Algo se muere en el alma cuando Ferrovial se va
(Para leer este emotivo artículo les recomiendo que se ambienten con esta música de fondo y un paquete de kleenex a mano, que hoy va de llorar.)
Como tantos españoles, me he emocionado mucho al conocer la decisión de Rafael del Pino de llevarse Ferrovial lejos de su tierra, lejos de nosotros que somos su familia. Es triste y hermoso ver emanciparse a una empresa que has visto crecer, desde chiquitita, a la que has criado, alimentado, acompañado en su crecimiento, ayudado en los malos momentos y dado todo lo que tenías para que pudiera llegar tan lejos. Es enternecedor ver cómo aquella empresita familiar que nació hace setenta años, fundada por “gente de bien” (el primer Del Pino, ex combatiente franquista en la guerra, casado y hermanado con familias del régimen), ver cómo se ha convertido en esta multinacional que ahora vuela sola, sigue su camino, se independiza de nosotros. Da pena, pero es ley de vida, siempre acaba pasando.
Algo se muere en el alma cuando Ferrovial se va, sí. ¿Os acordáis cuando era apenas un bebé, cómo jugaba con aquellas primeras vías de tren, en su primer contratito del Estado? Daba gloria ver cómo engordaba, de contrato público en contrato público, siempre bien alimentada con obras ferroviarias, hidráulicas y de carreteras, primero por la generosidad franquista, luego por la no menos generosa democracia -ah, aquel glorioso año 92 que tanto bien hizo por el sector de la construcción-, que España siempre ha cuidado con mimo a sus grandes empresas con independencia del régimen existente.
Lo que más congoja nos da es que otras sigan su camino, se alejen de nosotros que las hemos querido tanto. Me refiero a todas esas otras multinacionales que, como Ferrovial, también han crecido calentitas bajo el ala protectora del Estado. En algunos casos beneficiadas por contratos, concesiones, monopolios. En otros, salvadas cuando han tenido un percance, rescatadas con dinero público si hacía falta, que aquí hemos sido siempre de socializar pérdidas… y privatizar beneficios, que también están esas otras multinacionales que un día fueron empresas públicas y nuestros gobernantes vendieron. Y en todos los casos, beneficiadas por legislaciones favorables, fiscalidad a medida, pecadillos perdonados -como aquel cartel de constructoras, que no ha tenido muchas consecuencias sobre los implicados, Ferrovial entre ellos-, y barra libre para disponer del Estado: lo mismo hinchando contratos de obra pública -ay, aquellos graciosos “modificados” que disparaban el presupuesto inicial de una obra-, que encamándose con partidos políticos para obtener contratos -y a cambio financiarlos, que el amor siempre ha sido correspondido-.
Somos un país que cuida, que mima a sus grandes empresas. Solo hay que ver quiénes son nuestros gigantes: bancos -que en España siempre ganan, lo mismo en las crisis que en las bonanzas, con rescates y reestructuraciones, ladrillazos y banco malo-. Constructoras -en el país que más kilómetros de autovía y AVE, aeropuertos y calatravadas ha construido en el último medio siglo-. Eléctricas y petroleras -algunas de origen público, otras beneficiadas por situaciones de oligopolio, y todas disfrutando de un sistema energético a su medida-. Y otras empresas que en su origen fueron públicas y dudosamente privatizadas, como Telefónica.
Pero ay, nuestras empresas se hacen mayores, quieren vivir su propia vida, y tras décadas de calorcito estatal, deciden volar solas, como Ferrovial, que ya llevaba años alejándose de nosotros y ahora se muda del todo. No le guardemos rencor, no le reprochemos ingratitud, al contrario: mostrémonos orgullosos de haber contribuido a su buena fortuna, y aunque no hace falta que se lo recordemos, vaya con la tranquilidad de saber que si las cosas le van mal por esos mundos, si se arrepiente de la decisión, si vuelve a necesitar de nuestro cuidado, aquí estaremos para recogerla y levantarla, como al hijo pródigo que sabe que puede volver a casa.
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