Gabilondo como síntoma

Es cierto que el paso del tiempo es imparable y reconocerlo es un signo de inteligencia. Resistirse a sus consecuencias crea personajes patéticos. Sin embargo, la renuncia de Iñaki Gabilondo ante el panorama político y mediático suena a rendición, a boxeador que arroja la toalla; en definitiva, es un síntoma preocupante y doloroso. Abandona su columna diaria sobre la actualidad política y lo justifica aludiendo a su edad y al hartazgo que le produce el panorama político actual. Argumenta, con su peculiar estilo, que «para sumarse al día a día de una lucha partidista tan encarnizada hace falta unas fuerzas que yo ya no tengo y una fe que flaquea. No quiero ser el cenizo pesimista de las 8:30». No sé, Iñaki, si es cuestión de fuerzas o de tragaderas; de fe o de capacidad de resistencia. El pesimismo con frecuencia es resultado de la inteligencia.

Me temo que la retirada de Gabilondo tiene algo que ver con la deriva de nuestra sociedad, sus referentes y sus valores (o falta de ellos). Cuando la cultura es industria y espectáculo; cuando la acción política y el discurso parlamentario se orientan al impacto mediático dirigido desde la publicidad, el marketing y la propaganda, y el éxito se mide con los datos estadísticos de las encuestas, cuando los ídolos se fabrican y se destruyen, entonces no queda espacio para la reflexión serena.

Lo malo es que el púgil retirado no deja un espacio para otro púgil más joven, aunque muchos sueñen con ocupar su lugar. La vorágine hace que los referentes se acaben. La pérdida de referentes es otra lacra de nuestra sociedad, más terrible que la caída de la bolsa. En el mejor de los casos, son sustituidos por otros mejor adaptados. Ese espacio de libertad personal y reconocimiento intelectual es devorado por las estrategias de comunicación y creación de opinión, incluyendo la fabricación de ideas, verdades, líderes y estados de ánimo. Bien pensado, hablo del triunfo de la banalidad fabricada. Las estrategias de manipulación se perfeccionan como un arte y por eso el cansancio y la dimisión de Gabilondo -respetable y merecida- son una mala noticia para la libertad del intelectual y su función social, si es que la tiene.  

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