No he querido saber nada de la 'ley trans'

Manifestación en apoyo a los derechos de las personas trans.

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Cuidado, que voy a cometer la temeridad de escribir sobre la llamada 'ley trans'. Temeridad, no por ser un hombre heterosexual, ni por meterme en el debate social que más bronca ha levantado en el último año. Mi temeridad es aún mayor: voy a escribir sobre el tema sin saber nada del mismo.

Nada, ignorancia total. No he querido saber nada del asunto desde hace meses. Ni artículos, ni debates ni podcasts. Ni un hilo en Twitter. Hace meses que salto por encima de cualquier artículo con solo leer 'trans' en el titular, apago la radio o la tele si anuncian debate, silencio conversaciones en Twitter, y evito presentaciones de libros o mesas redondas por si acaba saliendo el tema.

Pero no crean que ha sido por falta de interés, indiferencia o desprecio, todo lo contrario. Me interesa mucho, no me resulta indiferente el sufrimiento de las personas trans, y siento aprecio por cualquier intento de ampliar derechos civiles. Si dejé de atender a las discusiones sobre la ley es porque no aguantaba más. No soportaba el nivel de enfrentamiento, tanto encono y manipulación. Y no estoy hablando de declaraciones de Vox, el PP o los obispos; ni de artículos de Antonio Burgos o burradas de Jiménez Losantos, no. Lo peor es que ha sido gente que milita en la izquierda y en el feminismo.

Creo que somos muchas, muchos los que hemos asistido perplejos, confusos y tristes a la fractura que la 'ley trans' ha abierto en el seno del feminismo, y a la vez en el seno de la izquierda. Dos fracturas cruzadas, no superpuestas, que provocaban extraños aliados y no menos extrañas rupturas, y que tienen otras causas más allá de la ley trans. Yo dejé de atender a la discusión cuando ya se habían perdido las formas por completo. Me entristecía ver cómo se enfrentaban personas que siento afines y a las que querría tener en el mismo bando. Incluso gente a la que admiro, y a la que no había visto tanta agresividad con otras causas que lo merecían más. Creo que somos muchas, muchos, los que hemos sentido incomprensión, rabia y pena por ver cómo quienes antes iban tras la misma pancarta, ahora se entregaban a la descalificación personal, el bulo, el señalamiento y los chistes crueles.

Pero como tenía que escribir este artículo, antes debía leer algo sobre el tema. Así que me he leído el anteproyecto aprobado por el Consejo de Ministros este martes. Solo eso. Sabiendo además que todavía tiene que ser negociado y enmendado en Congreso y Senado, y ya veremos si también por el Constitucional. Es decir, que faltan las rebajas.

Lo que leo es algo totalmente ajeno al dramatismo que ha acompañado su elaboración. Veo un reconocimiento de algunos derechos para quienes no los tenían, no solo para las personas trans; sin quitar a cambio ningún derecho a nadie ni amenazar los ya existentes. Pero es una ley que no tiene nada que ver con todo lo polemizado previamente. Que desmerece toda esa bronca. Ni es la discutible ley de máximos que algunas defendían con uñas y dientes, ni es el “borrado de las mujeres” que vaticinaban otras. En cuanto a la parte más polémica, la autodeterminación del sexo, me cuesta verla como esa barra libre para abusos fantasmales que algunas temen, pues seguramente se regularán con más detalle los posibles conflictos, y tampoco creo que haya muchos hombres dispuestos a convertirse en mujeres trans (doble discriminación, mujer y trans) solo para beneficiarse de no sé qué privilegios.

De entre todos los avances que trae la ley, lo que más me importa es lo que se refiere al colectivo que seguramente más sufre la falta de derechos: los menores trans. Porque he dicho antes que no he querido saber nada del tema en muchos meses. Pero no es verdad: sí he atendido a lo que tuvieran que decir las familias con menores trans. Son los verdaderos protagonistas de todo este debate, su sufrimiento es lo que realmente hacía urgente legislar, y habrá que tener en cuenta sus reivindicaciones en la tramitación parlamentaria. La ley es un avance, pero esperaban más.

Me he acordado de estas familias durante el último año, en medio del ruido. Si yo he sentido incomodidad, tristeza o rabia por todos esos bulos, manipulaciones, insultos y chistes, no quiero ni imaginar lo que habrá sido para estas familias. Merecían otro debate público, otra forma de discrepar, y no verse en medio de ese fuego cruzado. Merecen que la tramitación de la ley no siga a la misma temperatura. Va todo mi cariño para ellos, y ojalá encuentren alivio en esta ley. Solo por eso ya habrá merecido la pena.

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