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El síndrome de Estocolmo

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“Que Corberán haya hecho que hoy –el día del Alavés- estemos nerviosos por poder entrar en Europa después de cómo estábamos es para que el Vaticano lo catalogue de milagro”, “hay que remar, no es momento de criticar” o “una vez conseguida la salvación podemos soñar con Europa” son solo alguno de los mensajes reales que creímos que nunca llegaríamos a leer.

La indefensión aprendida, definida por Martin Seligman en la década de los 60, se refiere a la sensación de impotencia y desesperanza que puede desarrollarse en individuos que experimentan situaciones adversas o dolorosas de manera repetida y sin control. Seligman observó que animales sometidos a shocks eléctricos sin posibilidad de escape, posteriormente no intentaban escapar incluso cuando tenían la oportunidad. Asimismo se observó su aplicación en humanos que sufren situaciones de abuso, trauma o estrés crónico, afectando a su salud mental y su capacidad de tomar decisiones y actuar.

En 1973, en Estocolmo, un grupo de rehenes estableció vínculos con sus secuestradores, dando nombre a otra teoría que nos puede ayudar a explicar la actitud de estos valencianistas. Esta empatía con los captores puede parecer contraintuitiva, pero es un mecanismo de supervivencia para reducir el estrés y el miedo. Se cree que puede surgir debido a la dependencia emocional y física hacia el secuestrador, así como a la percepción de benevolencia o gestos de amabilidad en un contexto de miedo y control.

En el contexto del valencianismo podemos observar cómo, merced a la prensa servil y una afición gentrificada, el debate se centra en la pelotita y no en la crítica a una propiedad que ha demostrado, por activa y por pasiva, y especialmente desde el 11 de septiembre de 2019, que en su modus operandi no prima lo deportivo, sino el intercambio de jugadores como bienes y mercancías.

Y sin embargo, el balón. Y sin embargo, discutimos sobre si se ha de ovacionar a Enzo, Mosquera o Mamardashvili. Y sin embargo, las loas a Corberán, el 3-5-2 y el olvido generalizado de los abusos cometidos, del desprecio al socio, de la falta de libertades, de las querellas a granel, de la junta ilegal, de tantas y tantas tropelías.

El dedo, la luna, el tonto y la rueda del hámster. Y mientras tanto, algunos, nos sentaremos en nuestra vieja silla de enea a ver cómo pasa la ola benefactora del corberanismo y vuelven las oscuras golondrinas a posarse en los balcones de la avenida de Suecia. Y volverán entonces a pedirnos que encabecemos la lucha hasta el próximo truco del manco que se saque de la chistera el local management.

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