Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Una semana en la vida de una mujer feminista

Barbijaputa

Llevo tiempo dándole vueltas a la idea de escribir una serie de artículos destinados a aquellos que no consiguen empatizar con el feminismo. Pensando cómo podría conseguir un mayor entendimiento de quienes piensan que las feministas son una exageradas o que pelean por pelear. Así que se me ocurrió recoger en un cuaderno todos los machismos y micromachismos (cada día me gusta menos esta palabra, yo ya no veo nada micro en este tema) que encontrara a lo largo del día durante una semana. Pensé que quizás así, si leyeran cómo es una semana en la vida de una mujer vista con ojos feministas, les fuera más fácil ponerse en nuestros zapatos y reflexionar.

Vivir una semana con plena conciencia feminista es turbador. Porque por muy feminista que una sea, siempre sabe ponerse una venda en según qué circunstancias para camuflarse con su entorno y no desentonar. Simplemente no puedes ir a visitar a tu abuelo de 81 años y afearle comentarios machistas: primero porque no vas a reeducarlo y segundo porque no te va a entender. En momentos así, siempre hace una de tripas corazón y ya está. Esta semana, en la que no he podido hacerme la loca en ninguna ocasión y además he estado apuntando y describiéndolo todo en un cuaderno, ha dado como resultado unas ganas enormes de emigrar.

Es un ejercicio que os recomiendo hacer a todas las personas feministas: cómo las mujeres percibimos el machismo sobre nosotras y cómo los hombres feministas perciben sus privilegios de género. Si tenéis un blog, os animo a que compartáis el resultado en él.

El resultado de mi semana ha sido este:

LUNES

8.30

Voy tarde a una reunión, así que salgo sin desayunar de casa y me monto en el coche. Me encuentro un papel en el limpia. “¡Una multa!”, me digo, que es lo que siempre pienso cuando veo un papel pegado a mi coche.

[Ah, no, no es una multa, es solo otro flyer más de empresas dirigidas exclusivamente a hombres y sus penes en las que se usa como reclamo el cuerpo de mujeres desnudas]

Arranco y conduzco hasta el centro. Meto el coche en uno de esos parkings subterráneos en los que da igual cuánto tiempo lo dejes porque al final siempre te cobran una barbaridad sin sentido.

Salgo corriendo a la superficie, voy tardísimo y sin aliento, pero un señor mayor con un sombrero se topa conmigo y me sonríe. Yo le sonrío mientras le esquivo. El señor me sujeta un momento el brazo y me dice muy enérgico: “Qué cosa más bonita eres”. Y a mí, que se me ha quedado una deformación profesional galopante de cuando era azafata y sonrío hasta cuando me pisan, hago amago de sonrisa y me suelto de su garra de forma sutil.

Esta es una de esas ocasiones en que no vas a explicarle a un señor de 125 años que acaba de sexualizar a una extraña sin que ella se lo haya pedido y que además no lo ha ni disimulado. Tampoco le iba a explicar que además estoy en un momento tenso porque llego tarde a una reunión, acabo de subir corriendo las escaleras del parking y ya estoy sudando, y además son las 9 de la mañana y nada me apetece menos que esta conversación. En vez de todo eso, me despido amablemente y le adelanto para irme. Acto seguido, él da una calada a su puro y el viento me trae una bocanada de su humo, que me trago. Cierro los ojos e intento disimular mi cara de asco. Sigo andando, llego tarde, el parking me va a quitar el poco dinero que tengo en la cuenta, un señor me ha quitado las ganas de desayunar y, para colmo, me huele el pelo a puro.

9.15

Llego a la reunión. Es con un señor al que no conozco pero que dirige un medio y quiere que escriba para él. Aún no sé qué tipo de colaboración, pero soy toda oídos.

Me disculpo por los minutos de retraso, él me sonríe y me dice que me lo perdona por lo guapa que soy. Sonrío incómoda. Son las 9 de la mañana pero ya me bebería una copa. Pido un café.

Al salir de la reunión no quedamos en nada, me ha vendido su medio como lo último de lo último pero me ha soltado que al principio tendría que colaborar gratis hasta que cogieran fuerza y entonces ya sí que me pagaría. Estupendo, venir a escuchar esto me ha costado dos baboseos y el ticket escandaloso del parking. El señor del medio que es lo último de lo último se despide con dos besos pringosos en mi cara y una frase: “Ya tienes mi teléfono, podemos quedar para hablar de trabajo o de lo que sea”. De lo que sea, dice. Sonríe de una forma que él considera cautivadora y me voy.

14.00

Me llama mi madre. Le cuento que la reunión ha resultado ser un chasco, pero que al menos he conseguido material para mi artículo. Ella me dice que me tiene que contar algo, que espera que no ponga el grito en el cielo y que quiere que lo meta en el artículo. “Ponlo, ponlo”. Me cuenta que le han robado dentro del coche sus gafas de sol y algunos CD de música, así que fue a denunciarlo al cuartel de la Guardia Civil del pueblo. Una vez allí, dijo que quería presentar una denuncia. Le ofrecieron que se sentara mientras esperaba en una sala.

Un grupo de guardia civiles que estaban en la estancia comenzaron a bromear sobre la violencia de género: uno de ellos les explicaba al resto que cuando su mujer le cabreaba él le pegaba a la mujer de su compañero y que su compañero hacía lo mismo con su mujer, para que no fuera violencia de género.

Lo cierto es que ellos no conocen a mi madre y no sabían si estaba allí para denunciar a un marido maltratador. Y aunque supieran que estaba allí solo por un robo, ¿no es la Guardia Civil la encargada de recoger las denuncias y prestar apoyo a las víctimas? ¿No deberían ser ellos los más sensibilizados con el tema?

17.00

Voy a la farmacia a por mis pastillas para la alergia y me topo con esto.

Entre los carteles típicos de crema antiarrugas con fotos de adolescentes con piel tersa que no necesitan dicha crema, encuentro este anuncio-recordatorio: 'Mujer, deja ya de estar gorda. ¿Qué te crees que eres? ¿Un hombre?'.

Cuatro mujeres en un anuncio de productos para perder peso, ningún hombre. También servimos para los anuncios de estreñimiento y de gases. Servimos para un roto y un descosío.

20.00

Llego a mi portal, un vecino entra conmigo en el ascensor. El típico momento incómodo con un desconocido en un espacio reducido. El señor ha bebido, o al menos algo le ha pasado con una botella de vino; si no se la ha bebido, se ha bañado con ella. Pero a pesar del olor va bastante sereno. Me mira y sonríe. Vivo en un 5º. Le doy al botón. Él no marca ninguno. Me giro un poco para no estar frente a él, pero me pongo delante del espejo del ascensor y clava su mirada en las tetas del espejo. Muy bien, Barbi, muy bien. Me giro y le pregunto: “¿Dónde va usted?”.

Al quinto, me dice. No me suena su cara, pero puede que vaya a visitar a algún vecino.

Me tiene tensa y mi ascensor es muy lento. Llegamos. Salgo escopetada pero miro de reojo, quiero ver dónde va. Veo que se queda en el ascensor, aguantando la puerta y mirándome cómo abro la de mi casa. “¿Qué mira?”, le digo ya cabreada. Él se ofende porque he sido un poco borde y, cerrando la puerta del ascensor para irse, le oigo decir: “Pse... poca cosa”.

22.00

Recién duchada y ya en pijama, abro Twitter. Una mujer ha matado a su marido y tengo la pestaña de menciones que mete miedo; llenas de tuits increpándome y exigiéndome que reconozca que las mujeres son tan malas como los hombres. Sí, la lectura que hacen muchos es esta: maldad, bondad. Cierro Twitter.

MARTES

9.00

Voy a impartir un taller de cinco horas a un grupo de ocho personas que rondan los 40 años. Preparo el PC y el proyector y uno de los alumnos me dice: “¿Vas a poder sola?”. Le digo que sí, que si necesito ayuda le avisaré. Pero él decide que no, que no puede dejar a una damisela en apuros aunque la damisela le haya dicho que sabe hacerlo y, de hecho, mira, lo está haciendo.

Me quita el adaptador y lo vuelve a poner. Prueba que el proyector ya está bien enchufado, quitándolo y poniéndolo. Me doy cuenta de que, más que ayudarme, solo está comprobando que lo que ya he hecho está bien hecho. Le digo que se siente, que allí no cabemos los dos, que gracias, de verdad, pero que me apaño perfectamente.

En un momento del taller, el proyector se apaga. Él me mira y asiente como diciendo “¿ves lo que pasa, ¿no?”. Cuando se da cuenta de que el proyector se ha apagado porque la luz se había ido, mira a otro lado y no hace ningún comentario. Se pasa el resto del taller intentando desmontar cada dato que aporto. Algunos compañeros le reprenden, yo a la vez pienso: madre mía, el artículo me va a quedar larguísimo, solo llevo dos días y cuatro hojas.

Al salir del aula para irnos, el mismo sujeto me dice muy serio: “¿Quieres que te acerque a algún sitio o ya 'puedes tú sola'?”. El taller ha sido en un polígono, me vendría genial que me acercara a algún lugar con civilización, pero prefiero llegar arrastrándome que subirme a su coche.

15.30

Llego a casa sudando, después de varios kilómetros a pie, un autobús y dos transbordos de metro. Llego justo para pasarle la fregona a la cocina y recibir la compra del súper, que he pedido que me la manden a casa. Abro la puerta y el repartidor me pregunta dónde puede dejar las cajas del pedido. Le digo que en cualquier sitio de la cocina. “¿Y esto?”, me pregunta. Señala una caja enorme con todos los bricks de leche y de caldo, que debe de pesar un quintal. Le digo que lo deje en el suelo con lo demás, que ya me avío yo luego. Él duda unos instantes. “No, mejor se lo dejo aquí encima, para que te sea más fácil”.

Atraviesa la cocina, pisándome lo fregado, y coloca la caja encima de la encimera de la cocina. Le doy las gracias y el adiós, me voy al cuarto y escribo: “No hay forma amable de decirle a un hombre que tú ya te apañas. Si lo dices educadamente, pensarán que estás siendo tímida. Si lo dices de forma agresiva, pensarán que estás loca y desayunas bebés”.

(En próximas entregas: miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo).

Etiquetas
stats