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Venezuela: radiografía de una división

La gran mayoría muestra su insatisfacción con el sistema, su poca confianza en el gobierno e, incluso, no consideran al país una democracia

La fulgurante aparición del chavismo en la contienda electoral en el año 1998 supuso un elemento de polarización para la sociedad venezolana. Chávez planteó un modelo en el que se mostraba como solucionador definitivo a todos los males existentes tras la degradación progresiva de la democracia en Venezuela. En esa estrategia, los diferentes grupos opositores se sumaron a ese esquema de confrontación y plantearon un escenario de cordón sanitario que no funcionaría. 

Los primeros damnificados de esta nueva división fueron los partidos de izquierda, el Movimiento Al Socialismo y La Causa R se dividieron entre partidarios y contrarios a Chávez. Los segundos que experimentaron la división fueron los propios venezolanos. A principios del milenio ya no era extraño que a la gente en Venezuela se le definiera por su inclinación política. “Este es chavista” o “este es un escuálido” no eran expresiones ajenas al día a día de los venezolanos. La creciente dinámica de polarización propiciada por el chavismo en el gobierno (los que estaban contra Chávez, estaban contra la patria) y acelerada por una oposición que no tendió puentes ni entendió a los sectores que votaban al chavismo hasta bien entrada la década, tuvieron sus expresiones más duras en la creación de una institucionalidad a imagen y semejanza del chavismo o en el apoyo de un sector de la oposición al golpe de estado de 2002. También y no por ello menos importante en el diseño de un Estado que reparte sus recursos en función de la pertenencia política.

Dos todos y muchas partes

La creación de estos dos bloques confrontados elimina una realidad manifiesta: Venezuela es más heterogénea y sus agrupaciones políticas también. El chavismo no nace como un bloque monolítico, es diverso, y se apoya en los militares bolivarianos levantiscos del año 1992, en un grupo de independientes de toda ideología que fueron abandonando paulatinamente el barco chavista y en una multitud de grupos de izquierda revolucionaria que se encontraban orbitando alrededor del sistema democrático previo.

Más allá de las múltiples deserciones que se producen de manera escalonada, el chavismo intenta dirigir internamente a todas sus facciones a través de la creación de un partido único, el PSUV, en el año 2007, generando intimidación y guerras internas en algunos de los partidos que más reticencias ponen y solo permitiendo la supervivencia de las siglas más históricas como las del Partido Comunista.

En el otro polo, la oposición cumple con el paradigma de la mayor parte de aquellos partidos que utilizan el término “Unión” en sus siglas y que, paradójicamente, carecen de la misma. La Coordinadora Democrática, la MUD (Mesa de la Unidad Democrática) o el Frente Amplio han sido varios de sus proyectos. Las diferencias entre estos grupos son notables y cada uno de ellos tiene una ideología diferente. Los cuatro partidos principales son: el eterno Acción Democrática (centro-izquierda), Primero Justicia (centro-derecha), Un Nuevo Tiempo (centro-izquierda) y Voluntad Popular (centro), el partido de Juan Guaidó y de Leopoldo López, surgido al calor de las protestas estudiantiles. A éstos se suman un sinfín de pequeños partidos que van de la izquierda de inspiración obrera a la derecha conservadora y donde destacan los personalismos de Henri Falcón (chavista reconvertido) y María Corina Machado, una voz autónoma que sobresale como líder desde la derecha.

El madurismo y la tensión disruptiva

La llegada del tándem Maduro-Cabello al poder en 2013 ha acelerado dos cuestiones: las divisiones internas y la polarización. Todo ello debido a la necesidad de supervivencia del chavismo dificultada por el empeoramiento de las condiciones económicas. Por el lado chavista se han desmarcado de la gestión de Maduro algunos miembros y ex ministros que buscan liderar el movimiento y que se oponen a la gestión económica del presidente. Pero estas divisiones son mayormente individuales.

Desde la oposición, no es que la división haya aparecido, es que nunca se fue, solamente se oculta tras diversas expresiones de euforia como la del nombramiento como presidente interino de Juan Guaidó. Las tendencias hacia un lado u otro de personajes como María Corina Machado, perteneciente a la línea dura, dificultan la proyección de una estrategia unitaria y obstruyen la tarea de personajes que se sitúan en una perspectiva más moderada como Capriles Radonski o el propio Guaidó. Ello facilita a su vez la estrategia de Maduro y Cabello para mantenerse en el poder, que pasa por minimizar la división en su entorno a través del control férreo y acelerar las contradicciones que afloran en la oposición. Mientras esta situación se produce, la polarización en la sociedad venezolana no deja de aumentar. Lo evidencian los datos recogidos por el Latino Barómetro de 2017, y que a continuación nos proponemos a analizar.

El Gráfico 1 muestra el grado de satisfacción con la democracia de los venezolanos. Así, se evidencia que es a partir del año 2013, justo el mismo año en que fallece Chávez, cuando sube exponencialmente las opiniones “nada satisfecho”, aumentando del 22 por ciento de 2013 al 49 por ciento de 2017. Se podría considerar que la llegada de Nicolás Maduro a la presidencia provocó un masivo descontento con el funcionamiento de la democracia, en parte gracias a la continuidad del proyecto político de Chávez, pero sin el elemento aglutinador de su figura. Como bien expresa Mariana González Trejo, “sin Chávez, el bloque del “pueblo” comienza a perder la homogeneidad brindada por el líder. En el espacio chavista surgen otras opciones: chavistas que no respaldan a Maduro” (Geografía del Populismo, Tecnos, 2017).

Gráfico 1. Satisfacción con la democracia en Venezuela (2011-2017).

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Fuente: Latinobarómetro.

El aumento de la división y de la desconfianza con el gobierno de Maduro se refleja en el Gráfico 2. Este muestra el grado de satisfacción con el funcionamiento de la democracia en función del apoyo al gobierno o a la oposición. En mayor medida, los que están en contra del gobierno se muestran “no muy satisfechos” (14,2 por ciento) y “nada satisfechos” (81,4 por ciento). En cambio, los que se inclinan a favor del gobierno mantienen opiniones dispares. Si bien existe un 16,9 por ciento y un 20,4 por ciento que se sienten “muy” y “más bien satisfechos”, hay un 23,8 por ciento que se consideran “no muy satisfechos” y un 36,4 por ciento “nada satisfechos” con el funcionamiento de la democracia. Esto nos indica que la población a favor del gobierno no son “hooligans” que se posicionan pase lo que pase a favor de Maduro, sino que también mantienen opiniones críticas hacia su gestión.

Gráfico 2. Satisfacción con la democracia en Venezuela y apoyo al gobierno y oposición.

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Fuente: Latinobarómetro (2017)

Por su parte, el Gráfico 3 añade mayor información sobre la opinión que tiene la población hacia su democracia en función, nuevamente, de apoyar al gobierno o a la oposición. Queda patente que los sectores no oficialistas se decantan por considerar que Venezuela “no es una democracia” (62,8 por ciento) o es “una democracia con grandes problemas” (31,1 por ciento). Por parte del sector oficialista las opiniones siguen siendo dispares. Sólo un 14,5 por ciento de los que apoyan al gobierno se decantan por considerar a su país como “una democracia plena”, decantándose por considerarla “una democracia con pequeños problemas” (28,7 por ciento) y “una democracia con grandes problemas” (29,1 por ciento).

Gráfico 3. Definición de la democracia en Venezuela y apoyo al gobierno y oposición.

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Fuente: Latinobarómetro (2017)

Finalmente, el Gráfico 4 muestra cómo la desconfianza hacia el sistema político venezolano se sustenta en una creencia a que el país está gobernado por “grupos poderosos en su propio beneficio”. Tanto los que apoyan al gobierno (51,6 por ciento) como los que apoyan a la oposición (96,5 por ciento) lo creen así. Por contra, un 43,1 por ciento de los oficialistas consideran que se gobierna “para el bien de todo el pueblo”.

Gráfico 4. Opinión sobre quién gobierna en Venezuela y apoyo al gobierno y oposición.

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Fuente: Latinobarómetro (2017)

En definitiva, lo que se desprende de los datos analizados es que la polarización del país, más que una novedad traída por el madurismo, es una constante que prevalece desde los primeros años del chavismo en el poder. Pero lo que resulta más interesante son las divergencias en el nivel de cohesión de las diferentes partes de la población venezolana. El oficialismo se muestra mucho más diverso y heterogéneo, lo que nos señala un soporte que no asume en su totalidad el discurso madurista y revela un apoyo más débil. En la otra vertiente, los favorables a la oposición se muestran compactos y unificados a la hora de expresar su desencanto con la situación que presenta el país. La gran mayoría muestra su insatisfacción con el sistema, su poca confianza en el gobierno e, incluso, no consideran al país una democracia. Los resultados contrastan con la división interna que ha caracterizado a muchas etapas de la vida de las diferentes coaliciones opositoras. Esto no se debe tanto a disparidades en la percepción de quién es el culpable de la situación y cuál es la solución a sus problemas, sino más bien a la estrategia para lograr este fin último.

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