Memorial de las víctimas del terrorismo: memoria imprescindible, pero incompleta

Los primeros visitantes acceden al Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo.

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El pasado martes 1 de junio se inauguró en Vitoria-Gasteiz el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Su página web se abre con una frase de Primo Levi: "Meditar sobre lo que pasó es deber de todos". Así lo creo también yo, compartiendo plenamente esa frase y todo lo que entiendo que la misma debe abarcar. 

La creación de este Centro Memorial, prevista en la Ley 29/2011, de Reconocimiento y Protección Integral de las Víctimas del Terrorismo, tiene por objetivo "preservar y difundir los valores democráticos y éticos que encarnan las víctimas del terrorismo, construir la memoria colectiva de las víctimas y concienciar al conjunto de la población para la defensa de la libertad y los derechos humanos y contra el terrorismo". Fines no solo loables sino, además, imprescindibles para una sociedad tan golpeada por la(s) violencia(s) —terrorista en sentido estricto y otras, pero todas tremendamente injustas— como lo ha sido la vasca —y la española en su conjunto—.

El Centro Memorial abarca, esencialmente, a las víctimas del terrorismo causado por las diversas ramas de ETA, los Comandos Autónomos Anticapitalistas, los GAL o la extrema derecha, tal como se recoge en su fondo documental, así como a las víctimas del terrorismo yihadista, que golpeó especialmente en Madrid en el año 2004 y en Barcelona en 2017.

Y lo hace y lo hará por medio de múltiples exposiciones, relatos, publicaciones y actividades de todo tipo, incluida la educación como área estratégica, lo que siempre resulta del máximo interés.

La cuestión es si estos fines pueden lograrse plenamente con estos medios o si habría habido alguna vía más efectiva o, al menos, más completa y más inclusiva de todas las personas que han sido víctimas de gravísimas violencias, aunque no hayan —todavía— obtenido el reconocimiento jurídico de ser víctimas de algún terrorismo legalmente así considerado.

No es, debo recordarlo, afortunadamente, la única gran iniciativa institucional en este sentido. De hecho, existe ya en Euskadi, creado por la Ley 4/2014 del Parlamento Vasco, el Instituto Gogora —Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos—, nacido con la finalidad de velar por "la preservación, desarrollo y difusión del patrimonio colectivo que supone la memoria de la defensa de los principios y valores en que se sustenta la convivencia democrática y que encuentra en el testimonio de las víctimas parte insustituible de ese patrimonio", y ello "respecto al proceso sostenido a lo largo de décadas en defensa de la libertad y del desarrollo de la democracia en nuestro país". Algo sobre lo que también cabe una reflexión importante, pues da por sentada la existencia de ese proceso para la libertad y la democracia, que en algunas etapas pasadas está aún por constatar —o no—, desde el punto de vista del posicionamiento ciudadano expreso.

Lo que, a su vez, se completa —por el momento— con numerosas iniciativas ciudadanas de encuentro por la convivencia desde el recuerdo crítico del pasado reciente.

En cualquier caso, lo que es incuestionable es que el Centro Memorial no reúne una memoria completa, pues ya de entrada incluye "solo" a las víctimas del terrorismo así reconocidas. Es mucho, desde luego, pues abarca, como he dicho, a quienes han padecido, siempre injustamente, la violencia de cualquier grupo terrorista. Pero faltan las víctimas de otras violencias aún no calificadas legalmente de terrorismo, como las violencias también verdaderamente aterradoras de aparatos del Estado —policiales, principalmente—, que no son pocas. Violencias que se han padecido en muchos lugares del Estado y que han dejado, como todas, un inmenso e injusto dolor. Dolor que, además, no se va a ver paliado por el reconocimiento que este centro ofrece justamente a otras víctimas. 

Víctimas que han sido brutalmente torturadas y asesinadas en actuaciones policiales con o sin respaldo oficial —recordemos, por ejemplo, sin pretensión exhaustiva alguna, a los cinco trabajadores muertos en Vitoria en 1976, los tres jóvenes de Almería en 1981 o Mikel Zabalza en 1985— o torturadas —un informe recoge hasta 5.022 casos de torturas causadas en Euskadi por fuerzas policiales—. ¿No son acaso también víctimas de tremenda violencia atentatoria contra los más elementales derechos humanos en un contexto político muy determinado? ¿No merecen el mismo respeto y no encarnan igualmente y con la misma dignidad los valores democráticos y éticos que han de ser preservados?

Y ello, cuando seguimos bajo la vigencia de una Ley de Secretos Oficiales que ha impedido investigaciones judiciales de gravísimos hechos delictivos en torno a los que hemos tenido recientemente ocasión de escuchar escalofriantes grabaciones. Una ley cuya reforma profunda —una ley de nuevo cuño, en realidad— contribuiría de manera decisiva al debido ejercicio de memoria oficial, colectiva y completa y cuyo mantenimiento en sus términos actuales solo contribuye a la mentira eterna y a la impunidad mediante la desmemoria impuesta.

"Meditar sobre lo que pasó es deber de todos", dijo Primo Levi. Sobre "todo" lo que pasó, debió querer decir —permítanme interpretar sus palabras—. Porque no es posible el conocimiento si es incompleto; la verdad no admite ángulos ciegos ni ejercicios de negacionismo alguno. Los ángulos ciegos solo generan mentira e inseguridad. Las víctimas de las injusticias terroristas y siempre aterradoras merecen, todas, compartir espacios como este y otros.

Y también quiso decir, sin duda, Levi que esa meditación es deber de "todas" las personas. Y esto sí que es un enorme problema al que también habremos de someternos. Porque qué difícil y qué duro ha de resultar enfrentarse a este pasado por tantas y tantas gentes que, para que nada les ocurriera, ni siquiera la más mínima incomodidad, han —hemos— vivido en estos tremendos tiempos como si nada —o casi nada— ocurriera. 

Y es que, como ya dijo alguien, la verdad nunca cabe en un solo sueño. Y añado yo: tampoco en una sola pesadilla. Sumemos sueños, unamos pesadillas y estaremos más cerca de la verdad y, por tanto, de la justicia.

Y un último inciso, que alguien calificará de "menor" pero que no puedo pasar por alto. El organigrama del Centro Memorial, según su propia web, está formado por su director y cuatro responsables de área. Y miren, los cinco son hombres. ¿Cómo es posible esto todavía hoy? ¿Cómo influirá o ha influido ya en su actuación? Más cuestiones a pensar...

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Publicado el
6 de junio de 2021 - 22:07 h

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