ENTREVISTA

Los heavies de Gran Vía, sobre el homenaje que no será: “La placa la merece esa generación perdida por las drogas”

José y Emilio Alcázar, los heavies de la Gran Vía

Diego Casado


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Las conversaciones del Madrid de hoy discurren antes por lo digital de Twitter, Whatsapp o Telegram que por las calles, cafeterías y mentideros, como sucedía en otra época. Aunque no siempre. Hay personas a las que los mensajes les siguen llegando por otras vías más clásicas. A los Alcázar, por ejemplo, el aviso de que un grupo político había propuesto dedicarles una estatua les vino por la forma tradicional: los que les conocían fueron a contárselo al lugar donde han pasado las tardes de los últimos 17 años de su vida. Frente al número 25 de la Gran Vía.

Mi rollo es el rock: recorrido por el Madrid periférico que fue heavy en los ochenta

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“Nadie nos había dicho nada, luego la gente lo ha debido de leer y nos hemos enterado por el boca a boca, como no vemos la tele ni compramos el periódico...” se excusa Emilio Alcázar durante una charla con este periódico, al sol de una calurosa tarde de mayo en la Gran Vía. Aunque su actitud ante la vida es más del tipo contemplativo, el tema del posible reconocimiento a los heavies más conocidos de la ciudad parece haberles dado mucha conversación esta semana. Ellos dicen sentirse “muy honrados como madrileños” por la propuesta pero la rechazan porque no tienen “la vanidad de creer” que se la merecen y ven hasta “peligroso” considerarse más que otros.

“La placa se la tendrían que poner a la generación perdida por las drogas”, afirman al unísono para explicar que ellos están allí, en parte, como recuerdo de un grupo de gente roquero y muy reivindicativo, de unos 50 miembros, al que se llevó la heroína. “For Those About to Rock” sueltan parafraseando a AC/DC. “La mayoría de nuestra quinta murió por la droga, nosotros casi”, relatan con naturalidad poniendo como ejemplo el caso de su hermano, Eufrasio, que cayó a los 24 años por sobredosis.

Dicen que estuvieron “viviendo y sangrando” en los ochenta y los noventa madrileños. Eran los tiempos del Studio Rock, en los bajos de Argüelles y en la Malasaña más cañera, “cuando era la verdadera, ahora es Buenasaña”. Se ríen cuando les preguntas si ven encuentros musicales más actuales como Eurovisión y ahora creen que los actuales grupos no tienen actitud. Aunque admiten un gesto de modernidad porque desde hace poco tienen teléfono móvil: “Todavía no sabemos ni enviar un mensaje. No tenemos Whatsapp. Lo usamos para escuchar la música y llamar”.

Esta semana muchos madrileños llenaron las redes sociales de opiniones sobre si los heavies merecían o no un homenaje del pueblo de Madrid. También los partidos políticos, que expresaron sus opiniones durante el debate del pasado miércoles en el pleno del distrito Centro. La reacción del PSOE resume bien sus intervenciones: los socialistas se mostraron “desconcertados” por la propuesta y calificaron a los hermanos Alcázar de “dos personas que se han quedado ancladas en el espacio y en el tiempo de la Gran Vía”, a la vez que se preguntaba “qué habían aportado” a la ciudad para merecer el reconocimiento.

En las tardes de Gran Vía desde el año 2005

La historia de por qué acuden a este lugar todas las tardes es muy conocida entre los madrileños, aunque viene al caso recordarla: a esta altura de la avenida, frente al Edificio Telefónica, funcionó hasta el año 2005 la tienda de discos Madrid Rock. De la noche a la mañana, sus dueños cerraron, dejando sin empleo a sus muchos trabajadores y huérfanos a una legión de melómanos clientes, entre los que se encontraban los Alcázar. A diferencia del resto, ellos siguieron acudiendo al mismo sitio donde habían pasado tantas tardes y se quedaron junto a la puerta ya cerrada, apoyados en la valla.

El ritual lo fueron repitiendo una tarde tras otra, a la vez que iban convirtiéndose en parte del paisaje de una Gran Vía que cambiaba a su alrededor. En 2010 cerraba la última de sus históricas cafeterías, Zahara. El resto de comercios históricos se mudaban o vendían sus instalaciones para ser sustituidos por marcas de ropa, hoteles de lujo o la tienda del Real Madrid. Y en 2017 la valla en la que reposaban desaparecía con el ensanche de aceras de Carmena. El mundo cambiaba a su alrededor y su presencia perpetua los convertía en un símbolo de resiliencia.

“La tienda de Madrid Rock le daba un aspecto muy londinense a esta calle, parecía Picadilly Circus, con muchos sitios alrededor de vinilos de segunda mano y locales de tatoos”, aseguran mientras intentan rememorar cuándo fue la primera vez que se perdieron entre sus discos, buscando heavy, pero también música medieval y del renacimiento, que aseguran es su favorita. “La primera persona a la que conocimos en la tienda fue la que llevaba la sección de música clásica”, recuerdan estos autodefinidos como juglares urbanos.

La gente se piensa que venimos aquí a tomar el sol y a que nos hagan fotos, pero ese no es nuestro propósito

Durante la charla, los Alcázar critican la transformación del centro con “locales inmensos que son la nada” o la decadencia de la sociedad mientras intentan explicar el sentido más profundo que tiene su presencia en la Gran Vía. “La gente se piensa que venimos aquí a tomar el sol y a que nos hagan fotos, pero ese no es nuestro propósito”, aseguran antes de desarrollar un discurso que parece trabajado durante años. “Estamos para defender la cultura y lo que levanta al ser humano, especialmente el rock 'n' roll. Eso es la piedra angular de lo que hacemos aquí”, explica Emilio. “Degeneramos como sociedad si cambiamos cultura por materialismo”, puntualiza.

En este momento, la conversación llega a un punto incluso espiritual. “Nos dedicamos a cultivar nuestra consciencia superior, ayudando a los demás también a comprenderlo y a que aprendan que tienen la esencia del universo dentro de ellos”, sentencia José Alcázar. “Cuando te conoces a ti mismo, conoces tu verdadera humanidad y la dimensión de tu alma”, le añade su hermano. “Aquí parece que estás rodeado de gente, pero te das cuenta de que en realidad te encuentras muy solo, es la paradoja de la gran ciudad”, filosofan.

A sus tachuelas en las chupas, sus melenas y su acento chulapo (nacieron en Chamberí) se le ha unido en los últimos tiempos un cartel en apoyo al pueblo ucraniano. “Es la última consecuencia del olvido del espíritu”, lamenta José entre críticas a Putin, a las dictaduras y a los políticos que separan en lugar de unir. “Lo que queremos es un mundo sin guerras, sin odios y sin mierdas”, le apostilla su hermano.

Durante la charla, muchos se quedan mirándoles al pasar. Otros les reclaman hacerse una foto. Ellos posan y les piden a cambio la voluntad. Con o sin placa, parece que los Alcázar seguirán un tiempo más en la Gran Vía, charlando con quien se les cruce. Aunque a veces cueste. “Ahora en verano es muy bonito. Lo difícil es en invierno, cuando aquí no hay ni dios”, admiten.

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