¿Qué fue de los votantes de centro?
El electorado moderado es el más codiciado por los partidos políticos. La fuerza política más votada es también la favorita entre los votantes de centro. Son los electores de centro los que deciden las elecciones en España. ¿Les resulta extraño? Se trata de afirmaciones que se hacían habitualmente antes de 2015 cuando la política nacional era bipartidista, y se daba por hecho que el partido que ganaba unas elecciones generales, aun sin mayoría absoluta, era el que gobernaría después. Los votantes que se consideraban decisivos por la fluctuación de su voto entre el PSOE y el PP eran los que, al ser encuestados, se ubicaban en la posición 5 de una escala ideológica imaginaria de 1 a 10, donde 1 significa “lo más a la izquierda” y 10, “lo más a la derecha”.
Con la irrupción de los nuevos partidos, y al calor de las nuevas tendencias políticas globales surgidas tras la crisis financiera de 2008, todo cambió y poco a poco lo que parecían certezas y evidencias incuestionables del comportamiento electoral desde la consolidación de la democracia en España fueron evaporándose. No hizo falta cambiar ninguna pieza del sistema electoral, incluida la conocida como ley o método D’Hondt, para que nuevos partidos disputaran de forma competitiva la tradicional hegemonía social al PP y al PSOE. La excepción española en lo que al auge de la extrema derecha se refiere se esfumó a finales de 2019 cuando Vox se convirtió en la tercera fuerza parlamentaria a nivel nacional. Ni siquiera la premisa de que los jóvenes son siempre menos conservadores y se sitúan más a la izquierda que sus padres o que lo reaccionario ha de entenderse, por definición, como lo contrario de innovador han podido resistir el paso del tiempo.
¿Y qué ha ocurrido con los votantes de centro? Primero fue el nuevo contexto de política multipartidista el que hizo que se fuera perdiendo interés político y mediático en ellos como un segmento electoral clave. Una pérdida de interés que se acentuó con el hundimiento electoral de Ciudadanos y la disolución de UPyD, como las dos formaciones políticas que se autodefinían como centristas.
Después llegó el fenómeno de la polarización. En 2023 la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) eligió polarización como palabra del año. Quedaba constatado (ya) que el término tenía una elevada presencia en los medios de comunicación. Y su uso estaba muy extendido para “aludir a situaciones en las que hay dos opiniones o actividades muy definidas y distanciadas (en referencia a los polos), en ocasiones con las ideas implícitas de crispación y confrontación”. Desde entonces la polarización no solo no ha perdido ni un ápice de actualidad para definir el clima político, sino que se ha extendido a más esferas, impactando en la vida cotidiana de los ciudadanos (como quedó patente en el anuncio de Campofrío de las pasadas Navidades en el que, desde la ironía y el sentido del humor, se abordaba el impacto de la polarización social).
En el ámbito electoral parece claro que, ante una política de bloques, de posiciones enfrentadas y de posturas irreconciliables, lo que importa es en cuál de los polos se colocan los votantes o qué bando eligen. Cuanto mayor es el grado de polarización, menos importantes parecen para los partidos los electores que sienten menor lealtad partidista, dudan más a la hora de posicionarse ante los diferentes temas y pueden cambiar fácilmente de voto de unos comicios a otros.
Pero precisamente en un contexto de polarización máxima, cuando han quedado relegados a un segundo plano y carecen de una oferta electoral dirigida específicamente a ellos, es cuando resulta de mayor interés volver a poner el foco sobre ellos, los otrora codiciados votantes de centro. ¿Cuántos son ahora?; ¿Qué opciones se plantean a la hora de votar?; ¿Cómo han reaccionado a la polarización política? Para responder a estas preguntas, partimos de dos supuestos basados en el estudio “El significado y contenido del centro ideológico en España”, realizado en 2011 por Mariano Torcal, catedrático de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra. Por un lado, que los electores que se posicionan en el 5 de la escala ideológica (1 derecha-10 izquierda) son los que, en función de sus preferencias políticas y electorales, pueden ser considerados votantes de centro en sentido estricto (a diferencia de los que se posicionan en la casilla 6, más escorados a la derecha). Por otro lado, que los electores que se posicionan en el centro no lo hacen por falta de conocimiento de los conceptos de izquierda y derecha.
A partir de los datos del último barómetro (enero 2026) publicado por el CIS, así como de barómetros de años anteriores, se pueden obtener tres conclusiones. La primera es que los electores más numerosos, por posicionamiento ideológico, siguen siendo hoy los de centro. Son más de una quinta parte del electorado. La polarización no parece, o al menos no de momento, traducirse en una disminución del grueso de estos votantes. El 22% de los electores (más de 8 millones) se autoubican en la posición 5 de la escala ideológica. Este porcentaje apenas ha cambiado en los últimos doce años (21% en 2014). En contraposición, ha disminuido drásticamente el porcentaje de electores que no se posicionan en la escala ideológica. Si en enero de 2014 un 10,4% de los encuestados respondía con un “no sabe” y otro 8,7% prefería no contestar cuando se le preguntaba por su ubicación ideológica, en enero de 2026 esos porcentajes son respectivamente del 1,8% y 3,2%. Una caída que a su vez contrasta con un incremento del número de electores que ahora se posicionan tanto en la parte que está más a la izquierda (de un 3% en enero de 2014 a 14% en enero de 2026) de la escala ideológica, como en la que está más a la derecha (de un exiguo 0,6% a un 8,6% en doce años).
La segunda conclusión es que entre los que se posicionan en la escala ideológica, siguen siendo los votantes de centro los más indecisos. Por otra parte, la polarización tampoco parece redundar en una mayor inclinación hacia la abstención potencial de estos votantes. Ahora, casi un 24% de ellos declara que en el caso de que se celebraran unas elecciones generales, no sabría por qué opción electoral decantarse, mientras un 9% optaría por no votar. En enero de 2014, en un contexto de elevado malestar social y político, un 28% de los votantes de centro se decantaba por la abstención y otro 28% se mostraba indeciso ante unos hipotéticos comicios generales.
La tercera y última conclusión es que Vox parece estar empezando (también) a tener tirón entre los votantes de centro. Si en diciembre pasado un 8,2% de ellos declaraba su intención de votar a este partido en el caso de que se celebraran elecciones generales, en el mes de enero ese porcentaje era casi el doble (15,9%).
Vox se colocaría ahora, por delante del PSOE y a poca distancia del PP, como el segundo partido al que potencialmente votarían más estos electores. Pero ¿cómo explicar que votantes que, aparentemente, huyen de los extremismos puedan decantarse por Vox como un partido, que más allá de las etiquetas ideológicas, hace gala de un discurso radical y agresivo? La clave puede estar en el malestar político que de forma eficaz agita y capitaliza ahora Vox, como el nuevo partido de moda atrapa-descontentos frente a los dos grandes partidos.
Tradicionalmente los votantes de centro se han caracterizado por percibir los problemas de índole política (escándalos, corrupción, falta de ejemplaridad, crispación, etc.) de forma más negativa, así como por presentar un mayor nivel de insatisfacción política. En este sentido, resulta relevante que en las once encuestas hechas por el CIS en 2025, solo en una ocasión Vox adelantara al PSOE como el segundo partido al que potencialmente votarían más estos votantes. Fue en el mes de julio, en pleno estallido del caso Cerdán.
Asimismo, también puede estar influyendo en este electorado el conocido como “efecto electoral arrastre” o caballo ganador en el sentido de que, ante el creciente auge de Vox, algunos se sientan atraídos por dar su voto al que parece el nuevo partido de éxito.
En todo caso, resultará de gran interés ver la evolución de las preferencias de voto de estos electores en los próximos meses. Ellos pueden ser un buen termómetro de la capacidad que pueda tener Vox para avanzar transversalmente como un partido que capta, por diferentes motivos, el descontento político actual. Si algo hemos aprendido en la última década de política multipartidista en España es que, más allá de su posicionamiento ideológico, los nuevos partidos nacen, se reinventan y desaparecen en función de su capacidad de captar, en cada momento, el cronificado malestar político de la sociedad española. De cara a las próximas elecciones generales los votos hacia Vox se pueden convertir, además, en las nuevas piedras de papel.
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