Bienvenidos al siglo XIX
La agresión violenta contra la soberanía nacional de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro en Caracas nos han situado de golpe donde estábamos desde la invasión de Ucrania y no nos queríamos enterar porque todo era culpa de Vladímir Putin: en el siglo XIX; antes de la ONU, antes incluso de la Sociedad de Naciones, con la declaración universal de los derechos humanos convertida en una reliquia de museo como el código de Hammurabi. No se vayan, amiguitos, que aún habrá más. El presidente Donald Trump no es nuestro aliado y nunca lo será: ¡¡sorpresa!!
Decía John Kenneth Galbraith que parte de nuestros problemas para entender el siglo XX era que lo gestionábamos con conceptos del siglo XIX. Va a resultar que continúa siendo el problema en el siglo XXI. Tan es así que a un secuestro que viola todas las normas del derecho nacional e internacional se le llama detención, a un acto de guerra que infringe todas las leyes internacionales se le denomina intervención y a las bombas que tiran los americanos se las presenta como “explosiones”.
“Bienvenidos a 2026” proclamó exultante pocas horas después de la agresión el anabolizante secretario de Guerra USA, Pete Hegseth; bien podría haber dicho “Bienvenidos a 1826”. La doctrina Monroe (James Monroe, 1823) y el petróleo; fin de la cita. Esa es toda la legitimidad que invoca y necesita Donald Trump para quedarse con el 17% de las reservas de petróleo mundiales.
No pierdan su tiempo con disquisiciones sobre el derecho internacional y la carta de Naciones Unidas. El tiempo es dinero y la guerra es un negocio. La caja ya empieza a registrar en Gaza. Ha llegado la hora de empezar a amortizar lo de Venezuela. América para los norteamericanos y el petróleo también para los norteamericanos.
No deja de producir cierta ternura haber contemplado a la oposición venezolana tan disfrutona, con las bombas cayendo en las calles de su propio país mientras un número indeterminado de sus compatriotas caía asesinado. Ni unas horas les dejó Donald Trump paladear su ilusión. No es una liberación. Es un acto de reparación histórica del expolio sufrido por los yankis décadas atrás; cuando el mundo tenía un orden y había imperios y colonias y cada uno sabía cuál era su sitio.
El país se lo quedará ahora el primero que esté dispuesto a pasar por caja, chavista o no chavista. Pudo decirlo más alto, pero no más claro, en una comparecencia desde el salón comedor de su mansión particular que parecía una escena sacada de una secuela de aquella delirante parodia militar que fue en su día Hot Shots; Hot Shots 3, la abuela de todos los desmadres.
Si Europa está recurriendo a la neolengua al posicionarse ante la agresión colonial a Venezuela con la esperanza de salvaguardar así la ilusión de un alto el fuego en Ucrania apadrinado por Trump, al final del camino le aguarda la misma decepción que a la oposición venezolana. Son las tierras raras, estúpido. Las imágenes de Maduro arrastrado ante la supuesta justicia norteamericana son otro aviso; puede que el último. El primero fue aquella humillación pública de Volodímir Zelenski en el mismísimo despacho oval, convertido en marco incomparable y perfecto para la “Bullying Politik” de nuestros tiempos.
De todas las derechas y ultraderechas europeas, únicamente las derechas españolas han corrido a ponerse en posición de saludo y a la orden de Donald Trump, sin ni siquiera un leve comentario a pie de página sobre la violación de la “sagrada” —Marine Le Pen dixit— soberanía nacional de un país. Igual que la derecha venezolana: de ellos o de nadie. Patria sí, pero sólo si es para ellos; si no, que se la quede uno de fuera.
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