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Crónica

Gobierno y partidos convierten los disturbios tras la sentencia del procés en munición electoral para el 10N

Sánchez busca un baño de institucionalidad en su convocatoria a los líderes políticos y no descarta actuar frente a la algarada mientras Casado regresa a su registro duro 

La derecha exige la aplicación ya de un 155 y el presidente responde con un comité de seguimiento y modulación en la respuesta 

Iglesias cree que no habrá medidas extraordinarias tras una cita con el presidente en la que hablaron del Brexit, Franco y las encuestas

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Casado pide a Sánchez enviar un requerimiento a Torra como paso previo al 155

Casado pide a Sánchez enviar un requerimiento a Torra como paso previo al 155 EFE

Las encuestas mandan. Entre las luces cortas y la mirada larga, el Gobierno eligió las primeras. Cataluña como tentación estratégica para que el electorado corone a Pedro Sánchez adalid de la estabilidad en medio de una algarada independentista. En los sondeos publicados no hay aún señales de la "mayoría cautelosa" en la que confiaban los asesores de La Moncloa para que el presidente en funciones llevase al PSOE el 10N más allá de los 140 escaños. Todo lo contrario. La tendencia es a la baja y al alza para los populares de Casado, lo que significa que de la hemorragia de Rivera no se beneficia Sánchez. El RH de sus votantes de abril no parece compatible para la transfusión que esperaban los socialistas en medio de una espiral de tensión cuando se conociera la sentencia del procés. En las competiciones de españolismo y anti independentismo siempre ha ganado la derecha. Pero no descarten que el presidente en funciones trate ahora de ganar tiempo y más tarde, si lo estima necesario, se vista un traje de comandante y eche mano de los recursos legales a su alcance. ¿Y qué dice Felipe VI? Ni está ni se le espera. En Zarzuela aún arrastran la pena y las consecuencias de aquél discurso del 3 de octubre de 2017 tan laureado por la derecha política y mediática y tan denostado en la Cataluña social, fuera o no independentista. 

Sánchez, que fue por primera vez investido presidente del Gobierno con los votos del independentismo, cree ahora que puede convencer al electorado de un distanciamiento táctico y un claim de campaña que diga "Ahora, España". En un país tan acostumbrado a las trincheras, donde apenas caben los matices ni los grises, la moderación es equidistancia vergonzante y la sobreactuación, un pecado (laico) que no perdonan ni propios ni contrarios. El desconcierto en el cuerpo electoral con el PSOE es proporcional a la inquietud de La Moncloa por los datos de algunos sondeos que ya vaticinan un empate técnico entre populares y socialistas.

De ahí que tras los altercados de la noche del martes en Barcelona, el Gobierno pasara de decir que todo estaba "controlado" a emitir al filo de la medianoche un comunicado para elevar a "violencia generalizada" los disturbios de las manifestaciones en protesta por la sentencia del Supremo. No llegó a hablar del "terror en las calles", como Rivera al día siguiente, pero convocó de urgencia al resto de líderes políticos en La Moncloa y concluyó la jornada con una solemne declaración a la hora de los telediarios sobre la firmeza a desplegar por su Gobierno, que "no consentirá que la violencia se imponga a la convivencia". En una contundente declaración contra la "provocación de los extremistas", llamó a Torra a condenar la violencia y a "no esconder su fracaso ante columnas de humo". 

Hasta donde la memoria alcanza, un Gobierno en 2006 suspendió una cumbre mundial sobre vivienda en Barcelona porque temió por la seguridad de los líderes extranjeros; medio Govern tuvo que entrar en helicóptero al Parlament en 2011 mientras un grupo de exaltados increpaba y zarandeaba al resto de diputados en el parque de la Ciutadella y decenas de contenedores se han quemado en todas las huelgas generales, en las que, por cierto, también resultaron heridos policías que trataban de disolver los disturbios provocados.

Barcelona ha sido pasto otras veces de una minoría radical dispuesta a reventar cualquier protesta por cívica que fuera. Y, sin restar un gramo de gravedad a las últimas imágenes que ha visto medio mundo, la mayoría que protesta tras la condena a los líderes del procés es pacífica, y seguro que no toda está a favor de la independencia. Hay millones de catalanes que se desconectaron emocionalmente de España hace años. Y habrá alguno, incluso, que se haya sumado al apagón emocional tras las penas impuestas por el Supremo a Junqueras y el resto de líderes del procés. No simpatizar con la independencia no implica aplaudir condenas por sedición y malversación de hasta 13 años de cárcel. Y lo que no se atisba en el horizonte cercano ni lejano es un líder en el panorama nacional que piense en cómo recuperar afectos perdidos o en una solución política, más allá de las consecuencias penales que se deriven de actos que puedan ser constitutivos de delito. Hoy por hoy no hay más enfoque que el electoral, el táctico y el cortoplacista. 

Sólo así se explica, no sólo la cuestionada estrategia de Sánchez y su buscado baño de institucionalidad al convocar al resto de líderes y el anuncio de un comité de coordinación "preventivo", sino también que Casado haya sucumbido a la presión interna de sus halcones y recuperado el registro más duro contra el Gobierno después de haber virado a la moderación y el tono bajo durante los últimos meses. Otra sobreactuación más.

El presidente del PP estaba convencido, tras el contundente comunicado del Gobierno la noche anterior, que Sánchez iba a pedirle apoyo para aplicar la Ley de Seguridad Nacional, aunque ni de lejos se den los supuestos necesarios para ello. Si algo hubo fue coordinación entres las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y una actuación impecable de los Mossos. Y como no lo hizo, Casado desplegó todo un catálogo normativo con el que exige al Gobierno frenar ya la respuesta independentista: el requerimiento previo a la aplicación del 155, la Ley de Seguridad Nacional e incluso que la Fiscalía actúe contra Torra y Torrent  por "incitar al desorden público y la desobediencia". Lo que se tercie con tal de que el electorado no tenga duda de que si hay un partido de orden y firmeza frente a los independentistas es el PP, y no el PSOE, ni siquiera Ciudadanos. 

La sentencia, los disturbios y, sobre todo, la cercanía de las elecciones han acabado con el buenrrollismo entre los dirigentes de PP y PSOE. La Moncloa no esconde su malestar por el comportamiento de todos los líderes de la oposición, pero al PP en especial le recuerda que no estaríamos donde estamos si a Rajoy no le hubieran hecho un referéndum ilegal y si ante la investidura el PP hubiera "hecho su trabajo"  como hizo el PSOE en 2016. A Pablo Iglesias le reprochan que abogue por los indultos y acuse a Sánchez de usar la sentencia como "excusa" para pactar con el PP tras el 10N. Y, pese a ello, durante el encuentro entre el jefe de Gobierno y el líder de Podemos ambos intercambiaron impresiones sobre la situación en Cataluña, pero también sobre la evolución de las encuestas, el Brexit o la inminente exhumación de los restos de Franco. Buena prueba de que ni la relación es tan irreconducible como parecía después del desencuentro de la negociación para la investidura ni la preocupación por la inflamación en Cataluña era ya tanta. Iglesias y Sánchez siguieron juntos la comparecencia de Quim Torra, quien después de jalear la protesta y enviar a los Mossos a sofocarla, se sumó a las manifestaciones, pero no condenó la violencia. El Gobierno se lo había exigido unas cuantas veces durante la mañana y el presidente en su comparecencia nocturna.  No lo hizo él, pero sí su consejero de Interior, Miquel Buch que apoyó la actuación de los Mossos y llamó a aislar a los violentos. 

Para cuando Rivera, que fue el último en pasar por La Moncloa porque antes prefirió dar un mitin, salió a declarar su amor a Cataluña y hacerse unos selfies en el AVE, la inquietud del Gobierno, a pesar de que las protestas seguían siendo multitudinarias, y se sucedieron los altercados y la quema de contenedores, había descendido. El blindaje policial seguirá siendo máximo para evitar los altercados, si bien el líder de Ciudadanos seguía viendo un "tsunami de violencia", "calles ardiendo", "mucho miedo" y un 155 esperando a ser aplicado. 

Ya no hay tregua que valga porque las encuestas aprietan -a Rivera más que a nadie- y Cataluña, además de un problema político de envergadura en el que nadie piensa a largo plazo, es ahora munición electoral para el 10N. El 155, la cumbre de líderes, la combinación de la modulación y la firmeza... Todo está en el marco electoral ya. Y si la tormenta amainase, que sería lo deseable, llegará el siguiente capítulo de la campaña, la exhumación de Franco.

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