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Día 70 en estado de alarma: una ventana con vistas a casa

C.G.

Néstor Cenizo

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Vivo en un piso con vistas a una mole de ladrillo, así que para la primera crónica desde mi ventana saqué la cabeza a pasear. Convertí mi cuello en periscopio para ver qué pasaba en una calle por donde no circulaba ni una furgoneta, hasta que un menda subió las cuatro ruedas a la rotonda y dejó el coche mirando a Cuenca. También pasé un buen rato espiando a dos repartidores de comida a domicilio y vi cagar a un perro.

Quiero decir con esto que para hacer La ventana indiscreta no es necesario que ahí fuera ocurra un asesinato, aunque algo ayude. Hitchcock tenía que servir un crimen, pero sabía que esa película sólo se sostiene si el espectador pasa dos horas en la cabeza del protagonista. La gracia es que imaginemos un asesinato que sólo está en la mente de James Stewart; que compartamos sus sospechas, y también sus delirios.

Algo así ha sido esta ventana con vistas a un mundo cerrado. Hemos descubierto que en las ventanas al ojopatio hay sustancia. El ojopatio, entiéndase, es nuestra cabeza y nuestra casa.

He pasado dos meses encerrado con Mario y Cristina, y me lo esperaba peor. Resulta que ha ido bien. El 13 de marzo, Cristina preparó un cartel con los horarios del día, que pronto dejó de servir porque con Mario funciona la negociación. Sobre todo como método: al final, le importa poco lo que consiga, siempre que consiga algo. Y ese algo puede ser lo que quieras tú.

Otra ventana han sido las pantallas, claro. He vivido estas semanas pegado al móvil y al ordenador. Hay un riesgo de despegarse de la realidad en el consumo compulsivo de cifras dramáticas: de tanto deglutirlas, pueden acabar sonando a números de casino. La hostia llega cuando le pones cara a un muerto.

Y, como sospechaba, no he conseguido nada de lo que algunos iluminados proponían como meta al comenzar el confinamiento. Una tarde me líe la manta a la cabeza, me puse un Youtube de gimnasia para niños, y arrastré cinco días de agujetas. Sospecho que ahora tengo el tono muscular de un perro salchicha. Tampoco he leído todos los libros atrasados. Hacia mitad de la cuarentena me dije que era buen momento de leer por fin Postguerra y no llevo ni la mitad. Y eso que no ha habido fútbol.

Me ponían de mala leche los que se quejaban, ya de primera hora, de tener que hacer el sacrificio de pasar un par de semanas en casa con cerveza y Netflix. Pero admito que he llegado a esta fase final con la lengua fuera, y admiro a los compañeros que han contado cada día cómo pasaba la vida desde su ventana. Gracias por asomaros siempre. Hace semanas que vengo notando que mi reserva se agota. Necesito mirar otra vez ahí fuera y tocar las cosas. Tengo ganas de cerrar la ventana y abrir la puerta.

En fin, no quiero ser pesado y menos aún cursi, pero para mí este confinamiento será para siempre los meses que pasé con Mario muchas más de cinco horas al día. El virus me ha dado horas con él que de otra forma nunca hubiese vivido, y no creo que nada de lo que he dejado de hacer valga más que esos ratos. Esta mañana, cuando le he dicho que iríamos a ver a los abuelos, ha vuelto a preguntarme: “¿Se ha ido ya el bichito?”. No lo sé, pero si hay segunda ola ya sé a qué ventana asomarme. Gracias por leernos y nos vemos pronto.

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