En las entrañas del Archivo de Álava en plena misión para salvar 13.000 retratos de la colección de Schommer Koch
Después de bajar a un sótano en ascensor, superar algunas puertas que requieren de tarjeta para su apertura electrónica y de cruzar media docena de salas con filas y filas de estantes metálicos de color rojo intenso, un último cortafuegos da paso a una estancia relativamente pequeña en la que hace más fresco de lo habitual. Es un refugio que el Archivo de Álava, ubicado en Vitoria, ha encontrado para mimar la colección de retratos de uno de los más insignes fotógrafos de la ciudad, Alberto Schommer Koch, de origen alemán y que tiene una calle casi al salir de las instalaciones, a pocos metros caminando. El material, más de 13.000 negativos, estaba empezando a sufrir el 'síndrome del vinagre', es decir, a tener reacciones químicas o acidificación que amenazan con destruirlo. Y ahora se ha puesto en marcha una operación para preservarlo y, después, difundirlo en PhotoAraba, el baúl digital que acumula 216.208 instantáneas en este momento.
David Espiga, reprógrafo del archivo, está en servicio en el primer día laborable de 2026. Él hace de guía para este periódico por los pasillos que conducen al sótano, en los que se ven algunas cajas con las últimas donaciones. Quizás en el futuro salgan de ahí hallazgos históricos. En el recorrido, se cruza el garaje y allí está aparcada una incombustible Citroën C15 blanca, matriculada en Vitoria hace tres décadas. Espiga cuenta que las cajas con la colección de Schommer Koch estaban almacenadas en la antigua sede de la institución en malas condiciones y que han utilizado la furgoneta para acarrearlas.
Ahora han ido colocando las cajas con los negativos, de tamaño idéntico al de los positivos, en unos estantes móviles de gran profundidad y altura que se accionan con manivelas. Es una salita con humedad y temperatura controladas y en la que, además, hay otros tesoros, como una pequeña caja original del siglo XIX de una filmación de los hermanos Lumière, aunque la película ya no está allí.
El hijo del artista, también Alberto Schommer, aunque García de segundo apellido, y también fotógrafo, donó al archivo la colección familiar en 1997. En total, unas 400.000 piezas. Es una de las guías para conocer la vida y los eventos de la Vitoria republicana o franquista. Entre ellos hay 80.000 retratos. Y ahora se busca salvar 13.000. Schommer Koch nació en la región alemana de Westfalia en 1897. Espantado por el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, puso rumbo a España, donde se instaló con su tío, Willy Koch, que ya estaba asentado en Donostia, donde tenía estudio y era reconocido como uno de los pioneros de la fotografía en la región.
Schommer Koch trabajó en el estudio de su tío y más tarde se asoció con Dücker, que, en palabras de su hijo en una entrevista para 'El Mundo', era “un número uno de la fotografía en su momento”. Con él se fue a Zaragoza y, tras pisar varias ciudades españolas, recaló en Vitoria, donde acabó contrayendo matrimonio con Rosario García e instalando su estudio, que estaba sito en la calle del General Álava. Los álbumes con las fotografías de Schommer Koch son testigos que hablan de una época y la retratan en sus más diversas facetas, con instantáneas de viandantes, profesionales y deportistas, pero también de edificios, fiestas de la alta sociedad, industrias y comercios.
“Pues aquí tenemos las fotografías”, sonríe Espiga en la sala antes de coger con sus manos algunas de las cajas aún pendientes de revisar y extraer algunas de las piezas, debidamente protegidas en un papel doblado varias veces. En una de ellas aparece un matrimonio vitoriano de hace lustros cuya sonrisa se intuye en el negativo. “Hemos rescatado las que hemos podido, pero ha habido otras que que ya estaban en tal estado de descomposición que no se ha podido hacer nada”, admite el reprógrafo sobre el balance inicial de la operación, que aún durará unos meses. Estima que se habrán podido perder un centenar de ellas. La pista es que, si huelen a vinagre, han sufrido una reacción química. De cara al futuro, se meterán los negativos en un congelador para evitar el avance de la corrosión.
“La colección Schommer Koch forma parte insustituible de la memoria visual de varias generaciones de alaveses y alavesas. Actuar con rapidez ahora es imprescindible para evitar la pérdida irreversible de este patrimonio fotográfico único y garantizar su acceso en el futuro”, sostiene la diputada foral alavesa de Cultura, Ana del Val. Tanto la Diputación como el Gobierno vasco han puesto fondos para salvar esta colección, de las más relevantes de la comunidad autónoma.
La mesa de luz y la recuperación de patrimonio
La excursión continúa por los pasillos interiores del archivo, donde apenas hay unos pocos investigadores en el primer día de apertura de 2026. Como responsable de reprografía, Espiga tiene una sala reservada para su trabajo en la tercera planta. Está adornada en una de las paredes con un gran marco formado por decenas de fotografías que pueden consultarse en el repositorio PhotoAraba.
Allí se le acumulan las tareas, bromea. Porque su misión no es solamente cuidar el legado de Schommer Koch. En la sala, una cámara cuelga suspendida sobre lo que denomina “mesa de luz”, una plancha cuadrada que se ilumina. ¿Para qué sirve? Espiga centra sobre ella uno de los miles de negativos que quedan por positivar de la colección de Schommer Koch y al instante aparece en la pantalla. Es el retrato de un bebé regordete, el próximo en pasar a la base de datos.
Cuenta, con una sonrisa, que si trabajase con fijación industrial en el 'escaneo' de las fotografías, podría hacer una cada cinco segundos. Pero su labor implica mucho más. Valiéndose de programas informáticos, ha de positivar la instantánea, ajustarla y catalogarla debidamente, para que no se pierda entre la marabunta de archivos. Nombrar y renombrar. Hay otros compañeros, explica, que se dedican a describir con palabras lo que se ve en las imágenes y a aportar algo más de contexto cuando es posible. Si bien suele decirse que una imagen vale más que mil palabras, estas descripciones resultan muy útiles a la hora de efectuar búsquedas. Quizás ese niño tenga una historia propia que será rescatada ahora el olvido.
El trabajo con el fondo recuperado, sin embargo, avanza “poco a poco”, expone Espiga. Además del cuidado con el que se han de tratar los negativos, hay otras tareas que les 'roban' tiempo. Todas tienen un denominador claro: proteger el patrimonio del archivo del deterioro que ocasiona el paso del tiempo. Cada rincón de la sala en la que desempeña sus labores el reprógrafo está prácticamente dedicado a algo diferente. Sobre una de las mesas, gana altura una pila de cajetillas con discos que guardan reportajes fotográficos de bodas, comuniones y colegios. Son memorias de este milenio, pero el tiempo no perdona y las más de dos décadas que han transcurrido desde que se grabaron algunos de ellos hacen peligrar su contenido, por lo que el técnico se encarga de extraerlo y ponerlo a buen recaudo. En otra mesa, planos de Julián de Apraiz sobre el Banco de España de Sevilla. En otro montón, un legajo de más de 300 años con actas notariales muy dañado por la humedad y del que se intentará rescatar algún dato.
Términos como RAM, NAS o 'procesador' preocupan y ocupan a Espiga, que necesita velocidad en los ordenadores para trabajar y memoria en los discos duros para almacenar los millares y millares de documentos que va digitalizando. Imágenes, actas notariales, expedientes, resoluciones, ... Todo eso se va guardando en ordenadas carpetas que ocupan teras y teras de información. Trabaja con cuatro discos duros en espejo, de tal manera que si uno falla los otros tres sirven de respaldo.
La consulta de la documentación custodiada por el archivo se puede hacer 'in situ', en unas salas en las que se limitan ciertas acciones —no se pueden usar bolígrafos, solo lapiceros, por ejemplo— para evitar daños, pero también desde la distancia. Espiga habla de peticiones que llegan desde lugares como Reino Unido, Australia o Estados Unidos. Ahora, siempre que cualquier persona hace una solicitud desde la distancia, Espiga se encarga de escanear la documentación y guardarla en un documento PDF que luego se vuelve accesible para sucesivas consultas, agilizándolas en el futuro y permitiendo la descarga instantánea.
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