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Jóvenes Ni-Ni: la medida del problema

La tasa global de jóvenes Ni-Ni entre 18 y 24 años ha pasado del 14% en 2007 al 24,7% en 2012

Entre los jóvenes procedentes de hogares menos instruidos, la incidencia de situaciones Ni-Ni de vulnerabilidad severa asciende al 14%

En ausencia de políticas y programas efectivos, la experiencia Ni-Ni tiene una inercia hacia una cierta cronificación y enquistamiento entre los sectores sociales más desfavorecidos

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El 27 de junio, el mismo día en que jefes de Estado y Gobierno de la UE se reunían en Bruselas para tratar de la lucha contra el desempleo juvenil, expertos de distintos países presentaban en Barcelona sus reflexiones y propuestas en torno al problema de los jóvenes Ni-Ni. Lo hicieron en el marco de una jornada internacional organizada por Ivàlua (Instituto Catalán de Evaluación de Políticas Públicas). Múltiples y diversas fueron las cuestiones debatidas, des del alcance de la problemática (paro juvenil, abandono escolar prematuro, jóvenes vulnerables, etc.) a la efectividad de los programas de activación que tratan de afrontarla (activación educativa y/o laboral). Y distintas las conclusiones que pudieron destilarse.

Una de estas conclusiones es la siguiente: toda actuación que se pretenda efectiva y eficiente en este terreno debe partir de un diagnóstico certero de las características de su público potencial. Y es aquí donde existe consenso en que la definición convencional de joven Ni-Ni acaba refiriendo a una realidad muy heterogénea. Dicha definición, oficializada por la Comisión Europea y el Eurostat, establece que son jóvenes Ni-Ni aquellos que declaran no estar ocupados (en paro o inactivos) y no haber recibido formación en las cuatro semanas previas al momento de ser preguntados (en España, mediante la Encuesta de Población Activa).

En efecto, las situaciones de los jóvenes Ni-Ni son diversas como diversos son los sentidos e intensidades que caracterizan sus vinculaciones/desvinculaciones con la educación y el trabajo. Edades distintas (habitualmente se toma como referencia el intervalo de 15 a 24 años), relaciones con la actividad laboral también distintas, niveles dispares de motivación/desafección, trayectorias formativas desiguales, recursos familiares también desiguales…, todo ello conforma un magma de situaciones bien dispares.

Algunos expertos proponen afrontar dicha heterogeneidad distinguiendo a los jóvenes Ni-Ni en función del nivel de motivación y actitud de superación con que estos afrontan su situación. Esta estrategia atribuiría mayor nivel de problemática a los jóvenes Ni-Ni inactivos (supuestamente menos motivados) que a los jóvenes Ni-Ni parados (supuestamente más motivados). Algunas voces propugnan incluso la exclusión de este último colectivo, jóvenes en paro, de la definición del fenómeno Ni-Ni.

A nuestro modo de ver, esta operación es inadecuada. Por un lado, tratar de objetivar cuan motivadas o desmotivadas, bien dispuestas o mal dispuestas están las personas para con su futuro no es tarea fácil; más aún entre los jóvenes, donde los factores actitudinales son altamente volátiles. Lo que sí parece claro es que atribuir mayor motivación al joven que, en un momento dado y en situación de encuesta, declara estar buscando trabajo que al joven que responde no hacerlo activamente es un ejercicio algo burdo. Por otro lado, deberíamos entender que tanto unos como otros, jóvenes parados e inactivos, se encuentran igualmente desvinculados del mercado de trabajo y de las oportunidades que éste ofrece; finalmente, ambos encuentran igualmente comprometidas sus opciones de transición a una vida adulta autosuficiente.

Entendemos más adecuado aproximarse a la heterogeneidad del fenómeno Ni-Ni prestando atención a aquellas situaciones que más vulnerabilidad trasladan a las transiciones de los jóvenes hacia la vida adulta. En el terreno de la vulnerabilidad educativa, podemos considerar que ésta se incrementa a medida que la desvinculación con la educación se produce antes en el ciclo educativo. Ello sitúa las situaciones de abandono educativo prematuro (jóvenes con no más que estudios secundarios obligatorios) como caso paradigmático de vulnerabilidad educativa. Por su parte, la vulnerabilidad laboral aumentaría cuanto mayor sea el tiempo de desvinculación con el mercado de trabajo; episodios de paro o inactividad de media o larga duración identifican situaciones de vulnerabilidad laboral elevada. Teniendo en cuenta estos dos vectores de vulnerabilidad, llegamos a dos posibles focalizaciones del fenómeno Ni-Ni entre los jóvenes:

  • Ni-Ni vulnerables”. Son los jóvenes que, a) no estudian; b) no trabajan, y, además; c) han abandonado los estudios de forma prematura (como máximo, tienen la ESO).

  • Ni-Ni de vulnerabilidad severa”. Jóvenes que, a) no estudian; b) no trabajan; c) han abandonado los estudios de forma prematura, y, además; d) presentan una situación de paro o inactividad de media o larga duración.

En los últimos años, en España, los niveles de vulnerabilidad entre los jóvenes Ni-Ni se han incrementado de forma alarmante. Entre 2007 y 2012, la tasa global de jóvenes Ni-Ni entre 18 y 24 años ha pasado del 14% al 24,7% en 2012; la tasa de jóvenes Ni-Ni vulnerables, del 9,5% al 16,6%; la tasa de jóvenes Ni-Ni de vulnerabilidad severa del 1,9% al 8,3% (gráfico 1).

Gráfico 1. Jóvenes Ni-Ni (total), Ni-Ni vulnerables i Ni-Ni vulnerabilidad severa (*). Edad 18 a 24 años. España. 2007 i 2012. Fuente: Elaboración propia en base a datos de la Encuesta de Población Activa

Gráfico 1. Jóvenes Ni-Ni (total), Ni-Ni vulnerables i Ni-Ni vulnerabilidad severa (*). Edad 18 a 24 años. España. 2007 i 2012. Fuente: Elaboración propia en base a datos de la Encuesta de Población Activa


Asimismo, es necesario tomar consciencia del gradiente socioeducativo asociado a la incidencia del fenómeno Ni-Ni, particularmente en su versión de mayor vulnerabilidad (gráfico 2). En particular, se observa que entre los jóvenes procedentes de hogares menos instruidos (ningún progenitor con estudios postobligatorios), la incidencia de situaciones Ni-Ni de vulnerabilidad severa asciende al 14%, una magnitud que prácticamente cuadriplica el porcentaje correspondiente a hogares donde al menos un progenitor tiene estudios postobligatorios completados (3,6%).

Gráfico 2. Ni-Ni vulnerabilidad severa, según nivel educativo de las familias. España, 2012. Fuente: Elaboración propia en base a datos de la Encuesta de Población Activa

Gráfico 2. Ni-Ni vulnerabilidad severa, según nivel educativo de las familias. España, 2012. Fuente: Elaboración propia en base a datos de la Encuesta de Población Activa


En definitiva, los jóvenes procedentes de hogares menos instruidos presentan una probabilidad mayor de vivir situaciones Ni-Ni. Cabe además tener en cuenta que, sobre todo entre estos jóvenes, ser Ni-Ni en un determinado momento del tiempo multiplica la probabilidad de continuar siéndolo o volver a serlo en el futuro –es el llamado efecto scarring o “estigma”. En resumen, los jóvenes más desfavorecidos no tan sólo tienen más números de caer en situación Ni-Ni, sino que, una vez lo hacen, tienen más difícil superar dicha situación y hacerlo con garantías.

Podemos entonces fundamentar la siguiente hipótesis: en ausencia de políticas y programas efectivos en la corrección de esta problemática, la experiencia Ni-Ni tiene una inercia hacia una cierta cronificación y enquistamiento entre los sectores sociales más desfavorecidos. De igual modo, difícilmente podrán diseñarse políticas y programas efectivos si no es sobre la base de un conocimiento sistemático del alcance y la complejidad del fenómeno Ni-Ni.

Nota: Para el cálculo de la tasa Ni-Ni de vulnerabilidad severa consideramos la variable duración de la desvinculación laboral en términos relativos, ajustando según la edad del joven, el tiempo que lleva fuera del mercado de trabajo y el momento en que dejó de estudiar. En concreto, presentarían una situación de desvinculación de media o larga duración aquellos jóvenes que llevan parados o inactivos más de un 25% de los meses transcurridos desde que dejaron los estudios.

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