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Pedro en Wonderland

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en los estudios de Universal

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 Pedro Sánchez regresa de un viaje a Estados Unidos destinado a promocionar España como campo de inversiones y negocios. Como suelen hacer numerosos mandatarios dentro de su gestión. En una entrevista en la cadena MSNBC causó tal impacto que los elogios se dispararon: Es increíblemente guapo, a lo Superman. Inteligente. Simpático. Y tiene un buen inglés (toda una sorpresa respecto a anteriores presidentes). Sánchez ha estado también en Hollywood para intentar fomentar aquí la producción audiovisual. La aeroespacial, yendo a la NASA. O la tecnológica, en Silicon Valley. Y ha visto a los Fondos de Inversión que mandan mucho más de lo que debieran. Todo en armonía.

 Debe ser un choque brutal sentirse tratado por los medios como una persona normal y especialmente valorada, en lugar de los insultos y mentiras diarias que le depara la caverna dominante en el panorama pseudo periodístico español. Y que luego se traslada en bramidos a las redes y mensajería. Y quizás explica la esquizofrenia de una España capaz de lo mejor y lo peor aunque no en las mismas dosis, más de lo peor.

 El país de las maravillas de Lewis Carroll que creó para la inquieta Alicia estaba basado en los conocimientos lógicos del autor, para trastocarlos sin duda en desbordante imaginación. Se publicó en el lejano 1865 cuando todo crecía. Ojalá el Wonderland vivido por Pedro Sánchez estos días en EEUU consiga, al pisar tierra en el aeropuerto de Madrid, recuperar la memoria de los pies en el suelo como cantaba Joaquín Sabina. Porque hay mucho que aunar en la realidad para no ser dios o demonio según desde donde se mire. Y la gente corriente y demócrata aspira a vivir en ese país posible  de maravillas racionales.

  Nos duelen hasta los huesos -que en sí mismo no son susceptibles de tal capacidad- de ver lo que nos pasa en este país, por todos los flancos, qué angustia. Así que entre Pedro Sánchez en Wonderland y alguna cosa más me he dicho que hoy ni las menciono. Y eso que están al rojo vivo.

 En todos los pueblos hay gente fría y apasionada, honesta y corrupta, egoísta o con sentimientos solidarios, inteligente o zote hasta la burricie, sí, pero de nuevo hay que hablar de proporciones distintas según la historia y la educación.

Leo una entrevista a Katharina Volckmer, una joven escritora alemana que vierte en su novela de éxito ‘La cita’ sus propias frustraciones y las de la tierra que la vio nacer. “No es posible superar que tu país haya querido aniquilar a una civilización entera”, dice respecto al Holocausto judío. En España también pasó. De hecho pasa aún, impunemente, si nos atenemos a esos chats con copia al Rey Felipe en los que fascistas con pistola quieren fusilar "a 26 millones de hijos de puta". De varias generaciones, claro. Como hicieron sus ancestros tras el golpe de Estado que sí existió. Un pasado totalitario y genocida común. No asumido por muchos. Con dolor allí por la culpabilidad de extenderlo en muerte fuera de sus fronteras. Con negación, orgullo e indiferencia aquí. Con pena y frustración también. Con orgullo y ansia de repetirlo los herederos de esa catástrofe.

 Dice Volckmer algunas frases enormes en la entrevista. Está muy enfadada con el mundo y lo expresa con brillantez para la reflexión. Más útil para otros que para ella -probablemente-, demasiado turbada en apariencia. “No es casualidad que no haya en alemán ninguna palabra para referirse al placer”, escribe. Corroboro con un amigo y entiendo que los alemanes tienen vocablos para el placer de la comida, el sexual, el cortés “encantado de conocerte”. No, con total definición se diría, para una sensación sublime que debería escribirse con mayúsculas, pero que tal vez no está al alcance de todos.

 En España, la religión de la culpa que pospone la felicidad al cielo hipotético marca a una mayoría para no poder sentir placer sin expiación. Y debe estar en el origen de ese maniqueísmo, de ese blanco o negro pueril, por el que la crítica feroz e irracional se compagina perfectamente con la adoración por ídolos. Cada vez más cutres, por cierto.

 Para descender desde Wonderland que se ha colado en el oxígeno del avión al fuego tóxico del Madrid ayusista y de toda la parentela casada, soltera, amancebada en las instituciones. Ay. No.

  Dentro de diversidad, en España sí domina el placer de la risotada y la burla de otros, de tumbar por envidia. Y, sobre todo, la pasión por el dolor, la necrofilia, la desmesura emocional marcando lo negativo. Recuerden que hasta lo dijo el profesor holandés Louis Van Gaal.

  “Del sentimiento trágico de la vida” es obra cumbre de la filosofía española. Miguel de Unamuno la escribió inspirado en el existencialista danés Kierkegaard y de San Ignacio de Loyola en una de las desconcertantes contradicciones españolas. El resultado se acerca más al determinismo inapelable. «Cada uno se alimenta de la carne de aquel a quien devora». «La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción». «No cabe poder gozar sin poder sufrir, y la facultad de goce es la misma que la del dolor. El que no sufre tampoco goza, como no siente calor el que no siente frío». Así y mucho más fuimos creciendo. Claro que ahora, ni eso. ¿Saben quién sustituirá a Jesús Cintora el periodista a quien le han practicado un cese político en TVE? Ion Aramendi, según El Periódico, que se inició como reportero de Sálvame y ahora presenta concursos. El sentimiento tragicómico de la vida española.

 El gozo y el dolor. “No hay mal que por bien no venga” se dice en el refrán esperando el daño que luego traerá venturas. No tiene por qué, no hay la mínima relación. Hace años ya que sintonicé con el actor Juan Diego Botto en la ilógica de la idea que implica pagar tributo por la felicidad que plasmaba en su obra Un trozo invisible de este mundo (2013). “Cuando pasa una tragedia y alguien dice: "Es una prueba que me pone la vida para que… ¿para que qué?... El universo se levanta por las mañanas y decide putearte para que seas mejor persona en el futuro. No, las tragedias pasan... las alegrías pasan, la vida es eso”. ¿Cómo van a ser la llave de felicidades venideras las enfermedades, los exilios, las injusticias e incluso la muerte de seres queridos? ¿No se podía uno ahorrar ese trámite? Sí, seguro. Gran parte de lo que llaman sabiduría popular no es sino consuelo popular.

 Ese consuelo que buscamos una y otra vez para elevarnos por encima de la realidad agresiva. El país de las maravillas de Lewis Carroll está al fondo de un pozo y parece que se sale también nadando por un mar de lágrimas. Hay que encontrar el puerto y luego emprender carrera para secarse y seguir adelante hasta donde quieras ir. Los pies de Pedro Sánchez están en La Moncloa, la sede del gobierno de España.  

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Publicado el
23 de julio de 2021 - 21:54 h

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