Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Belén Rubiano: “La peor amenaza para las librerías no es Amazon, sino las series y las redes sociales”

La librera Belén Rubiano escribe una novela sobre su experiencia

Alejandro Luque

En otoño de 2002, Belén Rubiano despertó de su sueño de ser librera. Un sueño que había comenzado diez años antes, cuando se presentó a un anuncio donde pedían un “varón fuerte y licenciado” para trabajar en una librería: obtuvo el puesto sin ser ninguna de las tres cosas. Allí adquirió todas las rutinas del oficio, hasta que se decidió a fundar su propio establecimiento, la librería Rialto. Ahora, tanto tiempo después, esta sevillana de 1970 se ha decidido a poner por escrito su experiencia en Rialto, 11, que acaba de ver la luz en el sello Libros del Asteroide.

Una experiencia narrada con chispa, ternura y grandes dosis de ironía, y donde se funden los aprendizajes del sector con todo tipo de anécdotas desopilantes. “Es el trabajo más hermoso del mundo, o uno de los más hermosos. Creo en la dignidad y en la vocación del librero, y por eso pienso que no puede serlo cualquiera. Pero es un oficio que, tal y como es, sin buenismo, sin edulcorante, es una maravilla: te permite estar dentro del mundo de una forma muy especial”, explica.

Consciente de que en la fantasía de la mayoría de la gente ser librero consiste en charlar con la clientela y tener mucho tiempo para leer, Rubiano advierte de que “si es así, si tiene tiempo para eso, es porque al librero le va muy mal. Desde fuera parece muy bonito, pero hay mucho más que leer y estar de tertulia: sufrir con los números, ver el estado de cuentas del banco con todo lo que hay que pagar, los imprevistos, las ventas fuera de los picos del año, dar entrada y salida a muchísimos libros, atender al cliente, además de las actividades paralelas, clubes de lecturas, talleres, encuentros con autores…”, enumera. “Y parece un oficio muy limpio, pero el polvo se nota. Y los libros pesan muchísimo, y te dan picotazos con las esquinas, pero también eso es bonito”.   

En la búsqueda del margen de beneficio, las librerías han ido convirtiéndose cada vez más en centros de ocio, espacios culturales, cafeterías, papelerías, enotecas… “Hay que atraer al cliente, llamar la atención como Carole Lombard en Sucedió una noche, parando los coches en la carretera. El librero tiene que hacer de todo solo para mantenerse, porque hablar de otra cosa es un sueño, una locura”, comenta Rubiano, y añade a renglón seguido: “A mí me gustan las librerías que son solo librerías, quizá por falta de espacio, pero respeto todas las que son buenas. Lo primero que miro es el fondo, y si por sus características no tienen fondo, que al menos la selección sea buena”.

Los lectores que compran “necesitan tiempo”

Sin embargo, fue precisamente el empeño en cuidar el fondo lo que lastró el proyecto de Rialto. “Sobre todo por el coste, y que llevaba poco tiempo”, cuenta. “La librería iba bien, llevaba buen camino, tenía clientes maravillosos de los que aprendí mucho, y a los que conservo como amigos. Pero las librerías se abren muy en precario, y necesitan que los lectores que de verdad compran libros, no los que van de paseo, entren muy rápido. Y eso es un imposible. Necesitan tiempo”.

Por otro lado Belén Rubiano quería con Rialto 11 “contar un poco el espejo de la vida, donde no solo prospera quien hace un buen trabajo, y fracasa quien lo hace mal. Sabemos que la suerte juega mucho a favor. Yo tuve dificultad para mantenerme en el local de la librería, y ese fue un viento que me sopló en contra, y fue ajeno a mi trabajo. La vida no es justa, y eso me gusta. La justicia es una superstición humana que no existe en la naturaleza. Hay librerías que mueren sin merecerlo, y otras que mereciéndolo, van bien”, asevera.

Y aunque no llegó a conocer la feroz competencia que hoy supone Amazon y otros gigantes para los libreros pequeños y medianos, la sevillana resta importancia a ese elemento. “La verdadera amenaza para las librerías no es Amazon, sino las series y las redes sociales. Maneras de pasar las horas, el tiempo libre, más cómodas, sencillas y asequibles. Yo creo que en Amazon la venta de libros debe de ser algo bastante residual, comparado con lo que de verdad factura”.

En el relato de Rubiano ocupan un lugar destacado los clientes, y se sugiere que un librero acaba creando su propia comunidad humana, que puede llegar incluso a ser familia. “Una librería es algo muy personal, íntimo, y al final el lector busca ranas de su charca, como el librero acaba atrayendo ranas de la suya. Se forma una comunidad que tiene sentido; variopinta, desde luego, pero la esencia de la librería es que refleja mejor que nada la democracia, la libertad de pensamiento, la diversidad. Pero hay una afinidad que reúne a todos”.

Incluyendo, claro está, a esos locos de barrio que se sienten magnetizados por el papel impreso, y que también tienen un lugar destacado en esta narración. “Todo tipo de comercio, cualquier actividad humana que abre las puertas, puede contar muchas experiencias parecidas. Yo quería en cada capítulo hacer una fotografía del mundo. Creo que en cualquier lugar donde uno viva y pase un día tras otro, puede poner una cámara y hacer un disparo fotográfico día a día. Si luego las pasamos todas juntas, da una semblanza de cómo somos, y de qué estamos hechos. Una librería es un lugar perfecto para observarlo y contarlo”.

“Le daría un beso en la boca a cada librero que resiste”

Sobre la crisis del sector, opina que “no creo que estén cerrando más librerías que antes. Unas se cierran y otras se abren. Al igual que la edición, no se está viviendo un momento esplendoroso, pero sí se abren librerías con alegría, con muchas ganas e ilusión, intentando contar un relato con muy poquito”, subraya. “Es parte de la vida, unos mueren, otros nacen. Los que somos testigos, deberíamos extraer conclusiones de todo esto. Pero la mayoría de las que cierran, a decir verdad, lo hacen por jubilación”.

“Por otra parte”, prosigue Rubiano, “se habla poco de la penosa calidad de vida que tiene un buen librero o una buena librera durante los 40 ó 50 años en los que dedica su vida a su establecimiento. Por eso la mayoría resiste. Yo le daría un beso en la boca a cada librero que lo hace bien y resiste. De hecho, este libro es ese beso en la boca”.   

Admiradora de libros sobre librerías como 84 Charing Cross de Helene Hanff, o las memorias del librero Héctor Yanover, la sevillana no descarta volver en un futuro a retomar la profesión, pero de momento se confiesa animista y asegura que “la librería no ha dejado de hablarme en todo este tiempo, desde que se apagara la luz. ‘¿Qué pasa?’ -me decía- Igual no necesito estas paredes tan caras, este suelo tan caro: Yo puedo vivir dentro de un libro’. Por eso Rialto no ha muerto. Puede parecer una locura, pero es verdad”.       

Etiquetas
stats