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Cambiar el nombre puede no cambiar la cosa

Bienvenido 2015. Año de cambios. Y también año de elecciones. Municipales, estatales y, seguramente, catalanas. Hace tan sólo cuatro años, pocos días antes de las elecciones locales de aquel 2011, estallaba el movimiento del 15 de mayo, las plazas estaban ocupadas por miles de jóvenes y la historia saltaba de raíles. Tomábamos conciencia de que éramos muchos y que lo queríamos cambiar todo.También lo haríamos un año después con la manifestación del 11 de septiembre de 2012 que pondría a paso firme el movimiento independentista, al menos en Catalunya.

Ha sido un periodo bicéfalo. Por un lado, el capitalismo y sus agentes, la Troika, el FMI y los ministros de turno, entre otros, han radicalizado su imposición de políticas económicas que estrangulan la mayoría de la población. Lo han hecho en la sombra, en despachos, lejos de las realidades y en esta deriva de la especulación financiera que enriquece a pocos para empobrecer a muchos más. La enésima expansión de un capitalismo senil que ya no se preocupa ni de mostrar una falsa cara amable.

Por otra parte, este periodo ha sido también el de un empoderamiento colectivo. Un ejemplo que conozco para ilustrarlo es Girona donde, si tomamos estos cuatro años, veremos que ha surgido la PAH, una asamblea de derechos sociales, dos colectivos feministas, dos centros sociales, las cooperativas han crecido exponencialmente y la independentismo asociativo se ha hecho aún más fuerte. La calle ha sido más vivo que nunca. Casi cada día coincidieron actos de propuestas para superar la situación económica y social planteada por unas instituciones hoy secuestradas. Una realidad que ha transformado muchas más. Una apertura de ojos colectiva y solidaria.

El 2015, sin embargo, ya sea por año electoral o por un nuevo cambio de ciclo se presenta excesivamente marcado por las contiendas electorales. Es una sensación compartida. Toda esta movilización vivida los últimos meses está derivando en un debate permanente en las fórmulas electorales para afrontar este año. Sin duda, se trata de discusiones que hay que afrontar pero que parecen hacer volver al nido lo que ha habitado fuera y que ha sido, en definitiva, el motor de cambio de los últimos cuatro años. En este tiempo, la izquierda ha tomado el relato, la sinceridad, la iniciativa, los argumentos y los ha transmitido con una firmeza que le han hecho recuperar la credibilidad de sus postulados. Esta es una condición sine qua non para cualquier proyecto político triunfe y, hasta ahora, íbamos bien.

Pero la sensación compartida es que últimamente el relato está desviando hacia una argumentación demasiado simple que tal como despega puede llegar a desinflarse. Las elecciones como único terreno de juego, el "nosotros" y el "vosotros" sin aclarar suficientemente quién es cada uno de estos actores como única idea en los discursos y su derivada que si cambiamos las personas que gestionan lo cambiaremos todo hacia a bien. Y mal pueda pesar a algunos, no a mí, la historia bastante nos demuestra que ésta es una ecuación errónea, llena de variables necesarias pero no suficientes.

El año del centenario del nacimiento de Quico Sabaté, de Neus Català y de tantos otros anónimos que han combatido con pasión e ideales la represión del autoritarismo queremos que sea año de victorias populares. Las hemos ido sembrando y queremos recoger frutos pero nos equivocaremos si basamos toda la estrategia en las elecciones que vienen. Queremos que la mayoría social ordene democráticamente nuestros ayuntamientos y las instituciones. Y por eso, los comicios en clave de bóveda en la triple crisis del régimen, democrática, social y nacional, deben servir para que las candidaturas populares democraticen los municipios, inicien un proceso constituyente ligado a la independencia de Catalunya y, finalmente, porque no, colaboren en la transformación de las realidades políticas del resto del Estado. Ahora bien, ya que llegamos a un ciclo de transiciones no ocupemos simples despachos sino que hagámoslo mientras continuamos abriendo calles. O por lo menos, este es mi humilde deseo para este 2015.

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Publicado el
7 de enero de 2015 - 06:00 h

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