Sobre este blog

Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

Alemania decide sobre Europa y Europa no se atreve a rechistar

Las elecciones alemanas de este domingo llevan más de tres meses paralizando la vida política europea. Nadie, ni en Bruselas ni en las capitales de la Unión, y mucho menos en el Banco Central Europeo, se ha atrevido a tomar iniciativas que pudieran alterar el debate político germano. Ese hecho extraordinario no sólo demuestra que Alemania manda mucho -pues cabe suponer que la orden de "no molestar al conductor" ha llegado de Berlín- sino también que los demás gobiernos europeos, incluido el francés, son mucho más débiles de lo que cada uno de ellos estaría dispuesto a reconocer. Lo malo es que, si se cumplen los pronósticos, y el gobierno alemán que surja de las urnas sigue haciendo en Europa más o menos lo mismo que su predecesor, ambas realidades –la fortaleza de uno y las graves limitaciones de los demás- aparecerán, sin tapujos, como expresión de un mal más profundo: la caducidad del proyecto europeo o, si se quiere, su falta de futuro.

En contra de lo que se creía hasta hace poco, en estos momentos hay incertidumbre sobre el resultado final de las elecciones. No hay duda alguna de que Angela Merkel, si ella quiere, repetirá como canciller. Tampoco de que su partido, el CDU, junto con su histórico aliado bávaro, el CSU, ganará los comicios. Pero se desconoce cuál será su socio de gobierno. Podrían ser los liberales, el FDP, como en los últimos cuatro años, o los socialdemócratas, el SPD, como en la legislatura anterior a la actual. La hipótesis de un gobierno de estos últimos con los verdes parece poco posible, no solo porque los ecologistas no están en su mejor momento, sino porque en Alemania siempre ha gobernado el partido vencedor. Y aunque suba mucho -algo que no descartan los últimos sondeos-, no parece que el SPD vaya a batir al CDU/CSU.

Die Linke, la izquierda radical o, cuando menos, ajena a los presupuestos políticos y económicos de base que comparten el centro-derecha y los socialdemócratas, obtendrá en torno al 10 % de los votos, lo cual, sea dicho de paso, no es cosa de poco. Pero sólo un milagro impensable les podría llevar a coaligarse con socialdemócratas y verdes. Por lo tanto, las dos principales incógnitas electorales se refieren a los partidos más pequeños. De un lado a los liberales y, de otro, a la Alternativa por Alemania, una formación de derechas surgida del CDU hace menos de un año y que según las encuestas de ayer mismo podría obtener el 5% de los votos y, por tanto, entrar en el parlamento para defender el principal punto de su programa, es decir, la salida de Alemania del euro.

Parece seguro que una subida del FDP respecto de las encuestas –que hasta hace nada lo situaban fuera del hemiciclo, pero que en los últimos días no descartan que supere la barrera- se produciría a costa de los resultados del partido de Angela Merkel. La eventual subida de la Alternativa también sería a costa del CDU. Sumados, ambos efectos podrían provocar una situación en la que los escaños del centro-derecha sumados a los de los liberales no serían suficientes para formar gobierno y en la que la única salida sería una coalición entre el centro-derecha y los socialdemócratas.

Pero el contenido político de esa fórmula dependería también de los resultados de unos y de otros. La política de ese gobierno de coalición no sería la misma si el CDU obtiene el 41 % y el SPD el 25% que si la relación fuera de 35 a 31 % y los sondeos dan posibilidades a ambas opciones. En la segunda de ellas, lo socialdemócratas tendrían mucha más fuerza para imponer dos de sus principales puntos programáticos: el establecimiento de un salario mínimo legal y el aumento en 5 puntos del tipo impositivo del IRPF a los alemanes más ricos.

Ambas cosas obligarían a Angela Merkel a dar un pequeño golpe de timón a la orientación política que ha venido siguiendo desde 2009. Pero para lo que interesa fuera de Alemania, la entrada de los socialdemócratas en el gobierno no debería modificar sustancialmente la política germana hacia Europa y hacia el euro. Aún haciendo genéricas referencias a la necesidad de ser más solidarios con los países que peor lo están pasando y también a lo oportuno que podría ser un 2º Plan Marshall para ayudarlos, la campaña del SPD no ha atacado frontalmente la idea de Angela Merkel de que Alemania sólo contribuirá a la estabilidad financiera europea si los países deudores hacen sacrificios, una política cuyos desastrosos efectos tan bien conocemos por nuestros pagos.

Si Alternativa por Alemania logra entrar en el parlamento, la canciller será aún más inflexible en esos planteamientos: la unión bancaria podría quedar aún más postergada y no digamos los eurobonos. Porque un éxito del partido euroescéptico -logrado contra viento y marea, es decir, contra la canciller misma- confirmaría la fortaleza de esas opiniones entre el electorado germano. Y sus posiciones podrían mejorar en las elecciones europeas del año que viene.

En definitiva que lo más probable es que el signo de las indicaciones políticas que Alemania transmite al resto del continente, y que gobiernos como el de Mariano Rajoy interpretan como órdenes, no cambie al menos hasta que éstas tengan lugar. Hay quien cree que más adelante las cosas podrían cambiar. Pero ese horizonte, hoy por hoy, está demasiado lejos como para confiar. Y, sobre todo, no está ni mucho menos descartado que el cambio, aunque relajara algo las imposiciones de austeridad, no fuera precisamente en el sentido de reforzar la solidaridad, sino todo lo contrario.

Lo que sí es bastante evidente es que, hoy por hoy, el resto de Europa carece de fuerza política alguna para influir en ese debate, que seguirá siendo un debate interno alemán. O, cuando menos, no se atisba voluntad política alguna de ello. El espectáculo de estos tres últimos meses así lo confirma. Alemania no tiene ni mucho menos claro qué va a hacer en Europa. Y el resto de la Unión asiste en silencio a la sucesión de sus dudas y de sus decisiones a corto plazo.

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Carlos Elordi es periodista. Trabajó en los semanarios Triunfo, La Calle y fue director del mensual Mayo. Fue corresponsal en España de La Repubblica, colaborador de El País y de la Cadena SER. Actualmente escribe en El Periódico de Catalunya.

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20 de septiembre de 2013 - 20:00 h

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