacto del vecindario por la muerte de la miliciana Elisa han ido perdiendo fuerza vencidos por una visión masculina de la historia que ha convertido la miliciana en enfermera y, a su vez, ha desprestigiado las tareas de las personas que no estaban en primera línea de fuego, sin tener en cuenta que son imprescindibles para ganar batallas.

Y tenemos que insistir: Elisa Garcia fue una miliciana, una luchadora contra el fascismo con las armas en la mano, con un compromiso y una formación militantes innegables. Desgraciadamente, la manipulación de su trayectoria y la discriminación de género han provocado que su biografía no haya sido considerada material susceptible de ser transmitido a los que queremos reconstruir la historia y, consecuentemente, a una sociedad a la que se ha impuesto la ley del silencio en términos de memoria.

No caigamos en los mismos errores: recordemos y reivindiquemos a Elisa García Sáez, una militante feminista y antifascista, pero trabajemos también para reconstruir, reformular y situar en un ámbito central de la historia las biografías de los miles de mujeres que, en este caso, vivieron desde diferentes posiciones la guerra civil, ya fuera en el frente o en la retaguardia. Sólo instalando sus biografías en el relato historiográfico hegemónico podremos reedificarlo sin discriminar a nadie, y así podrá ser completo.

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