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La Historia en el debate político

La historia nos ayuda cuando descubre en el presente el legado no observado de mecanismos que actuaron en el pasado, más bien que proyectando sobre el pasado situaciones activas en el presente; lo que requiere investigación con datos y comparaciones, más bien que originalidad. Van un par de ejemplos.

El reto es el siguiente. Por una parte, la historia está más de moda que nunca en las ciencias sociales. Proliferan los estudios que, con metodologías más o menos imaginativas, tratan de desenterrar legados históricos que nos ayuden a entender los grandes misterios del presente: ¿Por qué unos estados Europeos “funcionan” mejor que otros? “¿Por qué España siempre se reforma tarde, mal y nunca?” y, por supuesto, La Pregunta: ¿Por qué unas naciones gozan de un estado y otras no? Pero, por otra parte, la historia es un enorme cerezal del que podemos “coger las cerezas” que más nos convienen, con lo que hay que estar atento para evitar que los relatos históricos se conviertan en un instrumento al servicio de una particular visión ideológica o nacionalista.

Esto último es lo que fundamentalmente pasa en nuestro país. Lo podemos ver claramente con tanto artículo esgrimiendo las “razones históricas” para la existencia del Estado español (o del catalán). No usamos la historia para entender mejor nuestra situación, sino para justificar una determinada meta política. Creo que debemos continuar hablando en el debate público, y mucho, de nuestra historia, pero para ello necesitamos girar el foco del debate en un doble sentido. Mi principal objetivo en esta entrada es tratar de dejar claros esos dos giros que deberíamos dar a los debates políticos sobre la historia.

Dos cambios en el debate

El primer paso es superar esta trasposición de categoría contemporáneas y, en particular, las identidades colectivas – los catalanes, los castellanos, etc. – hacia atrás. Aunque esto pueda sonar obvio, la idea es que no deberíamos ver la historia como una recreación hacia atrás de los conflictos actuales – o similares – sino que, más allá de los conflictos, deberíamos ser capaces de perfilar las fuerzas (o instituciones) que determinaban los comportamientos individuales en una determinada época – y que quizás nos continúan determinando hoy día, porque estamos descubriendo, gracias a muchos estudios, que los legados históricos son más importantes de lo que parecían. Deberíamos dar más importancia a las “variables” políticas (¿había más o menos concentración de poderes? ¿más o menos representación parlamentaria? ¿más o menos capacidad recaudatoria de impuestos?) presentes en una época que a los conflictos políticos puntuales.

Una nota. Con esto no quiero decir que no hubiera identidades colectivas en, digamos, el siglo XVIII; o que esas identidades no fueran, más o menos, coincidentes con los territorios depositarios de esas identidades hoy día; o que esas identidades no tuvieran efecto sobre el devenir de los hechos clave de la historia. No. Lo que quiero decir es que, para empezar, es poco fructífero ponerse a discutir de estos temas: si no nos ponemos de acuerdo con las balanzas fiscales de 2013, con la inmensidad de datos de que disponemos ¿cómo vamos a ponernos de acuerdo con las balanzas fiscales, o los agravios que fueren, de hace 300 años?

Y, lo más importante: si bien durante mucho tiempo se pensó que la identidad peculiar de los grupos sociales era clave para explicar la historia –bueno, en España todavía algunos creen que la mentalidad menestral o de los hobbits explican el problema catalán– hoy en día el centro de atención predominante para los científicos sociales son variables genéricas y no contingentes a un lugar específico. Variables que “viajan” de unos países a otros y que nos permiten comparar. Los variables más fértiles han sido las institucionales y, en particular, un gran número de autores se ha centrado en la distribución del poder político (el grado de  “concentración del poder” en una mismas manos) y la maquinaria del estado (la “capacidad del estado”).

Estas variables, a su vez, están relacionadas (son consecuencia, pero también causa) de otras variables culturales fundamentales para entender la prosperidad de las sociedades, como la confianza social y la confianza en la autodeterminación individual.

Y esto enlaza con el segundo cambio que creo necesario a la hora de abordar el debate sobre nuestra historia: tratemos de movernos desde el terreno de las especulaciones y los conceptos vagos (por muy originales que sean) hacia el terreno de los datos.

Con estas dos cuestiones en mente me gustaría presentar cuatro trabajos: dos comparados (algo superficiales) y dos centrados en España (más profundos y que creo que deberían inspirar nuestro debate mucho más).

 Dos Trabajos Comparados

Un par de estudios comparados han encontrado que, para entender las importantes diferencias (en desarrollo económico, pero también en calidad de gobierno y corrupción) entre territorios de la Europa Occidental que hoy día son regiones dentro de estados (en Italia, Francia o España, por ejemplo) pero que fueron unidades políticas más o menos independientes en el pasado, hay que echar un vistazo a la historia política de esas comunidades. Guido Tabellini muestra cómo aquellas regiones europeas que, desde principios del siglo XVII, estuvieron gobernadas de forma más autocrática pagan, hasta el día de hoy, un precio en términos de un menor desarrollo económico. El “mecanismo” fundamental para Tabellini sería la confianza social: una historia de autoritarismos lleva a que los ciudadanos de un lugar tengan menos confianza en los demás.

En un trabajo con Nicholas Charron  complementamos ese hallazgo con otro mecanismo: el clientelismo. En las regiones donde el poder ha estado históricamente más concentrado los ciudadanos tienden a invertir más en “amiguismos” para salir adelante en la vida. Conocer a la gente adecuada puede importar más que trabajar duro a la hora de tener una carrera tanto en el sector público como incluso en el privado.

El siguiente gráfico ilustra la relación “bruta” entre calidad de gobierno en las regiones europeas hoy día (medido en el eje vertical, y en base a una encuesta que presentamos aquí: y la concentración de poderes a nivel histórico (desde 1600), con los países con mayor tradición autocrática en la izquierda y los más democráticos (para su época) en la derecha.

 


 Fuente: Charron y Lapuente, WhyDo Some Regions in Europe Have a Higher Quality of Government?

 

Dos advertencias antes de extraer muchas conclusiones de este gráfico. La variable de calidad de gobierno no “funciona” muy bien para España (estamos trabajando en una versión mejor basada en una encuesta posterior y con más encuestados por región). En todo caso, con la salvedad de España (y Cataluña en particular), la relación es muy parecida si reemplazamos la variable de calidad de gobierno por otra variable de “prosperidad” de las regiones (como renta per cápita). Los países-regiones con mayor tradición autocrática tiene peores (y estadísticamente significativos, con un número importante de controles) resultados. La segunda advertencia es que la historia influye, pero no determina. El efecto, aun siendo significativo, no es muy sustantivo. Podemos “vencerlo”. Pero, para vencerlo, primero debemos conocer su existencia.

Dos trabajos sobre España

 Dos trabajos recientes sobrela historia de España que nos ayudan a entender muchos de los problemas que sufrimos hoy día son Distant Tyranny: Markets, Power, and Backwardness in Spain, 1650-1800 de Regina Grafe y España Capital París, de Germà Bel. El primero es muy desconocido en España –a pesar de ser una obra maestra de documentación, erudición y análisis de esos “tiranos distantes” que tuvo la España moderna. El segundo es más conocido, pero no ha sido tomado lo suficientemente en serio, sobre todo en Madrid.

Obviamente, hay muchos otros trabajos históricos excelentes sobre España – y quizás más excelentes. Además, animo también a leer otros trabajos realizados por Regina Grafe – como éste, con Alejandra Irigoin, sobre el Imperio español (alguno se llevará alguna sorpresa al ver los datos que discuten) –  y por Germà Bel –como su último libro, Anatomía de un desencuentro. [ Nota: en particular, los trabajos de Grafe deberían ser de lectura obligatoria para la élite política catalana y los de Bel para la élite política española ].

Pero si he elegido estos dos es porque son culminaciones – muy bien escritas, es una gozada leer a ambos– de dos interpretaciones antagónicas de la historia de España. Grafe muestra un arsenal de evidencia contra la interpretación anglosajona – empezando por el premio Nobel Douglas North – del imperio español como el ejemplo paradigmático de absolutismo, en contraste con el más proto-democrático – y business-friendly – imperio británico. Grafe muestra que los reyes españoles, lejos de ser déspotas omnipotentes, tenían que estar constantemente “negociando” con sus súbditos – y en particular con los distintos territorios que componían el imperio. De acuerdo con Grafe, España habría tenido, históricamente y en comparación con otras potencias europeas, un Leviatán bastante debilucho. Por el contrario, Bel muestra un Leviatán mucho más poderoso: un Leviatán cuya obsesión centralizadora le lleva a aplicar políticas de escasa racionalidad económica.

Ciertamente, cada autor enfatiza un determinado periodo histórico. Y, ciertamente, hay formas de reconciliar sus argumentos y sus evidencias empíricas que nos ayudarían a entender la intensidad de esas dos fuerzas tan nuestras: por un lado, una gran fuerza centrípeta, una vocación centralista de controlarlo todo a base de golpe de BOE; y, por otro, una gran tendencia centrífuga, un localismo (regionalismo-nacionalismo) que se nota en casi todas las facetas de la vida.

En todo caso, el debate está servido. O, mejor dicho, debería estar servido. Si fuéramos un país serio, organizaríamos debates, sobre todo en los medios de comunicación públicos, entre Grafe y Bel (o entre otros muchos científicos sociales trabajando sobre los legados históricos de largo recorrido en España). Como no lo somos, dejamosa los autores de libros para las ferias y monopolizamos los debates públicos son políticos y tertulianos. Así nos va.

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