Joan Romero: “Las universidades y los medios de comunicación tradicionales son dos grandes adversarios de los nuevos fanáticos del siglo XXI”
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“Lo cierto es que hemos entrado en una nueva Era, con mayúscula, para la que carecemos de brújula, especialmente moral. Y para la que es difícil encontrar palabras para poder describirla”, señala Joan Romero en su libro Desorden global. Notas sobre el mundo que viene, un ensayo publicado en la nueva colección Ágora, de la editorial Tirant lo Blanch, de la que es además director.
Catedrático emérito de Geografía Humana de la Universitat de València, especializado en geopolítica y políticas públicas, áreas sobre las que ha centrado su actividad docente en los últimos años, aborda de forma lo más directa posible, con rigor pero sin las habituales precauciones académicas, el estado del mundo en tiempos en que “asistimos a una mutación patológica del capitalismo hacia versiones autoritarias, cuyas consecuencias aún desconocemos”.
¿Van ganando los fanáticos, como apunta en su libro al referirse a Trump o a Netanyahu, pero también a Hamás o Hezbolá, a Putin o a Milei?
Fanático viene de fanaticus, el servidor del templo, el que cuida del templo. De eso siempre ha habido. Voltaire fue un gran crítico de los fanáticos. Pero últimamente están apareciendo asociados a otros aspectos. He utilizado el concepto muchas veces para explicar el conficto en Oriente Medio. Ahora, más allá de la religión, los fanatismos se han desplazado a otros ámbitos. Por ejemplo, la desinformación también tiene sus fanáticos seguidores. Esto incorpora elementos que hacen que en este punto estemos ante un tiempo completamente nuevo, que nos obliga, a mi juicio, a dos cosas. Primero, a rearmarnos moralmente y con argumentos frente a la gran ofensiva de desinformación que afecta a las sociedades de la mano de las redes sociales, especialmente, y de los grandes monopolios digitales. Y en segundo lugar, a hacer un grandísimo trabajo de explicación. No hay mejor antídoto contra los fanatismos que la información y la explicación. Y hay dos instituciones que son y serán esenciales en los próximos tiempos: el mundo de las universidades y los medios de comunicación tradicionales. Hasta el punto es así que las universidades y los medios de comunicación tradicionales se han convertido, y no es paradójico, en los dos grandes adversarios de los nuevos fanáticos del siglo XXI. Estamos asistiendo, en directo a algo que, si me lo hubieran dicho hace dos años, no lo habría creído...
¿Se refiere al ataque del presidente estadounidense Donald Trump a universidades como la de Harvard?
En efecto, hay un asalto a la libertad de expresión en la democracia más antigua del mundo, en Estados Unidos. Y eso nos tiene que hacer pensar. Todos tenemos que hacer una especie de rearme moral, pero ha de articularse a partir de explicaciones y de argumentos. Frente a las creencias, típicas justamente de los fanáticos, sean religiosos o de cualquier tipo, solo existe el antídoto de las evidencias. Y las evidencias y las explicaciones tienen que venir de la mano del conocimiento experto y de un pilar fundamental, que siempre lo fue como pilar de la democracia: los medios de comunicación tradicionales. En este momento, son más necesarios que nunca.
Hablamos de los fanáticos, pero ahora confluyen con ellos los oligarcas tecnológicos. ¿Representan una nueva fase del capitalismo o alguna otra cosa?
Representan un vector fundamental del nuevo desorden, digamoslo así. Se trata de un nuevo poder. Zygmunt Bauman los describía como “los nuevos imperios del siglo XXI”. Hace tiempo que los definía así y señalaba que los nuevos imperios no se pueden cartografiar en un mapa pero son tan importantes, si no más, como los viejos imperios de finales del siglo XIX. Los grandes monopolios digitales nos están afectando y nos van a afectar mucho más en planos muy distintos que son ingredientes fundamentales de este nuevo desorden.
¿Cuáles son esos ingredientes fundamentales del desorden? ¿Qué retos se plantean?
La humanidad afronta dos grandes desafíos existenciales: uno es el cambio climático y el otro la inteligencia artificial generativa.
Empecemos por el segundo...
Nos encontramos ante una carpeta nueva, que es la de poder, privacidad, derechos individuales y riesgo para las democracias. Esto es lo que hay sobre la mesa y en ello los nuevos monopolios o imperios digitales son absolutamente disruptivos. Incluso una persona muy moderada como José María Lassalle titulaba no hace mucho un artículo “ciberfascismos”. En este punto estamos en relación con el riesgo para las democracias. También hablamos de autoritarismo digital. Varoufakis habla de los “nuevos señores feudales”, pero también lo hace Andrés Ortega, que es una persona muy alejada en términos ideológicos de Varoufakis. Estamos ante unos nuevos señores que ponen a su servicio lo que Andrés Ortega llama “los siervos de la nube”, que somos nosotros. Este es un primer nivel, pero hay otros niveles, como la capacidad disruptiva sobre los estados por la vía de los ciberataques.
¿Mediante lo que se conoce como guerras híbridas?
Sí, en esas zonas grises de las que hablan cada vez más los militares. Y hay un último aspecto, que tal vez es el que más me alarma. Me refiero a la velocidad con la que está evolucionando la posibilidad, que veremos en poco tiempo, de que haya nuevos entes que sean capaces de pensar por su cuenta. Por eso en el libro hago dos analogías o metáforas que relaciono con la película 2001, una odisea en el espacio. La primera es la escena del inicio de la película, cuando unos humanoides se disputan una charca entre ellos y con los animales y uno descubre que con una quijada como arma puede convertirse en el dueño de la charca. La siguiente imagen muestra que ya controla el recurso y tiene capacidad de enfrentarse a los demás y ganar. Eso me lleva a aquella frase mítica de un maestro como Edward Osborne Wilson, a quien perdimos cuando la pandemia, en el sentido de que tenemos cerebros del Paleolítico, instituciones medievales y tecnologías propias de un dios.
La segunda escena, que tiene que ver con lo que comentaba antes, es la del superordenador Hal de la película de Stanley Kubrick, que al percibir que el astronauta intenta desconectarlo va a por él. Quiero decir con esto que la inteligencia artificial puede ser un riesgo existencial, aunque también puede ser un elemento muy positivo para la humanidad si se utiliza bien. Ocurre que hemos de tener presente que igual que hay personas que piensan en el bien, otras piensan en el mal. Y hay que tener en cuenta las dos cosas. Por su potencial, la IA generativa abre un escenario completamente nuevo. Por eso hablo en un apartado del libro de los dos grandes riesgos existenciales, en el sentido literal, que afectan a nuestra existencia como humanos, como especie: el cambio climático y la evolución no positiva de la IA generativa.
Sostiene que estamos al final de una era. ¿Entramos en una nueva era de descrédito y derrota de la democracia o se trata solo de algo episódico, producto de unos tiempos de transición?
Déjeme que me detenga en las dos partes de la pregunta. Estamos presenciando en directo el fin de un orden, el fin de un mundo, el fin de una era. Lo que quiero decir es que estamos dejando atrás algo que nos era familiar y transitamos hacia algo que desconocemos. Gramsci definía esto como un tiempo de interregno. Presenciamos en directo el final de un orden moldeado por Occidente después de la Segunda Guerra Mundial, que desde hace tiempo, casi desde comienzos del siglo XXI, evidencia claramente síntomas de transformación. Recuerdo que publiqué un manual de mi disciplina, la Geografía Humana, en 2002, 2003 y 2004, en varias ediciones, y un capítulo se titulaba “geopolítica y nuevo desorden mundial”. No es nuevo este concepto de desorden. Estamos, por tanto, ante una fase de recomposición del orden mundial, en la que aquel orden moldeado por Occidente y desde Occidente está dando paso a una situación completamente nueva. Desde Occidente, a esto lo llamamos desorden y en el libro llamo la atención sobre esta cuestión, porque desorden es, en efecto, un concepto muy occidental.
¿Por qué razón?
Porque en otras partes del mundo no han conocido más que el desorden. Además, han aparecido nuevos actores mientras se diluían viejos actores, lo que obliga a definir este como un tiempo nuevo. Sabemos muy bien lo que estamos dejando atrás, que son la arquitectura y las reglas posteriores a la segunda Guerra Mundial. Lo que no sabemos es cómo definir este nuevo tiempo. En el libro hago un pequeño repaso a cómo definimos este tiempo: la era del Pacífico, la era de la información, la era de la desinformación, la era de la indiferencia, que procede, por cierto, de Evangelii Gaudium, del papa Francisco... Lo viejo va quedando atrás, pero lo que viene tiene ingredientes tan novedosos que no sabemos cómo encajarlos todavía. La historia tendrá que venir a explicarnos dentro de un tiempo esta nueva situación. Lo que parece claro es que estamos al final del orden de posguerra, del modelo de globalización, tal como lo hemos conocido desde finales de los años ochenta del siglo XX. Estamos al final de un modelo de crecimiento, que es insostenible, al final incluso del derecho internacional.
¿Y caerá la democrcia por el camino?
Paso a responder la segunda parte de su pregunta anterior. Estamos en una fase de retroceso de las democracias liberales. Y es una paradoja porque 2024 es el año de toda nuestra historia que más elecciones ha habido en el mundo. Bastantes más de 3.000 millones de habitantes fueron convocados a las urnas, pero eso no evita que la democracia, tal y como la conocemos en Occidente, esté en una fase de retroceso. En este momento, las personas que viven como nosotros y como las que leen este diario no van más allá del 7% de la población mundial, y descendiendo, dado que ahora mismo no colocaría a los Estados Unidos en el capítulo de democracias plenas, maduras. De hecho, Estados Unidos es una democracia en caída libre. Entonces, puede que nos quedemos como democracias plenas con las de Europa Occidental, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y poco más. La mayoría de la población mundial vive en autocracias, en democracias electorales, en democracias imperfectas. Y aquí se plantea una gran duda para el futuro: si las democracias liberales tendrán capacidad de rehacerse y seguir siendo el referente a escala global o hemos entrado también en este punto en una nueva fase en la que acaben imponiéndose formas de autoritarismo posdemocrático.
¿Cuáles son los principales adversarios de la democracia actualmente?
Hay muchos adversarios. Por ejemplo, desde hace mucho tiempo para el presidente de Rusia, Vladímir Putin, el enemigo es doble: la democracia liberal y Occidente. De modo que sí, la democracia liberal está en una fase crítica. Pero cuidado, si atendemos al significado genuino del término “crisis”, puede tanto salir fortalecida como quedar debilitada.
Un factor clave será lo que pase en Europa.
Dedico un capítulo a Europa. Llevo muchos años explicando y compartiendo con mis estudiantes la idea de nuestra comodidad geopolítica. Somos un territorio que ha vivido cómodamente de manera consciente, no de forma inconsciente, porque todo el mundo sabía lo que estaba ocurriendo a escala global, pero hemos preferido mirar para otro lado y mantener una posición cómoda que implicaba contraprestaciones: vasallaje, sumisión, irrelevancia... Nuestra comodidad geopolítica se ha mostrado contraproducente de manera súbita. Y en este momento nos encontramos con una Europa que tiene todas las carpetas abiertas encima de la mesa a la vez; la de la defensa, de la energía, de la frontera Este, de la frontera Sur (el Magreb y el Sahel), de América Latina, de las relaciones con el Sur Global, con China, con Rusia, temas a los que se ha añadido nuestra relación con un socio tradicional como Estados Unidos. También está abierta la carpeta del pilar social de la Unión Europea, la de la transición energética, la de la reindustrialización, la de la productividad... Esto es lo que hay sobre la mesa. Nadie podrá decir que no lo sabíamos. Nadie podrá decir que no contamos con informes, con evidencias, con datos, de todo esto que acabo de señalar. Al mismo tiempo, en paralelo, tenemos un problema de diseño y un problema de motor.
¿En qué consisten esos problemas?
Tenemos un problema de diseño que no sabemos cómo abordar porque no sabemos todavía, en abril de 2025, si queremos profundizar el proyecto o ampliarlo. Estamos debatiendo si profundización o ampliación y, si es ampliación, hacia dónde, con qué condiciones. Hay territorios que llevan pidiendo la entrada en la Unión Europea desde hace veinte años, otros desde hace quince o diez. Por otra parte, tenemos un. problema de motor. Hasta ahora, la Unión Europea funcionaba con dos motores principales y cuatro o cinco motores auxiliares. Los motores auxiliares siguen funcionando. Son países como España, Polonia o Italia. Pero lo motores principales están empezando a tener problemas, son Francia y Alemania. Francia tiene elecciones en 2027 si no se anticipan y Alemania sufre un problema interno muy importante, con niveles de malestar ciertamente notables. De modo que nos encontramos en una Europa sin liderazgos, una Europa ausente, irrelevante, sin presencia en las grandes cuestiones, que todavía no sabe, como decia mi colega Emilio Lamo de Espinosa, que está integrada por “estados que son pequeños y estados que todavía no saben que son pequeños”. Trump nos definió en la campaña electoral como “una pequeña China, bueno, no tan pequeña, formada por un conjunto de estados pequeñitos”. Hemos de ser conscientes en Europa de que tenemos todas esas carpetas sobre la mesa en las que hay que trabajar a la vez. Y veo opiniones sobre lo que nos pasa muy distintas. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha hablado de “hacer Occidente grande de nuevo”. En cambio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, decía poco después: “El Occidente que yo he conocido ya no existe”.
¿En qué puede derivar esta situación? ¿Qué papel puede jugar en el panorama mundial, dado que el éxito de Europa se ha basado en la regulación, la intervención y la construcción de instituciones, frente a una ola, que procede de Estados Unidos, que apuesta por la privatización y la liquidación del estado.
Tenemos una Europa del Este que ha basculado hacia posiciones más autoritarias y una vinculación preferente con los Estados Unidos de Trump y una Europa occidental con visiones distintas sobre el diseño y el motor. Sin embargo, creo que podríamos estar ante el momento de Europa, que puede marcar una nueva época, si los actores concernidos son capaces de gestionar esa mesa llena de carpetas tan complicadas. Empezaría por el pilar social. Siempre he dicho, y lo reitero en este libro, que sin Europa social no hay Europa política y sin Europa política nunca habrá Europa geopolítica. En este momento no se está prestando la atención debida a la Europa social, y no será porque no tenemos señales en el seno de nuestras sociedades que nos indican que esto requiere una atención preferente. Porque las raíces de malestar profundo tienen que ver con el deterioro de la Europa social. Aquí hay una agenda de futuro.
¿Por qué digo que puede ser el momento de Europa? Porque, como decía Sloterdijk, incluso en declive, Europa sigue siendo el lugar más decente para vivir. Somos un ejemplo de poder blando, de Estado de derecho, un valor más preciado que nunca, de funcionamiento de una democracia liberal, de contrapeso de poderes. Pero si no entendemos que este puede ser nuestro momento y nos dejamos llevar por la inercia, se puede convertir en un momento perdido. Además de la Europa social, empezaría por la cuestión moral. Ahora que se habla tanto de rearme, creo que el principal rearme que deberíamos abordar es el rearme moral. Para ser interlocutores, referentes, en un mundo tan fragmentado, tan multipolar -que no es lo mismo que multilateral-, que nos obilgará a relaciones, transacciones y diálogos con actores muy distintos en distintas partes del planeta, hemos de ser un referente que sea coherente con sus valores, y no lo somos.
¿Se refiere a las guerras en Ucrania y en Gaza?
Seguimos utilizando el doble rasero de una manera incomprensible, injustificable, intolerable. No puede ser que miremos hacia otro lado en África, en Oriente Medio, en lo que queda de Gaza y en Cisjordania, y que hagamos lo contrario en otras partes.
La amenaza trumpista también apela a la conciencia de Europa, ¿no?
Trump es un gran acelerador de lo que ocurre en el mundo, de procesos que vienen de atrás. Es el síntoma. Si utilizamos este momento, si lo entendemos bien, se puede avanzar. ¿Cuáles podrían ser las líneas de acción? Por ejemplo, superar el discurso del miedo. No es buena estrategia insistir en el discurso del miedo. Los ciudadanos se replegarán más, y ese es un mal camino. Hay que ir por la senda del discurso de la esperanza y las seguridades, en primer lugar. En segundo lugar, hay que imaginar un mundo poseuropeo y deberíamos estar trabajando ya en cómo estableceremos relaciones con la Rusia de después de Putin, cómo serán las relaciones con Estados Unidos después de Trump, cómo han de ser nuestras relaciones con la India, con China, cómo formalizamos y profundizamos relaciones con otras regiones del Sur Global. Tercera idea: quiénes son nuestros adversarios. Hay que definirlos bien y no tener miedo a afrontar esta cuestión. Me refiero a adversarios externos y adversarios internos. No sabría decir ahora cuáles pesan más para poner en peligro el futuro del proyecto político europeo, porque se ha introducido un cabalo de Troya en el seno de la Unión Europea que va creciendo.
Supongo que se refiere a la extrema derecha.
Toda la extrema derecha, coordinada, organizada, con un referente político global que está en la Casa Blanca. Frente a esto, hay que abordar las reformas y hay que hacerlo con claridad. Si hay que reformar los mecanismo de toma de decisiones, debe hacerse. No puede ser que un país pequeño altere, modifique o condicione el conjunto de la agenda europea.
¿No haría falta para eso un liderazgo como los que tuvo en otros momentos la Unión Europea?
Es el problema del motor al que aludía antes. Será difícil construir nuevos liderazgos en la Europa actual, pero sigo confiando mucho en nuestro modelo de gobernanza. Hay que abordar las cuestiones y explicarlas bien. La ciudadanía comprende las cosas mejor de lo que algunos actores políticos creen. Estamos en un punto en el que la Unión Europa ha abandonado la adolescencia y debe convertirse en mayor de edad. Este es el momento. Nos han cerrado de repente el paraguas de la defensa, que habíamos dejado en manos de Estados Unidos. Han cerrado de repente el paraguas de la energía, que cortamos o nos dijeron que cortáramos, o se nos obligó cortar, o se interrumpió, en la segunda fase de la guerra en Ucrania. Al mismo tiempo, tenemos el problema de la desindustrialización, que se sincroniza con la globalización. Se ha alterado el modelo y hemos de revisarlo. No me sirve que se nos diga ahora que tenemos que rearmarnos militarmente, sin más explicaciones. Entiendo que se trata de un discurso que en la Europa del Este tenga más recorrido que en la Europa occidental.
Debido a la amenaza que representa Rusia.
Por razones históricas. Pero creo que no es un discurso consistente para el conjunto de un territorio que integra a casi 500 millones de personas. Necesitamos seguridades y esperanza. No me sirve que se me diga que he de tener un kit en mi casa ante una eventual amenaza armada. ¡Me parece tan alejado de un discurso consistente para unas mayorías sociales! Solo alimenta el miedo. Y el miedo actúa en sociedades que se han visto golpeadas por la desindustrialización, por los efectos negativos de la globalización, que en muchas partes del mundo ha sido muy positiva pero en regiones de Estados Unidos y de Europa ha fracturado las sociedades, ha desgarrado el centro, ha desplazado hacia abajo a capas sociales completas, generando malestar y descontento. Y esos procesos solo se corrigen ofreciendo seguridades, protección y esperanza. Trump es la consecuencia de esos territorios que han perdido, dado que la globalización ha tenido ganadores y perdedores, y los populismos europeos, en gran medida, también lo son. Decía Anton Costas, en un artículo memorable, que los perdedores votan patriotismo. Ahí lo tenemos. El tercer grupo del Parlamento Europeo es el de Patriotas y las perspectivas de apoyo electoral de opciones radicales y de la extrema derecha que son contrarias al proyecto europeo no descienden, ni siquiera con la presidencia de Trump en Estados Unidos. El malestar prevalece. El malestar, el corto plazo y la inseguridad individual prevalecen sobre horizontes a medio plazo.
Todo lo que ocurra en ese ámbito en el futuro dependerá de lo que ocurra al otro lado del Atlántico con Trump. ¿Cree que podrá domar Estados Unidos lo que constituye un asalto a su funcionamiento democrático?
La palabra es asalto, en efecto. Tengo en mi escritorio dos fotos. Una es del asalto al Capitolio, en la que un hombre que participó en él, fue a la cárcel y ha sido indultado naturalmente por el presidente Trump junto a varios centenares más, aparece sentado con los pies sobre la mesa de la portavoz demócrata Nancy Pelosi. La otra es del despacho oval, con Elon Musk, Trump y un hijo pequeño de Musk. Y siempre pienso que la persona más madura de esa segunda instantánea es el niño. Sin embargo, la llegada de esas nuevas fuerzas antisistema lleva una hoja de ruta detrás traducida en mil páginas en el Proyecto 2025 de la Heritage Foundation. Si los lectores quieren conocer esa hoja de ruta, que vayan a ese documento larguísimo, donde está todo. Es un ataque completo a lo que había, una patada al tablero. Este asalto a la democracia, a las instituciones, al Estado de derecho, a las reglas, no sabemos cómo va a evolucionar. No me gusta mucho hablar del futuro. Sabemos lo que está ocurriendo ahora. Afortunadamente, todavía queda un requicio de esperanza, que es la reacción de la población. No sabemos qué ocurrirá dentro de un año y medio ni dentro de tres y medio, en las elecciones de medio mandato y en las presidenciales. Lo único que sabemos es que en este momento Trump es absolutamente disruptivo. Se ha producido una especie de tsunami global en Estados Unidos que está afectando al conjunto del planeta. Es tan imprevisible, tan errático, tan pueril el modelo que encarna Trump como presidente que no sabemos cómo evolucionará. De todas maneras, lo que sabemos nos emplaza como europeos a tomar cartas en el asunto y saber que estamos tal vez en el momento más difícil desde la segunda Guerra Mundial, en nuestra fase de mayor debilidad, y le tenenos que dar la vuelta.
¿En qué fortalezas puede apoyarse la reacción europea frente a la amenaza que representa Trump?
Somos un territorio de 500 millones de habitantes, uno de los que tienen mayor nivel de riqueza y de renta del planeta, un enorme mercado común. Esos son nuestros puntos fuertes. Somos un Estado de Derecho que funciona, con reglas que funcionan. Por eso la Unión Europea molesta tanto a nuestro antiguo socio del otro lado del Atlántico. Pero hemos perdido autoridad moral, capacidad de interlocución con muchas partes del mundo. Francia ha sido expulsada de países africanos...
Es una herencia del colonialismo.
Y del doble rasero, que seguimos practicando. Pero tenemos muchos puntos fuertes y por eso he dicho que puede ser el actual el momento de Europa. ¿Lo puede liderar la presidenta de la Comisión? No. ¿El presidente del Consejo? Está la cuestión de los liderazgos. Sin embargo, cuando Trump mostró aquella tabla en la Casa Blanca para anunciar el aumento de los aranceles, situaba a China en primer lugar y, en segundo lugar, a la Unión Europea. No me pasó inadvertido porque es un punto de una fortaleza enorme. Podría haber puesto Alemania, Francia, España... Y no. Tuvo que poner Unión Europea. Ese es nuestro punto fuerte. La unión es nuestra mayor fiuerza. Cuando vi que ponía Unión Europea, pensé: este es el camino. Lo que no debemos hacer es devaluarlo. El sueño dorado de nuestro antiguo socio americano hubiera sido negociar por separado con cada uno. También China ha intentado entrar por la puerta de atrás de cada país para buscar ventajas competitivas. Mientras nos mantengamos unidos preservaremos nuestra mayor fortaleza. El asalto disruptivo que representa Trump refuerza el sentimiento sobre la importancia de la unión. Ahora nos falta una hoja de ruta más clara.
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