‘Song Sung Blue’, una celebración del poder redentor de la música tan convencional como irresistible
El año cinematográfico empezó en España con agrupaciones de vecinos alternando la música folclórica propia de Galicia con versiones libres de Avicii y Coldplay. Lo veíamos en Rondallas, y su director Daniel Sánchez Arévalo sabía muy bien lo que hacía. Con ese trasvase de lo tradicional a la radiofórmula masiva no estaba banalizando (no del todo) el lecho cultural de las rondallas de Pontevedra, sino invocando un sano mestizaje con el que todo el mundo pudiera estar familiarizado. Es el mestizaje de las listas de reproducción para las fiestas, de las recopilaciones irreflexivas para amenizar un trayecto en coche, o del repertorio de las verbenas. Donde, tan pronto como toca un pasodoble, la orquesta puede arrancarse con Salir, beber de Extremoduro.
Nos gusta vivir la cultura así. No aceptamos —o no deberíamos aceptar si no queremos quedar en ridículo— que existan fronteras entre lo que nos gusta, en la medida en que cuanto más se difuminan estas, mayor comunicación y euforia intercambiaremos con quienes nos rodean. Más grande será la celebración, más nos reconoceremos en el otro y menos nos definiremos por un 'yo' aislado. Hubo un ejemplo ilustrativo de tantos en cierto concierto de Pearl Jam allá por 1995. Por entonces la banda estadounidense estaba en la cresta del grunge. Sus guitarras ruidosas y pesadas canalizaban una rabia juvenil muy concreta, y, sin embargo, a su líder, Eddie Vedder, no se le había ocurrido otra cosa aquel día que colocar de teloneros a una banda tributo de Neil Diamond.
Se trataba de dos músicos, pareja en la vida real, que respondían al nombre de Lightning & Thunder, y que bien podrían ser considerados unos frikis. Frente a esas masas enfervorecidas, que acababan de quedar traumatizadas por el suicidio de Kurt Cobain, Lightning & Thunder interpretaban una música que había sido creada para sus padres… pero que a ellos les podía gustar también. Y les gustaba. Cómo no, si Neil Diamond nunca ha dejado de ser uno de los cantautores más hábiles y celebrados de la música popular. El “pa pa pa” del estribillo de Sweet Caroline es tan capaz de mover los coros de todo tipo de público como los “oooohs” finales del Viva la vida de Coldplay.
No se le pueden poner puertas a la fiesta, en resumen. Y lo mejor que se puede decir de Song Sung Blue (que llega a España con el subtítulo oportunamente cursi Canción para dos) es que lo sabe. Esta película cuenta la historia de esos dos frikis que se pusieron a versionar a Neil Diamond en plena era grunge, convencidos de que ese era su lugar, y de que todos lo celebrarían.
Conozcan a Mike y Claire
El concierto de Pearl Jam aparece en Song Sung Blue, por supuesto. La película entiende que esto fue una suerte de cima para la trayectoria de Mike y Claire Sardina —tal era la verdadera identidad de Lightning & Thunder—, y la secuencia está concebida como tal. Sin embargo, quizá sean más ilustrativos de las intenciones del filme los momentos en que Mike, con su guitarra, se propone amenizar sus veladas de Alcohólicos Anónimos interpretando la susodicha Song Sung Blue. Una canción de Diamond caracterizada por su melancolía, por la intersección justa de tristeza y alegría que persigue la película. Que persigue, en realidad, cualquier feel good movie que se precie.
Song Sung Blue quiere ser una feel good movie categórica, en el sentido de poder acompasar los sentimientos del público en función a una experiencia rigurosamente agradable y emocionante. Cuando Jackman interpreta Song Sung Blue lo hace para sus compañeros alcohólicos, para animarlos a salir adelante y animarse él mismo de paso. Quiere construir momentos comunitarios, donde las dificultades presentes son sublimadas por una alegría evasiva en la que también hay mucho de nostalgia. Dentro del cine tiene con qué compararse. La secuencia más recordada de Beautiful Girls, también en los 90, encontraba a varios amigos borrachos en un bar volviendo a gritar los “pa pa pa” de Sweet Caroline frente al piano.
Aun así, Song Sung Blue no responde inmediatamente a la historia de Lightning & Thunder, cuya fama al fin y al cabo apenas pasó de unos cuantos conciertos y de telonear a Pearl Jam. Antes, en 2008, Greg Kohs había estrenado un documental previo titulado Song Sung Blue, dedicado a narrar las vivencias de Mike y Claire Sardina. Lo hizo poco después de que Mike falleciera de un infarto —pese a no haber vuelto a incurrir nunca en su alcoholismo—, y pareciera el momento propicio para recopilar todo lo que de hermoso y estrambótico hubiera habido en su relación con Claire.
Mike y Claire se habían conocido a finales de los 80, siendo Mike un músico que adoraba a Neil Diamond y no terminaba de despegar, y siendo Claire otra música que acostumbraba a imitar a Patsy Cline en espectáculos baratos. Enamorados al instante, formaron una banda tributo al cantautor —él como cantante y guitarrista, ella como teclista— y atravesaron una serie de dificultades que el documental de Greg Kohs retrataba con el melodramatismo esperable. La banda (la pareja) vivió un antes y un después cuando Claire fue atropellada y perdió una pierna.
La historia que contaba el documental era demasiado jugosa y finalmente cayó en las manos apropiadas. Craig Brewer había combinado hasta entonces las propuestas musicales —Hustle & Flow dedicado al mundo del rap, el remake de Footloose— con su atención por vidas excéntricas que merecían saltar al cine, en tanto a esa Yo soy Dolemite que devolvió a Eddie Murphy al candelero en 2019. Así que era un cineasta tan bueno como cualquier otro para gestionar una historia que no quería engañar a nadie. Su único afán era celebrar la vida de dos buenas personas que habían compartido buena música con el público. Una música realmente buena.
“Good times never seemed so good”
Song Sung Blue no es una gran película, ni mucho menos. Es extremadamente previsible —casi se puede ir adivinando qué sucederá en cada próxima escena—, y las reflexiones que azuzan la trama se incrustan en un andamiaje psiquiátrico de lo más tedioso. Hay un empeño agotador en subrayar la lucha de los protagonistas en pos de sus sueños y su felicidad, mientras se sanciona un modelo ideológico que ya tenemos más que asimilado y que parece condición de posibilidad para las feel good movies. A Sánchez Arévalo también le pasaba, sin ir más lejos.
Paralelamente, la forma en que la música suele acompañar estas variaciones tonales no deja de provenir de una calculada plantilla: vamos a catarsis por actuación, como el molde de cualquier biopic musical. Aunque Song Sung Blue navegue por las vidas de gente que nunca llegó al estrellato —gente mayormente desconocida con la que no se puede tejer épica alguna en torno a la creación o el talento—, su estructura es la misma que si habláramos de un hipotético biopic de Neil Diamond dirigido por un Dexter Fletcher recién llegado de Bohemian Rhapsody y Rocketman.
La lectura más ingrata de su existencia es que se nutre de la sobredosis de biopics musicales que hoy día golpea Hollywood, tirando de las sobras a falta de que alguien haya podido considerar la vida de Diamond (retirado desde 2018 por sufrir Párkinson) como lo bastante interesante o peliculera. Lo que sucede, sin embargo, es que esta condición de Lightning & Thunder como meros altavoces, intermediarios discretos para la obra de un gran músico, le otorga a Song Sung Blue una fuerza inédita. Pues permite hablar de la música popular no en tanto a emanación de un genio creativo individual, sino como patrimonio de la humanidad.
Un patrimonio con el que cada cual se relaciona como quiere. Mike Sardina es un admirador extremo de Diamond y no deja de insistir en que tiene canciones mejores que Sweet Caroline, pese a que esa sea la que siempre le piden en los bolos. Una vez se involucra con Claire en el proyecto Lightning & Thunder, ambos quieren hablar de “experiencia Neil Diamond” en lugar de mera “banda tributo a Neil Diamond”, trabajando una compleja puesta en escena donde se atreven a darle preponderancia a los temas más ignotos. Sin tampoco olvidarse de Sweet Caroline. Obvio.
El amor por la música y por su transmisión a través de diversos métodos invade cada rincón de Song Sung Blue y le otorga una vitalidad particular, mucho más interesante que cuando Brewer se ve obligado a encadenar —con bastante solvencia, todo hay que decirlo— giros dramáticos impactantes. Apoyándose en la entrega de los intérpretes —Jackman y Hudson nunca han estado más encantadores—, Song Sung Blue logra ser todo lo grande que puede ser en cada secuencia consagrada a la celebración colectiva, a la verbena de pueblo.
El uso de la música de Diamond no solo en las actuaciones, sino también como acompañamiento de avatares íntimos —la conmovedora forma en que dos hermanastras aprenden a quererse—, pulen la efectividad de Song Sung Blue y la amplían a extremos desconocidos. Extremos que jamás alcanzaría la película por sí misma, con su andamiaje sobado y mil veces visto. Pero es que el pop es así. Nadie puede calcular lo que puede el pop.
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