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Aprender del 'caso Maroto'

La sustitución de Javier Maroto como alcalde de Vitoria-Gasteiz puede ser objeto de muy diversos análisis y valoraciones. Hay quienes la cuestionan, quienes la rechazan y quienes la aplauden. Yo me encuentre entre estos últimos, por razones que ya he expuesto tanto en este medio como en otros. Su poco creíble intento de recomponer su discurso presentando un “compromiso ético” como respuesta al gesto demandado por el PNV para garantizarse la reelección es la mejor demostración de que Maroto había salido de las elecciones absolutamente quemado y en una evidente situación de debilidad política.

Pero la sustitución de Javier Maroto al frente del consistorio gazteiztarra no es más que el primer paso -el menos agradable- de lo que debe ser un proceso acordado y explícito de recomposición, en unas condiciones socioculturales y económicas distintas, del gran acuerdo por la solidaridad, la inclusión y la integración social formulado en 1989, tan relevante para la construcción de la Euskadi moderna.

Y lo cierto es que ese primer paso a punto ha estado de fracasar por la desafortunada decisión del PSE de no apoyar a Gorka Urtaran en protesta por el incumplimiento del PNV de apoyar a los socialistas en Andoain. ¿Y por qué no, en lugar de en Vitoria, haber votado en blanco en Bilbao, en Durango, en Oion, o en cualquiera de los muchos ayuntamientos en los que el acuerdo PNV-PSE ha funcionado como un bien engrasado reloj? Pues no, en Vitoria tenía que ser. Alguien en la dirección del socialismo vasco no se ha enterado de qué va lo del 'caso Maroto'. La decisión de sumar votos en Vitoria para sustituir a Maroto debía ser una opción extraordinaria de carácter normativo, no meramente táctico; utilizar la plaza vitoriana para representar una rabieta política resulta particularmente errado y pone de manifiesto una cortedad de miras que asusta. Por lo que conozco al cabeza de lista del PSE en Vitoria-Gasteiz, pienso que esta decisión le habrá supuesto un enorme disgusto.

El consistorio presidido por Gorka Urtaran se legitimará en la medida en que sea capaz de convertirse en un referente a la hora de abordar la cuestión de la convivencia en la diversidad y de la incorporación plena de las personas inmigrantes en la ciudad de Vitoria

Finalmente el camino se ha iniciado, pero ahora debe orientarse. El nuevo consistorio se justificará por sus políticas: por las generales o normales en cualquier municipio, buscando resolver los problemas de las vecinas y vecinos en los ámbitos del empleo, la educación, la vivienda, la cultura, el medio ambiente, etc.; pero también, y sobre todo, el consistorio presidido por Gorka Urtaran se legitimará en la medida en que sea capaz de convertirse en un referente a la hora de abordar la cuestión de la convivencia en la diversidad y de la incorporación plena de las personas inmigrantes en la ciudad de Vitoria. Y en este camino, creo que el nuevo alcalde dispone de un instrumento aún por desarrollar, pero que ya ha demostrado su capacidad para concitar acuerdos transversales y para animar diversas actuaciones en varios municipios vascos: todo el trabajo realizado desde hace ya cinco años para impulsar un Pacto Social por la inmigración y la diversidad en Euskadi.   

Iniciado durante el gobierno presidido por Patxi López, recuperado e impulsado de nuevo por el actual gobierno de Iñigo Urkullu, apoyado de manera expresa por las principales organizaciones sociales que trabajan en el ámbito de la inmigración, aplicado en mayor o menor medida por varios municipios… Desde un planteamiento más pedagógico que aplicado, más performativo que propositivo, lo que se buscaba era consensuar un marco de diálogo y entendimiento, un acuerdo que trace las líneas rojas que nos comprometemos a respetar cuando abordemos, cada cual en el ámbito de su responsabilidad y de su actividad, el fenómeno de la inmigración. De lo que se trataría es de alcanzar un gran acuerdo, institucional y social, para abordar como sociedad la cuestión de las nuevas diversidades y toda la complejidad que añaden a la gestión política de nuestra ya muy compleja y diversa sociedad vasca.

Vitoria-Gasteiz puede y debe ser la ciudad en la que un acuerdo de ese tipo se haga realidad. Y desde ahí empujar, junto con otras localidades que ya han dado pasos en este sentido, al conjunto de nuestra sociedad, de manera que 'el caso Maroto' pueda ser recordado como la última ocasión en la que, desprovistos de un marco adecuado para hacerlo, no supimos como encauzar un debate que jamás debía haber transcurrido en los términos en los que lo hizo.

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