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El monolito de las 30 faltas

Javier Caro

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Para acceder a una oposición en la Comunidad Valenciana debes estar en posesión del Grau Mitjà de valenciano, pero no del Grado Medio de castellano. Y debes tenerlo incluso si toda tu vida has estudiado en la linea en valenciano, cosa que no ocurre con la linea en castellano, es decir, nadie te va a pedir que acredites tus conocimientos de castellano mediante un título, se da por entendido que al haber estado en una linea donde toda la materia se impartía en dicho idioma, no hace falta tener ningún papel acreditativo que especifique que lo hablas, entiendes y escribes. Está claro que para ser profesor, y estar impartiendo clases en valenciano, es normal que se exijan títulos que muestren las facultades del docente para poder trabajar en dicha lengua. Aunque la pregunta que siempre ha corrido por mi cabeza sería: si nos siguen exigiendo el Grau Mitjà de una lengua que hemos tenido como cooficial, pero no la otra, entonces, ¿la lengua valencia es una lengua casi extranjera que precisa de alguna acreditación para comprobar que la conocemos?. Tal vez sea porque hay muchas zonas donde la influencia del castellano ha absorbido a la valenciana o quizás porque todavía no se ha normalizado de un modo natural entre la población.

Quizás sea porque aún lo hablamos y leemos muy mal. Y claro, ¿cómo vamos a enseñarlo así?, y digo esto porque uno nunca deja de sorprenderse cuando ve como los políticos inauguran cualquier cosa sin prestar atención a lo que está en ello esté inscrito.

Elena Bastidas es la alcaldesa de Alzira, y como hace un mes estábamos aún en precampaña electoral, todavía estaba a a tiempo de seguir inflando su haber de inauguraciones ridículas, y digo ridículas porque todavía no se ha podido terminar la infraestructura donde se asienta el monolito con más faltas de ortografía por linea que se haya visto. Los políticos, o sus elegante asesores, debería comprobar hasta el último detalle de cada acto que tienen que realizar, porque sino, a veces la vergüenza se aloja en el acto en sí. El monolito tiene cuatro metro de altura, y en esos metros ha tenido espacio para albergar la escandalosa cifra de 30 errores, y me pregunto, ¿el borrador del texto que figuraría en dicho monolito, fue leído antes, o tal vez no?. Sería triste e increíble pensar que sí fue leído, y aun así no se movió ni una coma. Sería triste pensar que el que lo leyó, no detectó ninguna falta y lo vio todo estupendo. Y allí estaba Elena sonriendo, sin percatarse de los errores, sin darse cuenta que las miradas jocosas de sus ciudadanos al leer el texto, no eran por la inspiración mágica de su escritor, sino por el descalabro ortográfico que se había cincelado en el mármol.

Sus errores son semejante a escribir “asín” o almóndiga“, en castellano, palabras que chirrían en el oído, y que cualquiera, al verlas escritas, las tacharían de inmediato. Lo que deja claro que Elena y su equipo utilizan poco el valenciano, o incluso peor, lo utilizan de un modo equivocado, hablándolo mal, dándole patadas, tratándolo como una lengua sin estructura ni reglas gramaticales. Por desgracia, éste incidente, que haría saltar de la tumba a Joan Fuster y llorar a Xavi Sarrià, no ha sido el único que le ha pasado a la buena de la alcaldesa de Alzira. Parece que le tiene cogido el truco a eso de errar en las palabras en la lengua de Estellés, y también parece que desconoce cómo es el escudo del pueblo al que gobierna y sirve. Y es que en febrero de 2014 Elena inauguró una plaza, de la que dijo que quedaría para la posteridad, pero lo que ocultó, por desconocimiento, a sus ciudadanos, es que el escudo de la ciudad que aparece en el rótulo de la plaza no es el de Alzira, sino el que figura en la bandera de Xàtiva. Quizás Elena es más lista que nosotros, y lo que deseaba con ese movimiento era enviar un mensaje subliminal. Con esos detalles uno percibe que la lengua no está para ser usada por sus parlantes, sino para ser vilipendiada, desfigurada y para darse golpes en el pecho de valencianidad, pero eso sí, hablándolo mal, y escribiéndolo incluso peor.

Los político de Valencia son castellanoparlantes y desconocen bien la lengua valenciana, y con eso no pasa nada, mientras besen la bandera al son del himno basta. No hace falta más. Pero los funcionarios ha conocer la lengua bien, aunque hayan estudiado parte de su vida en ella, necesitan acreditarlo. Rita Barberà, la alcaldesa de Valencia, y gran conocedora de la tradición valenciana, no quería ser menos que sus compañeros de partido, ¿cómo va ella a hablar cristalinamente la lengua?, ella debe hablar como cree que habla el pueblo, una mezcla de castellano y valenciano, gratinado con alguna perla propia, que para eso ella lleva con el báculo de la ciudad tantos años. Y para no sentirse sola en el Ayuntamiento de la capital, se rodea de un grupo de políticos que hablan ese valenciano creado por ella. Y es que hasta para despedirse, los que gobiernan lo hacen dejando huella, dando puñetazos de ciego al diccionario, en este luctuoso caso, al castellano. La concejala de cultura de la ciudad del Turia no deseaba marcharse sin despedirse de sus ciudadanos, y para ello optó por el facebook, emulando a Sonia Castedo. La diferencia es que Mayrén Beneyto, que así se llama la exconcejala, dejó tantas perlas doradas en el pequeño texto, que es difícil leerlo y no horrorizarse. 19 linea y 37 errores podía ser el título de una canción de Sabina, pero aquí son las meteduras de pata de alguien que llevaba el área de cultura. Aunque Mayrén en su despedida prefiere llamar a su área: “Aria” de cultura en Valencia. Viendo estos descalabros ortográficos y léxicos, uno entiende que se tenga que hacer especial hincapié en seguir reforzando el valenciano, porque lo peor no es que se hayan rotulado o inscrito mal algunas placas, lo verdaderamente sonrojante a la par que preocupante, es que no todo el mundo al leerlo se haya percatado de los errores.

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