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Partido Socialista Obrero Andaluz

Simón Alegre

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En una anterior columna aludimos a la dependencia y seguidismo de la federación socialista valenciana respecto de la andaluza. Hoy abordaremos los orígenes de una regionalización del PSOE en Andalucía que ha llegado hasta el paroxismo y se ha plasmado en la inclusión de ocho integrantes –Presidenta mediante- en la comisión ejecutiva federal. Circunstancia dimanante del hecho, más revelador si cabe, de la cuarta parte de apoyo electoral a nivel estatal que la formación obtuvo en el territorio andaluz en las pasadas elecciones al Parlamento Europeo.

El otorgamiento de prebendas a los graneros de votos no deja de constituir, por otra parte, un lugar común en las praxis políticas, por lo que, la desidia de la matriz central del partido ante el PPCV debe de considerarse una especie de supuesto de caso único. Eso sí, para forzar la dimisión de todo un president de la GV por intereses partidistas, a los de Madrid no les tiembla el pulso. Cosas del sucursalismo. Y los empresarios, de plañideras.

Pero no desviemos la brújula de nuestro suroeste y ahondemos en las razones que propiciaron la primera regionalización efectiva de un partido centralista en España (en Escocia, ya se había dado, décadas atrás, la denominada tartanización de los laboristas), la cual no se puede entender sin abordar la succión de parte del espacio electoral del originario PSA, una organización que no logró representación en las elecciones constituyentes de 1977 por diluir su mensaje autóctono en la coalición con el PSP.

Ante las legislativas de 1979, el partido se encontraba ya en condiciones de presentarse en solitario y abanderar la etiqueta, de reminiscencias catalanas, de la estricta obediencia andaluza. Una coyuntura en la que los partidos de inspiración centralista asumieron epidérmicamente la reivindicación andalucista en programas y nomenclatura: PCA, PTA, PSOE-A. Los electores premiaron la iniciativa con un alto apoyo que permitió a los andalucistas contar con Grupo Parlamentario propio en el Congreso de los Diputados. La línea ascendente del partido continuó en las elecciones municipales del mismo año y en las autonómicas catalanas de 1980, en las que logró dos escaños por la circunscripción de Barcelona. Un hito excepcional en el contexto europeo, el de la consecución de representación por parte de una formación de defensa de la periferia en una región ajena a la propia.

Sin duda, el PSA –actualmente PA- había sabido amortizar su rol de promotor de la vía andaluza hacia la autonomía ante las dudas y reticencias del resto de partidos. Este éxito pondría en marcha el solapamiento de espacios electorales por parte de la maquinaria de un PSOE que, hasta entonces, se había dedicado a torpedear la homologación socialista del PSA por la vía –acertada, en este caso- de señalar el carácter pequeñoburgués de sus cuadros y su imprecisión programática. No obstante, la disputa estribaba ahora en hacerse acreedor del bagaje andalucista y la primera decisión socialista de calado fue la de sustituir como Presidente de la Junta Preautonómica al centralista Fernández Viagas por Rafael Escuredo, de la corriente más regionalista del partido.

Las alianzas multinivel también pasaron la factura de la Realpolitik al PSA, dada la pinza que tuvo que sufrir por apoyar –a cambio del Grupo Parlamentario propio- a UCD en el Congreso y pactar la alcaldía de Sevilla y las concejalías de Cultura con PCE y PSOE. En el primer escenario se vieron obligados a la maniobra relativa a votar a favor de la moción de censura propuesta por el PSOE y no respaldar posteriormente la investidura de Felipe González y en el ámbito local sufrieron escisiones y contenciosos internos por la preeminencia otorgada a la alcaldía hispalense, lo que provocó las críticas al centralismo sevillano de una organización que tenía como bastión electoral el eje Cádiz-Sevilla-Málaga y cuya trascendencia disminuía en dirección a Andalucía Oriental.

El golpe de gracia lo recibirían los andalucistas tras desbloquear Rojas-Marcos con la UCD el proceso autonómico mediante la fórmula Roca –por Miquel Roca- del artículo 144 de la Constitución, que apelaba a la constitución de la Autonomía por “interés nacional” y que fue vinculada a la rebaja del acceso privilegiado desde el artículo 151 por parte del PSOE. Todo lo dicho, adobado por una oportuna propagación de los males andalucistas desde las páginas del diario de referencia por aquellos lares, El País. ¿Les suena la estrategia?

Después de todo lo comentado, el PSOE consiguió el 60% de los votos en Andalucía tras las elecciones legislativas de 1982. Entre este cerco y los errores propios, los andalucistas quedaron en una posición residual en el marco del subsistema de partidos autóctono.

Una historia que resulta familiar y un empobrecimiento –malas artes y presupuestos públicos de por medio- del elenco partidista disponible. La primera regionalización de un partido español, experiencia piloto que años después se extrapolaría, a la diestra, en Galicia y Comunitat Valenciana.

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