La demografía no cura el racismo

La semana pasada el INE dio las cifras de natalidad más bajas de su historia. Nunca desde 1977 se había registrado una tasa de natalidad tan reducida: tan solo 8,4 nacimientos por cada mil habitantes y 1,3 hijos por mujer. Garantizar el Estado del bienestar con estos números resulta imposible; el continuo descenso de la natalidad ha de ser compensado con un aumento de la inmigración de jóvenes en edad de trabajar. Así es el inapelable mandato de la ciencia demográfica. Simple matemática.

Vivimos tiempos convulsos. Tiempos en los que muchos se alarman (nos alarmamos) ante el auge de partidos abiertamente xenófobos que hacen del discurso antiinmigración su bandera. Uno podría dejarse llevar por la tentación de atacar este discurso racista con el argumento de que la inmigración es necesaria para mantener la pirámide poblacional en buena forma. Sin embargo, es ingenuo pensar que la inspiración matemática puede combatir la intolerancia y el odio.

En Vox y otros partidos homólogos de Europa saben perfectamente que, por poco que les guste, la inmigración es necesaria. Santiago Abascal no pide cerrar las puertas a todos los inmigrantes, sino seleccionarlos en base a criterios racistas. ¿Negros y musulmanes? Ni pensarlo. ¿Hispanoamericanos? Podemos negociarlo. Siempre que, por supuesto, su entrada responda a “los intereses de la economía nacional”. Y añado: que se dediquen a todos esos trabajos que a nosotros no nos gusta hacer.

Combatir este tipo de discursos planteando la inmigración como una ventana de oportunidad para corregir nuestros problemas demográficos no solo es inútil, sino que además valida y refuerza sus posicionamientos. Las demenciales tesis de Lant Pritchett, economista y profesor de Harvard, nos pueden dar una idea de a dónde nos llevan estos argumentos. ¿Su propuesta? Inmigración en masa, rotativa y regulada. Todo para garantizar los 200 millones de inmigrantes que calcula que Europa necesitará en los próximos 30 años. Según su planteamiento, podrían residir aquí unos años hasta que llegue el turno de la próxima remesa, momento en el que se les devuelve a sus países de origen. Mientras vivan aquí, se les garantiza el derecho al trabajo, pero no los derechos políticos; los inmigrantes de Pritchett jamás tendrían acceso a conseguir la ciudadanía. Un modelo neoesclavista hecho a medida de las necesidades demográficas de Occidente. No hay argumento matemático que se le pueda oponer.

Por ahora, las tesis de Pritchett (insisto, un reputado economista y profesor de Harvard) no son más que un eco distópico. Ni la ultraderecha populista más xenófoba les ha prestado demasiada atención, pero quién sabe si en algún momento se infiltrarán en alguno de sus programas electorales. Lo que está claro es que cada vez que el debate sobre la inmigración se plantea en términos de “problema” u “oportunidad”, sus posiciones se legitiman más.

Las migraciones no son un problema ni una oportunidad. Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la misma humanidad que le acompañarán hasta el final de sus días. Por lo tanto, el debate de nuestro tiempo no se reduce a la pueril dicotomía de “inmigración sí” o “inmigración no”. Se trata de si queremos convertirla en una pesadilla o preferimos invertir nuestra imaginación en avanzar hacia un mundo más libre.

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