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Inmigrante, refugiado/a, objetivos de la educación

La educación debe esforzarse en ofrecer a la sociedad las herramientas necesarias para convivir en libertad. Porque sólo la libertad conduce a la equidad, a la justicia, a la solidaridad

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EFE

Sami Naïr, el politólogo, sociólogo y ensayista francés, explica en su libro 'Refugiados: frente a la catástrofe humanitaria una solución real' (Crítica, 2016) que cada vez son más difusas las líneas de diferenciación entre emigrantes y refugiados; que la distinción tradicional entre inmigrantes económicos (más de 22 millones de personas europeas, excluidas del mercado de trabajo por las políticas austericidas) y la llegada de centenares de miles de personas, que abandonan sus lugares de origen por persecución política, religiosa, étnica o guerra, es cada vez más tenue. En ambos casos la búsqueda del “Dorado europeo” se convierte en el objetivo final.

En lo referente a la inmigración, olvidamos con inusitada rapidez que Europa, y más concretamente, Euskadi, llevan décadas recibiendo oleadas progresivas de personas migrantes que sueñan con un futuro mejor. Afortunadamente, la literatura nos lo recuerda constantemente, ayudándonos a reforzar nuestro pasado mestizo. Un ejemplo es 'Cacereño', de Raúl Guerra Garrido (Hiria, 2005. Primera edición en Alfaguara, 1969), quien ya en 1969 nos retrataba las dificultades de las personas del interior español que se desplazaban a las ciudades de aluvión guipuzcoanas. Es interesante el pasaje en el que se narra la iniciativa de escuela de adultos promovida por el industrial de turno (“Cultura general, eso es lo que queremos darles, gramática, geografía, cosas de esas. Y nada de política, en cuanto se hable de política se acabaron las clases.”) y la incredulidad con la que la recibe el maestro, interesado en mantener el dinero extra que recibirá por la labor que en mejorar la cultura de sus nuevos y ruidosos alumnos, pero resignado ante el escaso interés cultural que manifiestan. Al final, sin embargo, se intuye una cierta ventana de dudas en el maestro, lo que invita a un moderado optimismo a cuantos confiamos en la educación como mejora de las condiciones personales de los/as educandos/as.

También es de la partida Luis García Montero, quien con su escrito 'La necesidad de educar', aportación a la obra colectiva editada por SM (La emoción de educar. Reflexiones y vivencias en torno a la educación. 2010), se muestra absolutamente convencido de que combatir las viejas y las nuevas formas de analfabetismo es la tarea prioritaria de la sociedad democrática. Si no queremos que la globalización sea una época de barbarie tecnológica, de superstición y costumbrismo tecnológico al servicio de la ley del más fuerte- advierte el poeta- necesitamos insistir en la educación, en la formación de ciudadanos, en la creación de un sentimiento de convivencia.

Europa lleva años volviendo la espalda a una valor fundamental, como es la solidaridad humana, que la hacía ser envidiada en el resto de continentes

Pero Europa lleva años volviendo la espalda a una valor fundamental, como es la solidaridad humana, que la hacía ser envidiada en el resto de continentes. Y esa falta de solidaridad se manifiesta también en la educación. Recientemente, Filippo Grandi, comisionado de ACNUR, denunciaba públicamente ('La financiación de los refugiados no puede esperar'. El País, 24 octubre) que 6,4 -de los más de 17 millones de refugiados/as que se mueven por el mundo- están en edad escolar y tienen la educación como un lujo difícil de alcanzar. En ninguna de las etapas educativas estas personas se acercan a los porcentajes de escolarización que supone la media mundial: 61% en Primaria, 23% en Secundaria y un exiguo 1% en Universidad, frente a los 91, 84 y 33% respectivos del resto de países del mundo. Estos deficientes porcentajes de escolarización, unido al largo tiempo que estos colectivos malviven fuera de su entorno –un 10% de ellos/as han superado ya los 20 años de ausencia-  imponen la necesidad de insistir en su educación, frente al raquitismo de las políticas diseñadas por los distintos gobiernos europeos.

La educación debe transmitirles seguridad ante la conmoción del desplazamiento, potenciar su resiliencia frente a las innumerables adversidades de un entorno hostil y dotarles de las habilidades y competencias básicas para desenvolverse en un mundo desconocido culturalmente hablando. La educación les aportará no solo conocimientos en lectoescritura y matemáticas; les mostrará también un universo de preguntas y respuestas, les mostrará las ventajas de ser crítico/a y cuestionar el aprendizaje que reciban, de establecer empatías y fijarse objetivos.

Ya compartía este mismo punto de vista Álvaro Marchesi, siete años antes, cuando desde su posición de secretario general de la Organización de los Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura defendía lograr que millones de niños y jóvenes, que se enfrentan a enormes dificultades para seguir estudiando, sientan el deseo de aprender y  tengan las condiciones adecuadas para hacerlo con dignidad.

Para  Grandi, el diplomático italiano, son necesarias planificación e inversiones a largo plazo y no un mero apéndice en las partidas habituales de políticas sociales de los presupuestos nacionales. Su financiación debe ser integral, sostenible y holística, porque no se trata de un fenómeno pasajero. Ha venido para quedarse mucho tiempo entre nosotros y nosotras.

Mientras los gobernantes van asumiendo esta contundente afirmación, la educación (concretamente las y los docentes) tiene que actuar sin descanso, ante las demandas diarias que la realidad le impone -escuela inclusiva en una sociedad multicultural, enseñanza disciplinar en una formación competencial- en una situación de planificación escolar francamente mejorable. En la CAPV, por situar el problema en proximidad, la  matriculación concentrada de alumnado inmigrante señala que hay 62 centros públicos con tasas de alumnado inmigrante superior al 20%, dato que va in crescendo y  que ya era denunciado por el Ararteko en el 2011, cuando hablaba de 84 centros en situación crítica (Larruzea, G. 'La dialéctica público-privado en la educación vasca'. Ediciones Beta, 20164). Hay que legislar rápido sobre esta situación de admisión del alumnado y posteriormente, obligar a la propia administración educativa a que con voluntad política de cambio –como señala el autor- acerque la educación hacia políticas reales de equidad.

Este mundo líquido, que tan bien visualizó  Zygmunt Bauman con sus tres falsas creencias (1: creer que cualquier problema social se soluciona aumentando el PIB; 2:creer que la búsqueda de la felicidad está en las tiendas; y 3: creer en las bondades del individualismo), necesita apostar decididamente por la educación. Esta debe esforzarse en ofrecer a la sociedad las herramientas necesarias para convivir en libertad. Porque sólo la libertad conduce a la equidad, a la justicia, a la solidaridad.  Porque como enfatiza Federico Mayor Zaragoza “ Por ello  es necesario que no sea un privilegio de grupos reducidos albergados en los santuarios del saber, sino que alcance a toda la ciudadanía” .

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