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¡Qué derecho tuerces!

Estamos presenciando un creciente número de líderes políticos, espirituales y deportivos que mantienen con gran rotundidad afirmaciones falsas o erróneas

El efecto Dunning-Kruger, según el cual los más incompetentes son los que se muestran más seguros, fue demostrado hace ahora veinte años y su hipótesis se apoyaba en observaciones científicas previas que se remontan hasta la Grecia clásica

El efecto Dunning-Kruger está recibiendo mucha atención por científicos e investigadores de todo el mundo a partir de la victoria de Trump y debe obligarnos a revisar críticamente las afirmaciones de aquellos que las expresan con gran seguridad

Tres monos sabios

Los homeópatas venden agua con azúcar en farmacias para curar casi todo. Los negacionistas del cambio climático dicen que la Tierra se ha calentado más rápido otras veces en el pasado sin la intervención humana. Muchos políticos prometen mejoras sociales bajando impuestos a partir de su interpretación de los modelos económicos. Bastantes deportistas afirman aún hoy en día que las agujetas son debidas a microcristales de ácido láctico. En las playas se escucha a los padres prohibir el baño a sus hijos porque se les cortará la digestión. En los bares y en las televisiones los hay que insisten en que la igualdad de las mujeres y los hombres se logró en España hace ya muchos años. Lo único que tienen en común todas estas situaciones, además de apoyarse en el error, es que quienes las defienden lo hacen con mucha rotundidad. Como si las alternativas fueran imposibles o puros disparates. Un provocador artículo reveló hace ahora veinte años la base científica de que los incompetentes se muestren muy seguros. Se conoce como el efecto Dunning-Kruger y ha vuelto a suscitar mucha investigación tras la victoria de Trump en las elecciones norteamericanas de 2017. 

El estudio mostró, sin apenas margen para la duda, que las personas que peor resolvieron los tests se mostraron, sin embargo, más seguros de haberlos hecho bien. El trabajo fue sencillo, claro y estuvo bien diseñado. Las implicaciones son terribles. Los resultados confirmaban la hipótesis de los autores que se apoyaba, a su vez, en la afirmación "la ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento" del mismísimo Charles Darwin en 1871 y que entroncaba a su vez con la tradición socrática de que "el auténtico conocimiento es saber que no se sabe nada". Pero los propios Dunning y Kruger, autores del trabajo inicial, se quedaron sorprendidos por la potencia y claridad de los resultados de sus encuestas. El patrón era general entre diferentes grupos sociales y se mantenía independientemente de los contenidos del test. 

Estamos viviendo tiempos paradójicos y sorprendentes donde apoyamos a líderes incompetentes e ignorantes a pesar de la cantidad de conocimiento que tenemos a nuestro alcance y de la proliferación de herramientas gratuitas y universales para acceder a él a través de internet. En estos tiempos vemos entrenadores de fútbol, influencers y reyes de las redes sociales, responsables de la iglesia y, lo que es peor, conocidos políticos y hasta presidentes de gobierno contar con un abrumador apoyo popular diciendo grandes sandeces apoyadas presuntamente en datos o en alguna forma de conocimiento. No podemos criticarles a ellos, o no sólo a ellos. Ellos responden al patrón planteado por Darwin hace siglo y medio o por los griegos hace un par de milenios de que es la ignorancia y no el conocimiento lo que lleva consigo la confianza. La sociedad se sacude de encima la incertidumbre, particularmente cuando las cosas en lo social y en lo económico no van bien, y abraza la seguridad, la confianza ciega, la rotundidad. En estas situaciones la sociedad opta por creer en lo que quiere creer, como si uno pudiera elegir entre distintas versiones de la realidad, como si la dinámica celeste, las reacciones químicas o la trigonometría pudieran apoyarse en distintas ecuaciones según nuestras necesidades o preferencias. En estas situaciones la sociedad busca y apoya líderes que se muestren muy seguros, aunque sean incompetentes. 

Para no hacernos demasiado mala sangre con la loca concatenación y las profundas implicaciones de todos estos hechos quizá convenga combinarlos con un poco de ironía y retranca, como la que caracteriza a algunos habitantes de zonas rurales que lo han visto todo sin moverse del territorio que los vio nacer.  No es raro presenciar una conversación como esta entre un lugareño y un habitante de una gran ciudad que visita fugazmente la zona en su flamante todoterreno:

–¡Qué vida más sana y qué aire más limpio se respira aquí! –dice el visitante

–Diga usted que sí –le replica el paisano

–El pueblo es muy bonito, pero está muy mal situado, ¿no? Aquí, en lo alto del cerro, cuando abajo en el valle, cerca del río y de las tierras de labranza hubiera sido ideal, ¿no?

Sí, claro… pero así son las cosas…

Cuando el urbanita se sube al imponente vehículo y se marcha a continuar su veloz exploración de la comarca, el hombre lo mira marchar y musita para sí mismo "¡Pero qué derecho tuerces!" mientras recuerda los destrozos de la última riada. 

La ciencia avanza generalmente desvelando patrones, mostrando correlaciones o apuntando características matemáticas o estadísticas en una base de datos o en un determinado estudio. Estos patrones o correlaciones no son más que un primer paso. Estos patrones no indican mecanismos ni prueban causalidad y normalmente abren más preguntas de las que cierran. Son famosos los casos de correlaciones espurias como la de la frecuencia de crímenes y la asistencia a misa en Estados Unidos, o la cantidad de cigüeñas y de nacimientos en Europa. Un incompetente mantendría con gran seguridad conclusiones como que la gente acude más a misa para compensar por sus actos delictivos o que efectivamente son las cigüeñas las que traen los niños a los hogares y hospitales. Pero una sociedad crítica sabe que disponemos de herramientas para averiguar realmente las causas y los mecanismos que explican los patrones antes de saltar a unas conclusiones rápidas sin barajar alternativas. Este es el desafío último de los científicos: contribuir a crear una sociedad crítica que no se apoye en dogmas, pseudociencias o verdades reveladas, sino que cuestione las afirmaciones y las revise regularmente. Mostrémonos cautos ante quien hable de forma rotunda y comprobemos las fuentes de sus afirmaciones.  La vehemencia en la defensa de argumentos cicateros o directamente falsos no debe hacernos aceptar una verdad torcida.

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