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¿Puede Corbyn?

¿Podría significar una victoria de Jeremy Corbyn en la disputa por el liderazgo laborista la ruptura de la baraja neoliberal por Gran Bretaña?

Desde el viernes 14 de agosto y hasta el jueves 10 de septiembre, unos 400.000 afiliados y simpatizantes elegirán entre los cuatro candidatos en liza –los diputados Andy Burnham, Yvette Cooper, Liz Kendall y Jeremy Corbyn– al nuevo líder del Partido Laborista británico, tras la estrepitosa derrota y posterior dimisión de Edward Miliband en las elecciones del pasado mayo.

Ninguna crisis económica por grave que sea desencadena por sí misma procesos fundamentales de cambio político. Entre el descontento y la movilización política media la compleja e incierta construcción de culturas y sujetos políticos alternativos capaces de desafiar a las dominantes. Confirmando estas hipótesis de Gramsci, durante sus primeros años y a pesar del durísimo impacto social de los incipientes programas de austeridad, esta gran crisis de 2007-2008 apenas tuvo consecuencias políticas en Europa, y solo sectores muy minoritarios desafiaban abiertamente la posibilidad de una salida neoliberal a la crisis del neoliberalismo. Pero, tan lenta y trabajosamente como sólidos eran los cimientos de la hegemonía neoliberal en Europa, ocho inviernos consecutivos de descontento han terminado por provocar un desgaste importante en algunos de los sistemas políticos estatales europeos y hacer germinar culturas y sujetos políticos capaces de movilizar el descontento en las calles y las urnas.

En tanto bloque histórico y programa político, el neoliberalismo europeo exhibe una perfecta cohesión y coordinación entre sus distintas escalas territoriales de actuación, sus actores privados y públicos y sus más o menos acentuadas inflexiones ideológicas, como ha quedado de manifiesto por última vez en las negociaciones sobre la deuda griega durante el primer semestre de este año. Difícilmente podría decirse lo mismo del campo antagonista. Más allá de algunas redes activistas de perspectiva y alcance continental, pero de impacto comparativamente muy pequeño, las nuevas culturas y sujetos políticos antagonistas europeos presentan naturalezas y trayectorias muy distintas: los abultados crecimientos electorales de la Syriza griega, el Podemos español, el Movimiento Cinco Estrellas italiano o el Frente Nacional francés son el resultado concreto del impacto del programa europeo de austeridad en sus respectivos sistemas políticos. Cada una de ellas expresa, en términos coloquiales, por dónde se ha roto en cada país la baraja del consenso neoliberal.

¿Sería una victoria de Jeremy Corbyn en esta disputa por el liderazgo laborista donde hallase expresión la ruptura de la baraja neoliberal en Gran Bretaña? Por un lado, ninguno de los grandes partidos socialdemócratas europeos ha respondido a sucesivas derrotas electorales con una inflexión anti-neoliberal tan marcada como la que una victoria de Corbyn señalaría, y allá donde la socialdemocracia ha recuperado el gobierno se ha limitado a atenuar localmente algunas medidas extremas de austeridad, sin por ello dejar de acompañar disciplinidamente el curso del plan neoliberal continental. Pero también es cierto que entre los electos de ningún otro gran partido socialdemócrata europeo abundan ya perfiles políticos como el de Corbyn, y resulta difícilmente imaginable que uno de ellos pudiese encabezar las encuestas a las puertas de sus elecciones primarias. Las específicas historia y coyuntura políticas británicas y las cualidades personales del propio Corbyn han hecho posible esta excepción.

Como el resto de grandes fuerzas del centro-izquierda europeo en el contexto de los grandes pactos keynesianos de posguerra, el laborismo concilió durante décadas, no sin importantes quebrantos internos, su identidad obrerista y las renuncias y compromisos adquiridos con el orden existente. La ruptura de esos pactos con la gran oleada neoliberal de la década de 1970 fue catastrófica para el laborismo, finalmente arrollado en 1979 por el durísimo impacto de la crisis económica y el pujante radicalismo oligárquico de Margaret Thatcher. Para cuando el laborismo volviese al gobierno en 1997, bajo la dirección de Tony Blair, lo haría ya transfigurado en parte casi indiscernible del consenso neoliberal sólidamente implantado en las dos décadas anteriores, y al cabo, en sorprendente aliado preferencial de la administración neoconservadora norteamericana de George Walker Bush.

Pero incluso en los peores momentos del blairismo, las fuertes raíces obreras del laborismo y su porosa frontera izquierda con sindicatos y movimientos –además de la persistente incapacidad de la izquierda alternativa para generar proyectos políticos propios solventes– permitió la supervivencia de un reducido pero sólido núcleo izquierdista, del que Corbyn ha sido un referente importante desde su primer mandato parlamentario en 1983. Nacido en 1949 en el seno de una familia trabajadora de fuerte compromiso social, Corbyn se forjó políticamente en el combativo sindicalismo industrial y siempre ha compatibilizado la actividad parlamentaria y el activismo social en la histórica Campaign for Nuclear Disarmament –en la que milita desde hace más de cuarenta años– y en la Stop the War Coalition, en los movimientos contra el apartheid sudafricano, contra la ocupación israelí de Palestina o de solidaridad con la Venezuela bolivariana. Consecuentemente, el programa político de Corbyn se parece tan poco como su biografía política a los de François Hollande, Matteo Renzi, Pedro Sánchez o Sigmar Gabriel. En 2013 fue uno de los primeros firmantes del llamamiento de la Asamblea Popular Contra la Austeridad, plantea recuperar la llamada Cláusula Cuarta –que entre 1918 y 1995 definió la opción laborista por la propiedad pública de los sectores económicos estratégicos– y propone la nacionalización de los gigantes energéticos británicos y una activa política de estímulo económico ejecutado por una banca pública de inversiones. Frente a la doctrina oficial de su partido y los intereses de la todopoderosa City financiera londinense, Corbyn ha apoyado la cancelación de la deuda griega reivindicada por Syriza. Destacados dirigentes de la izquierda griega han apoyado su candidatura al liderazgo laborista, como también ha hecho el Círculo londinense de Podemos.

No sería fácil para Corbyn, aún con el respaldo de una holgada mayoría de sus bases, rescatar al laborismo del consenso neoliberal –con la previsible oposición del aparato del partido y la tupida malla de intereses que este comparte con el establishment británico–, entenderse con el resto de una izquierda muy fragmentada –del Partido Nacional Escocés, aplastante ganador de las pasadas elecciones en Escocia, al Partido Verde, respaldado en mayo por un millón de electores, pasando por la Left Unity, de escaso peso electoral pero clave como polo de agregación del activismo social–, a la vez que recuperar para la izquierda el voto de protesta captado por los ultraderechistas UKIP y BNP, y con todo ello componer una mayoría social suficiente para enfrentarse en la calle y el parlamento durante los próximos cinco años, y en las urnas en 2020, al rocoso bloque histórico neoliberal que ha conducido ininterrumpidamente los destinos de Gran Bretaña desde 1979.

Si a Corbyn le acompañase la fortuna en estos empeños, removería no solo el escenario político británico sino también el continental, abriendo un inesperado foco de resistencia a las políticas de austeridad tanto en el hasta ahora inexpugnable núcleo duro septentrional del neoliberalismo europeo como en la igualmente inexpugnable internacional de grandes partidos socialdemócratas. Reforzaría con ello, además, la polaridad progresista de las fuerzas anti-austeridad europeas, frente al preocupante crecimiento de los antagonismos reaccionarios. Motivos más que suficientes para, desde cualquier lugar de Europa, desear y en la medida de lo posible contribuir a que Jeremy Corbyn se convierta en septiembre en el nuevo líder de un renovado laborismo británico.

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