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El sexo después de que te diagnostiquen VIH: “Al principio sientes tu cuerpo contaminado”

La OMS registró en 2014 una cifra récord de casos de contagio por VIH en Europa

David Noriega

“Las primeras veces crees que se lo vas a transmitir a todo el mundo. Te ves a ti mismo como un bicho lleno de virus” y “todo son gatillazos, gatillazos y gatillazos”, explica Jesús García al ser preguntado por sus primeras relaciones sexuales tras ser diagnosticado con VIH, en 2008. El miedo a la transmisión, pero también al rechazo, son una tónica habitual en esos primeros encuentros. Ello, pese a que en los últimos años varios estudios han demostrado que los pacientes en tratamiento con carga viral indetectable no pueden transmitir el virus. Un mensaje que desde asociaciones y colectivos intentan hacer llegar a la sociedad para acabar con el miedo y el estigma.

“El estigma está tan interiorizado y es tan fuerte que, a veces, a la persona le cuesta mucho dar el paso, opta por no tener relaciones sexuales o, incluso, cuando se producen, tiene unas preocupaciones mentales increíbles y hay que darles apoyo psicológico”, explica el coordinador del grupo de VIH de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), miembro de la Coordinadora Estatal de VIH y Sida (CESIDA), Juan Diego Ramos.

Guillermo, que es educador social en Apoyo Positivo y fue diagnosticado en 2007, indica que “los primeros meses sientes tu cuerpo contaminado y te preguntas si vas a transmitir”. Por eso, aceptar el nuevo estado serológico y volver a disfrutar del sexo es un proceso gradual. “Primero comienzas a no tener asco a tus fluidos, incluso a la saliva cuando te cepillas los dientes -pese a que el VIH no se transmite por la saliva-, o del semen cuando te masturbas. Empiezas a obtener placer con tu cuerpo; luego conoces a otra persona; tal vez en los primeros encuentros no quieres enfrentarte al hecho de ver a esa persona en la intimidad; y cuando tienes los primeros encuentros con penetración ves el condón de una manera distinta, como si fuera para toda la vida porque si no será una tragedia”, señala. No obstante, indica también que “las personas con VIH tenemos una salud sexual complicada. No por el VIH, sino por el estigma y el estrés. Llega un momento en el que te cansas de decirlo y, en el colectivo gay, no es infrecuente que te pregunten. Estar expuesto genera un estrés”.

“Tener que contarlo o no”

Cuando a David Peyró le diagnosticaron el virus en 1996, tenía pareja estable. “En aquella época te daban una esperanza de vida de 5 a 10 años, por lo que el diagnóstico suponía un gran impacto. Te frenaba en el tema sexual, pero no sé si por el miedo o por el shock”, reconoce. Para él, el mayor problema apareció tras finalizar aquella relación. “Yo llevé muy mal tener relaciones con otras personas y tener que contarlo o no”, indica. “Cuando conoces a alguien piensas que igual no es la persona indicada y que, si se lo cuentas, puede acabar contándoselo a más gente o haciéndote daño. Cuando crees que es la persona indicada, te planteas que igual te reprocha no habérselo dicho antes. Te encuentras entre dos paredes que se van cerrando y, al final, tu vía de escape es echarlo de tu vida”, explica.

Peyró, que es educador de Pares, una iniciativa de acompañamiento y asesoramiento de CESIDA que en la Comunidad de Valencia realiza la prueba Avacos-H, indica que las personas “se sienten obligadas a decir su estado serológico, aunque realmente no tienen ninguna obligación”. “Nunca hemos sido responsables de la salud de los demás, pero sí de evitar situaciones de riesgo”, señala. “A veces se responsabiliza a las personas con VIH de que lo van transmitiendo, que no avisan. Eso es un estigma, pero mucha gente lo cree”, lamenta Guillermo.

Paloma indica que, tras su diagnóstico en 2014, le asaltaron dudas compartidas con el resto de personas consultadas: “¿Me querrá alguien? ¿Cómo se lo tengo que decir a mis próximas parejas sexuales? ¿Lo tengo que decir o no? ¿Quiero decirlo?”. “Parece que la responsabilidad recae siempre en la persona que tiene VIH, cuando yo he sido la que se ha hecho las pruebas y conozco mi estado”, explica antes de afirmar que “saber que la responsabilidad también es del otro me ha llevado a ser más fuerte”. Ahora, esta joven disfruta “mucho más del sexo”. “He pasado por algo difícil y traumático que me ha hecho crecer como persona” y “me siento mucho más consciente y leo sobre temas que antes ni se me pasaban por la cabeza”, señala. En ese sentido, defiende que “tampoco tienes que sentirte mal contigo mismo porque has tenido prácticas de riesgo o porque lo has hecho con mil personas en vez de con una”.

Carga indetectable

En 2008, la Comisión Federal del VIH/Sida de Suiza emitió un comunicado en el que afirmaba que las personas en terapia antirretroviral, con carga indetectable, no son sexualmente infecciosas. A raíz de ahí, comenzaron a realizarse una serie de estudios, conocidos como Partner, que, ya en 2016, habían acumulado cerca de 60.000 relaciones desprotegidas entre parejas serodiscordantes sin que se produjera transmisión. Esto hace que, con evidencia científica, la transmisión solo pueda producirse con las personas que no están en tratamiento. Con todo, Jesús, que es presidente de la asociación sevillana Adhara, considera que “hay que cambiar muchos esquemas mentales, porque por mucho que digas que no transmites, es complicado”.

“Hay personas que prefieren apartar a aquellas que tienen VIH. Esa estrategia para sentirse tranquilos conlleva que descuiden su salud sexual. Las transmisiones se dan con personas que desconocen su estado. Ponemos el foco en las personas diagnosticadas, cuando el riesgo está en las que lo tienen y no lo saben”, señala Guillermo. En España, estas serían un 18% del total de las 145.000 personas seropositivas, según datos de Sanidad. En el mundo, un estudio de Onusida revela que 9,4 millones de personas tienen VIH y no lo saben.

“Relaciones muy pobres”

Cuando a Pedro (nombre ficticio) le diagnosticaron VIH en 1985, ni siquiera había tratamiento. Estaba casado y, aunque empezaron a “tomar medidas inmediatamente”, el virus marcó su vida sexual para siempre. “Las relaciones fueron muy pobres y había mucho miedo por ambas partes”, explica. “Llegamos a tener relaciones sin preservativo, pero evitando siempre eyacular dentro. Tenía un interruptor constante que jamás se desconectó. Era como un coitus interruptus con el que estuvimos durante décadas. Yo veía que a ella no le gustaba”, indica para señalar que “tuvimos mucha suerte porque nunca se contagió” aunque “corrimos un riesgo importante”. Tras separarse, y después de una relación en la que su pareja tenía tanto “pánico que, incluso, necesitaba dos preservativos”, tomo la decisión de “no tener ningún contacto sexual con mujeres que no tuvieran VIH, entre otras cosas, por miedo al rechazo”.

“Tras el diagnóstico (en 1999), yo no quería ver a un hombre ni en pintura”, recuerda María (nombre ficticio). “Cuando te lo dicen, crees que te vas a morir al otro día, pero como no me morí… seguí viviendo. Empiezas a salir, a conocer gente y los hombres están ahí”, explica. En su caso, tardó cuatro años en tener una relación y se enfrentó a ella “con miedo”. “Yo quería decírselo antes de que la cosa fuese a más, pero lo pasé muy mal” y, pese a que “él no se lo tomó mal” e, incluso, quería “que conociera a su madre”, la falta de autoestima jugó en contra de la relación. “En aquel momento yo estaba muy mal y pensaba que no era lo mejor para él, que cualquier mujer podía ser mejor que yo y qué iba a pensar su madre”, indica.

“La autoestima es lo más importante”, afirma ahora, casi 20 años después, embarazada y tras pasar por relaciones en las que aceptaron su estado serológico y en las que no. “Cuando se lo conté a mi pareja actual estaba muy fuerte. Le dije que estaba bien, que no tenía ningún problema y que si él lo tenía, lo dejábamos”. Pero para llegar a ese punto de seguridad “necesitas tiempo. Después ves que hay muchos más problemas que te vienen en la vida y el VIH acaba siendo el último de ellos”, explica.

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