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Where have all the federalists gone?

El discurso federal se queda sin espacio, perdido en una tierra de nadie machacada por la inmisericorde contundencia de quien se siente representante de la totalidad social

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Una estelada gigante, en el Camp Nou EFE

[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

[2] Escribe Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro: “Uno de los peligros de la «autodeterminación» es que, en realidad, no existe tal cosa como una «nación» en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria. A diferencia de las características de un paisaje de árboles y montañas, las personas tienen pies. Se desplazan a sitios donde hay más oportunidades y pronto invitan a sus amigos y parientes a que se les unan. Esta mezcla demográfica  transforma el paisaje en un fractal, con minorías dentro de minorías dentro de minorías”.  Y sobre fractales y fronteras, sobre fracturas y fractalidades, giraba el texto con el que contribuí al referido libro editado por la Fundació Catalunya Segle XXI.

Los fractales son formas autosemejantes, figuras con un motivo fundamental que se propaga a escalas progresivamente reducidas o (es otra manera de verlo) con partes que, al ser ampliadas, se asemejan al todo (Wagensberg). Con otras palabras, un fractal es un objeto que presenta la misma estructura fundamental aunque cambiemos indefinidamente la escala de observación; un objeto caracterizado por la recursividad, o autosimilitud, a cualquier escala. En otras palabras, si enfocamos una porción cualquiera de un objeto fractal notaremos que tal sección resulta ser una réplica a menor escala de la figura principal. A grandes rasgos, las formas fractales están hechas de copias a una escala menor de sí mismas, y sus partes son fundamentalmente similares al todo.

Las realidades fractales son realidades ininterrumpidas, sin fronteras (al menos cuando hablamos de la geometría fractal de Mandelbrot, evidentemente no en el caso de las formas naturales o sociales). La única diferencia que podemos establecer es de tamaño, de escala, pero no de esencia. ¿Podemos utilizar el modelo fractal como analogía para repensar las realidades políticas? En particular, aquellas institucionalizaciones (el Estado-nación, la identidad nacional) basadas, precisamente, en la construcción de discontinuidades, de fronteras políticas y éticas que pretenden delinear con trazo grueso segmentaciones no sólo territoriales, sino identitarias y morales?

Recurriendo a la conocida reflexión de Kymlicka, todos los grupos nacionales son extremadamente partidarios de reivindicar y, siempre que sea posible, construir un sistema de protecciones externas (de las que la más desarrollada es el Estado-nación) que garantice su existencia y su identidad específica frente a las posibles influencias debilitadoras de la misma procedentes de las sociedades con las que se relacionan o en las que están necesariamente englobadas. Sin embargo, estos mismos grupos nacionales no suelen ser tan sensibles ante la existencia en su seno de pertenencias o identidades distintas de la nacional hegemónica, pero igualmente necesitadas de reconocimiento. Frente a la demanda de protecciones externas que estos subgrupos realizan, la respuesta del grupo nacional dominante suele ser la imposición de restricciones internas en nombre de la solidaridad grupal.

Aplicado a las realidades nacionales (estatalizadas o no), el principio de fractalidad debería cumplir la misma función que la regla de oro kantiana: no quieras para los demás lo que no deseas para ti.

[3] ¿Y la relación de todo esto con la peripecia de Orwell? En Homenaje a Cataluña Orwell relata cómo, a su vuelta desde el frente de Aragón tras resultar herido en el cuello, se encontró con que la mayoría de los militantes del POUM a los que había conocido se encontraban encarcelados o desparecidos, víctimas de las purgas estalinistas, ejecutadas en Barcelona por el PSUC. Y yo, al igual que el gran Pete Seeger se preguntaba “¿A dónde se han ido todas las flores?”, me pregunto: ¿a dónde se han ido todos los federalistas?

Por supuesto, cuando de una trinchera a otra silban las proclamas nacionalistas, el discurso federal se queda sin espacio, perdida en una tierra de nadie machacada por la inmisericorde contundencia de quien se siente representante de la totalidad social. Pero después del 1 de octubre será imprescindible recuperar la hoy desaparecida propuesta federalista. A ver si esta vez va en serio.

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