El misterio de la Montaña del Río de Doñana que ha desatado una peregrina batalla científica: ¿es natural o artificial?
El deslinde del dominio público marítimo-terrestre de Doñana aprobado por el Gobierno central ha derivado en un cruce de estudios científicos para argumentar y contrarreplicar, una maraña de datos entre los que una cuestión llama la atención por peregrina. La protagonista de esta historia es la Montaña del Río, una elevación en el paraje natural que se ha convertido en símbolo para los que defienden un argumento y el contrario en base a una duda rocambolesca: ¿estamos ante una elevación artificial o natural?
La cuestión no es menor, ya que el Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco) esgrime que es obra de la mano del hombre para apuntalar su tesis, ya que defiende que se hizo para impedir la entrada de las mareas en este enclave. Del otro lado tenemos a todos los actores que trabajan sobre el terreno en Doñana, que defienden justo lo contrario con el argumento de que es al revés, que el papel que juega es evitar que el agua dulce escape con demasiada rapidez de la marisma.
Pero lo que hace tan pintoresco este debate es cómo puede llegarse al punto de discutir si una montaña es natural o artificial. Por ahora, lo que va a misa –porque así se ha publicado en el BOE que aprueba el deslinde, que afectaría a unas 15.000 hectáreas– es que el Ejecutivo central lo considera un “elemento antrópico” que “impide la inundación natural de los terrenos” por el agua del mar. Esto explicaría, para los técnicos que hicieron el estudio estatal, que la marisma sea de agua dulce y no salada, que es lo que a su juicio le correspondería.
Unos 14 kilómetros de longitud
Visto lo que dice una parte, cuyo dictamen ahora mismo es el que se impone salvo que se acepten las alegaciones presentadas, y antes de seguir adelante cabría preguntarse qué es exactamente la Montaña del Río. La versión del BOE (que bendice lo que sostiene el Miteco) es que se construyó en 1983 y que se trata de “un muro artificial de unos 14 kilómetros de longitud y unos dos metros de altura, que discurre paralelo al río Guadalquivir y a 250 metros del mismo”, en la margen derecha ya en su tramo final rumbo a Sanlúcar de Barrameda.
Y si claro tiene el Gobierno que es una obra humana, no menos cristalino ve lo contrario Eloy Revilla, director de la Estación Biológica de Doñana (EBD), un organismo estatal: “La Montaña del Río es un elemento geográfico natural, un dique que separa el cauce del Guadalquivir de la marisma”. “No hay ninguna duda”, apostilla el científico que comanda el mayor organismo investigador sobre el terreno, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
En la misma línea se expresa el director del Espacio Natural de Doñana, que comprende los parques nacional y natural, Juan Pedro Castellano, para quien estamos ante una “estructura geomorfológica natural que resulta relevante al ser tan plano el Guadalquivir”, de ahí que se le llame montaña a lo que no supera los dos metros de altura. No es de extrañar en un paisaje tan llano como del que hablamos, en el que los barcos de gran porte que recorren el río parece que se mueven sobre ruedas vistos desde los arrozales.
“Un nombre exageradísimo”
Abunda en ello Antonio Rodríguez Ramírez, que pasa por ser el mayor conocedor de la geomorfología de la marisma y profesor en la Facultad de Ciencias Experimentales de la Universidad de Huelva (UHU), que resalta que lo de Montaña del Río “es un término de la jerga local marismeña”. “Es un nombre exageradísimo, porque no es un relieve tan importante”, lo que no quita para que se le llame así “desde hace siglos”, subraya el autor del estudio con el que el municipio de Hinojos lucha para que no le expropien la Marisma Gallega.
¿Y cómo puede ser así si el informe oficial del Ministerio para la Transición Ecológica dice que el objeto de esta singular controversia se construyó en 1983? Pues porque ese dato es incorrecto, coinciden los tres anteriores, a los que se suma Juanjo Carmona, de WWF, que subraya que “la propia documentación histórica del Parque Nacional a nivel de ciencia desmiente” lo que defiende con tanto ahínco la Dirección General de la Costa y el Mar, impulsora del deslinde.
La cuestión es cómo se explica de puertas para afuera semejante confusión. “La evolución de la marisma –prosigue Carmona– acaba creando de forma natural diferentes levés” (término derivado del francés), pero esta elevación “sufre un proceso de deterioro” debido en especial a la navegación por el Guadalquivir“. ”La Montaña del Río es en realidad el malecón natural del Guadalquivir“, sostiene Rodríguez Ramírez, ”un relieve que regula el régimen de inundación de la cubeta marismeña“.
Más alta y más baja
¿Qué es lo que ocurre? Pues que con los años, como apunta Carmona, el discurrir de tanto barco arriba y abajo acaba minando esta estructura paralela al Guadalquivir, por lo que en 1983 se decide recrecerla de manera artificial porque su cada vez menor altura hacía que el agua dulce aguantase cada vez menos en la marisma y se escapase rumbo al río. Tras el desastre minero de Aznalcóllar en 1998 se decidió elevar todavía más su coronamiento artificial, algo a lo que no se tardó mucho en dar marcha atrás porque los propios científicos consideraron que se habían pasado haciéndolo tan alto y que aquello alteraba la hidrodinámica histórica del enclave.
Así que ahí estaría la madre del cordero: lo que Costas considera una construcción antrópica sería en realidad un remate que se añadió hace cuatro décadas, pero la base no sería obra humana. “Es verdad –apunta el director del parque– que el hombre ha intervenido en la Montaña del Río para mantenerla, porque se ha visto dañada por el propio río y los dragados, pero era natural y tan relevante que provocó que esta marisma sea singular, de agua dulce, no como todas las demás del Golfo de Cádiz, que sí son mareales”. “Es una estructura natural que ha permitido que la marisma sea lo que es”, apostilla.
“Se han hecho muchas modificaciones a lo largo de los siglos, incluso canales”, explica Eloy Revilla, una descripción histórica que está “muy bien definida” en el Archivo de Medina Sidonia. “Es un elemento fundamental de la Doñana que conocemos”, prosigue, y en este sentido hay datos recogidos desde el siglo XIX que inciden en las inundaciones estacionales de la marisma, “no diarias como ocurriría con las mareas”.
“No la hicieron los extraterrestres”
“La marisma es pluvio-fluvial en un 95%”, porque sí hay alguna que otra zona que se inunda por las mareas, pero el hecho de que su base sea el agua dulce la hace “única en el Golfo de Cádiz”, insiste Rodríguez Ramírez. “A nadie le cabe en la cabeza quitar la Montaña del Río”, añade Eloy Revilla, ya que eso no sólo sería quitarle su singularidad sino que considera que incluso rayaría “la ilegalidad”, ya que al tratarse de un elemento natural “la normativa lo protege”.
La reflexión viene al hilo de que, en teoría, si sale adelante el deslinde del dominio marítimo-terrestre aprobado por el Gobierno, eso conllevaría la eliminación de todos los elementos levantados por el hombre que puedan alterar el que se considera curso normal del agua. Pero el caso es que fue el propio Estado en su momento el que decidió su recrecimiento artificial, recuerda Juanjo Carmona, que lamenta que “es muy grave este falseamiento de la información por parte de la administración”.
“¿La Montaña del Río se construyó?”, se pregunta de forma retórica, para responder con un categórico “no”. “Esto no lo hicieron extraterrestres trabajando de noche mientras no los veíamos”, ironiza, y por ello sólo considera admisible el debate de si el recrecimiento artificial es más o menos alto, pero nada más allá.
Rodríguez Ramírez remarca por su parte que este resalte ahora en disputa se eleva metro y medio sobre la marisma de inundación. Antiguamente, cuando todo se inundaba, lo primero que sobresalía era la Montaña del Río y para allá que se iban los pastores para que sus rebaños se alimentaran con una vegetación que es hasta distinta de la marismeña. “Los técnicos que han hecho el informe para el Ministerio están muy equivocados, si desaparece –concluye– cambiaría toda la dinámica natural de Doñana”.
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