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Si los hombres se quedaran embarazados

Naciones Unidas ha llamado la atención a España por las dificultades para acceder a la interrupción voluntaria del embarazo. Todavía estamos así y lo cierto es que no hablamos suficientemente de ello. Hemos dejado de hablar de que en El Salvador una mujer puede ir hasta 50 años a la cárcel por un aborto espontáneo y de que, según Amnistía Internacional, 40.000 mujeres mueren cada año por complicaciones en el aborto y más de 16 millones de adolescentes dan a luz tras un embarazo no deseado.

En España, fue un delito castigado hasta 1985, cuando el feminismo radical convirtió lo personal en político y comenzó un proceso de reapropiación del cuerpo y de la sexualidad femenina. Se aprobó una ley de mínimos, que despenalizó tres supuestos: gravedad para la salud de la madre, violación o malformación del feto. El Gobierno de Zapatero permitió el aborto libre durante las primeras 14 semanas, pero el PP recurrió esta ley, y cuando llegó al poder,  la modificó para hacerla más restrictiva en el caso de las menores.

Pese a los avances, el aborto libre y gratuito como derecho básico es todavía una utopía. Seguimos teniendo que reclamar que nuestro cuerpo y nuestra sexualidad nos pertenezcan, luchando además contra la estigmatización de la sociedad. Personalmente, comprendo a las mujeres que deciden tener una criatura tanto como a las que interrumpen su embarazo. Escuchamos que la vida es sagrada, pero hemos asumido guerras, pobreza extrema o hambrunas con total normalidad. Es una decisión tan personal y tan arraigada a las circunstancias propias de cada una que ni los políticos, ni la comunidad, ni las familias deberían entrometerse. ¿En base a qué podemos obligar a la maternidad? ¿Por qué es correcto que una mujer decida sobre la vida, pero incorrecto que lo haga sobre la no vida?

Hay que enfocar el debate en lo esencial: la mujer y su derecho a decidir su futuro de manera racional, responsable y meditada. Hay que comprender que “quedarse embarazada en contra de la propia voluntad significa empezar a perder el control sobre la propia vida”, como escribe Germaine Greer en La mujer completa; y que, en definitiva, solo se trata de “intentar reparar un error que puede destruirte”, como afirma Caitlin Moran en Cómo ser mujer. Hay que simplificarlo y normalizarlo hasta acabar con el tabú. Es una experiencia compleja, sí, pero no tiene por qué ser obligatoriamente traumática y mucho menos, criminal.

Hablemos más del aborto, hasta que las leyes y la sociedad dejen de tratarnos como madres en potencia y nos traten como seres humanos con derecho a la salud reproductiva. Si los hombres pudieran quedarse embarazados, nadie se atrevería a decidir por ellos y nadie se atrevería a afirmar que el objetivo de sus cuerpos es la procreación. Como dijo la abogada Florynce Rae Kennedy, si los hombres pudieran quedarse embarazados, el aborto sería un sacramento.

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