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LA CIUDAD OLVIDADA

Sant Marcel·lí, o como la lucha vecinal evitó su destino

Combatir la degradación de la zona sur, el paro y la revitalización del centro son los retos pendientes de uno de los barrios periféricos de Valencia más atípicos por estar enclavado sobre la huerta

La fuerte contestación vecinal frenó el olvido de las instituciones y la marginalidad a la que se hubiera podido ver abocado el barrio

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Vista de una parte del barrio de Sant Marcel·lí

Vista de una parte del barrio de Sant Marcel·lí

Maltratados por la gestión de la exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá, los barrios periféricos de la ciudad se convirtieron en un hervidero de activismo vecinal. La desatención, la ‘barra libre’ del ladrillo y las operaciones urbanísticas que castigaban el extrarradio despertaron la protesta de muchos vecinos. Y forjaron colectivos que obtuvieron importantes victorias.

Barrios condenados a la marginalidad por sus orígenes y los planes del gobierno local que escaparon a su destino por la resistencia vecinal. Así lo hizo Sant Marcel·lí. Con una situación idónea durante los años 70 y 80 para correr la misma suerte que otras zonas de la periferia, la reivindicación y la manifestación dieron sus frutos, consiguiendo importantes equipamientos y parando operaciones que le hubieran afectado gravemente. El abandono de la parte sur, la degradación del centro y elevado paro son sus asignaturas pendientes.

De ‘condenado’ a ‘decente’

Situado en la parte sur de la capital, Sant Marcel·lí nació de la mano del arzobispo de Valencia Marcelino Olaechea en 1947, a las postrimerías de la postguerra. La idea del eclesiástico era construir un conjunto de viviendas para albergar a gente sin techo. Y para ello, se fijó en un espacio agrícola ubicado en la huerta de la zona de la Creu Coberta. El complejo parroquial acabó ocupando cuatro manzanas y albergando las primeras escuelas, construidas entre 1959 y 1960. En 1954, empezaron a llegar los primeros vecinos. Así, nació un nuevo barrio de Valencia en plena huerta.

“La riada de 1957 hizo que mucha gente que vivía en chabolas se quedara a la intemperie. Y ante la construcción de este complejo vinieron a las viviendas construidas por Olaechea”, cuenta Vicent Soler, miembro de la asociación de vecinos de Sant Marcel·lí. En 1970, y frente a la llegada de inmigrantes procedentes de Teruel, Cuenca o Albacete, se produce el gran crecimiento urbanístico del barrio. Se pasa de una población de 5.527 habitantes en ese año a tener unos 10.413 en 1981.

Una época en que Sant Marcel·lí padece en menor medida la oleada de droga y su aparejada de inseguridad que golpea muchos barrios del cap i casal. Pero, sufre otros problemas. El urbanismo especulativo llena el barrio de edificaciones abiertas, con escasos equipamientos. Faltan servicios básicos; se carece de alcantarillado –las acequias para regar se transforman en cloacas-, suministro de agua potable y de alumbrado; las aceras no están asfaltadas; y los espacios verdes y deportivos brillan por su ausencia. El cóctel perfecto para la marginalidad del barrio. “Era tan grave nuestra situación que los taxis no querían pasar”, apunta Àngel Vidal, presidente de la asociación de vecinos.

Sin embargo, y tras las reivindicaciones vecinales de una asociación que ve la luz en 1976, se consigue un plan de remodelación parcial. Con él, “la situación cambia, se hace más lógica”, indica Vidal. “Pese a que el gobierno socialista también tuvo sombras, con ellos colaboramos en bastantes aspectos y conseguimos decentar el barrio”, remata. Sant Marcel·lí consiguió esquivar su primer obstáculo de caer en la degradación.

Desatención y protesta con Barberá

Como en la mayoría de la periferia de la ciudad, la llegada al poder municipal de Barberá conllevó una desatención a los barrios más alejados, más olvidados históricamente. Y Sant Marcel·lí, durante la década de 1990, no fue la excepción. En palabras de Soler: “Nos tuvo a pan y agua durante siete u ocho años”. De 1990 al 2000 el único equipamiento relevante que recibieron los vecinos fue el Centro de Salud. Y no sin lucha de por medio.

No obstante, los problemas para el barrio sureño empezaron, de nuevo, en 1986. Aún bajo mandato socialista. La instalación de un crematorio y la ampliación del cementerio amenazaba el entorno paisajístico de los aledaños de Sant Marcel·lí. De hecho, la extensión del recinto funerario se quería hacer en zona verde, poniendo en peligro varias de las alquerías que aún persistían. Tras presentar un recurso judicial, los tribunales acabaron dando la razón a los vecinos.

“Fue un punto de inflexión para el movimiento vecinal del barrio”, asegura el arquitecto y colaborador de eldiariocv.es, David Estal, que conoce en profundidad Sant Marcel·lí. Tanto, que en 1998 se firmó un manifiesto por 24 entidades del barrio con el lema “Por un barrio digno y habitable”. “El sentirnos parte de un potente tejido social, supuso un impulso en aquellos proyectos en los que estábamos trabajando”, reza uno de los documentos elaborados por la asociación donde se habla de la historia más reciente de la barriada.

Una fuerza que sirvió para matizar y frenar dos actuaciones urbanísticas que se antojaban gravosas para el barrio: el bulevar sur y el AVE. Ésta última conllevaba la entrada del tren de alta velocidad a través de pilastras, afectado de forma notoria al barrio. Pero, en 2003 la asociación -integrada en la plataforma Parc Central- consiguió reunir más de dos mil alegaciones contra el proyecto. Finalmente, desapareció el talud ferroviario de la línea Valencia-Utiel y se soterraron las de penetración del AVE. Aunque ni han cumplido las expectativas del barrio, ni los operaciones relacionadas –y reclamadas por los vecinos- como el Parc Sud se han puesto en marcha.

La plaza de la Iglesia del barrio, que los vecinos reclaman su peatonalización

La plaza de la Iglesia del barrio, que los vecinos reclaman su peatonalización

Durante la década de los 2000, en cambio, Sant Marcel·lí recibió no sin mediar la protesta varios equipamientos. La piscina o el polideportivo son algunos de ellos. Pero, el caso del Espai Rambleta ha sido el más destacado. Gozar de un polo cultural tan atractivo es muy importante para cualquier zona.

“Lo conseguimos tras varios años de movilización”, relata Vidal. En 2002, se inaugura el Parc de la Rambleta, y ese mismo año la concejalía de cultura del Ayuntamiento encarga la redacción del proyecto cultural para 2007. Las obras, sin embargo, se retrasan. Frente a esto, la asociación y la Unió Musical de l’Horta emprenden varias campañas reclamando su construcción. Debido al poder asociativo de la banda, la presión tiene efecto y en 2012 se inaugura el recinto cultural. Otra manifestación con triunfo.

Frenar el deterioro

Pese a los logros conseguidos, Sant Marcel·lí tiene varios retos pendientes. “El paro en el barrio es muy elevado, y varios de los comercios están obsoletos”, alerta Soler. La tasa de desempleo supera la media de la ciudad al llegar al 36%, según los últimos datos disponibles en la oficina estadística del Ayuntamiento correspondientes a finales de 2014.

La crisis se nota. Y de ahí que entornos como la plaza de la Iglesia registren multitud de comercios cerrados y las viviendas se vean degradadas, ya sea por quedar vacías tras la desaparición de las primeras oleadas de gente que las habitó o ya sea por el envejecimiento de las personas que aún viven en ellas. La carencia de “un espacio público peatonal” no ayuda en nada a hacer atractiva dicha zona para nuevas generaciones. Más cuando la plaza se ha convertido en una mera rotonda.

“La plaza debe tender hacía la peotalización”, afirma Soler. Desde la asociación de vecinos se ha presentado un documento al ejecutivo local reclamando, entre otras cosas, la peotalización de la plaza. La medida, además, frenaría la tendencia dual que está experimentado el barrio entre el casco antiguo y la zona del bulevar sur, “más revitalizado por la mayor presencia de gente joven”, según Soler. “Cabe intervenir para evitar que la parte histórica de Sant Marcel·lí queda marginada respecto al crecimiento de la zona norte a lo largo del bulevar sur”, advierte la propuesta elaborada por los vecinos.

Aunque cuente con muchos de los equipamientos más básicos del barrio y parte del patrimonio arquitectónico de huerta más importante de la zona, el entorno de la calle Salvador Perlés es el más olvidado. “Es la zona más degradada, caótica y abandonada”, critican los vecinos en el documento. “La falta de espacio público dificulta el cuidado, la visualización y el disfrute del patrimonio histórico del barrio, concentrado en ese entorno”, añaden.

A la no ejecución de los planes previstos con la llegada del AVE que iban a conectar los barrios de Sant Marcel·lí y Camí Real –dos núcleos vinculados diariamente por la actividades de los vecinos-, se suman otras reivindicaciones ignoradas como el acondicionamiento de la explanada entre las calles Salvador Perlés y Pio IX. O “la mejora urbanística de la zona Este del barrio, articulada entre las obras del soterramiento del ferrocarril y las vías del de Xàtiva paralelo a la calle San Vicente Mártir, en estado grave de degradación y embarradas constantemente con las lluvias como ocurría en los años 60 cuando no había aceras”.

También se reclama que se conecten las calles de Ciudad del Aprendiz con las de San Pio X y la de José Soto Micó con la de San Vicente Mártir. ¿El objetivo? Consolidar el paso dado tras la eliminación de las vías que dividía los barrios de Camí Real y Sant Marcel·lí. Unas actuaciones que pueden estar próximas al fijar los plazos el Ayuntamiento para iniciar un proceso de rehabilitación de las partes degradadas del barrio. Sería una victoria más de un barrio periférico que ha combatido su destino con lucha vecinal. Y así, ha conseguido burlar, en algunas zonas, el olvido.

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