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El turismo rural como apuesta en la lucha contra el despoblamiento de las zonas de interior

La aldea de Casas de Pradas, en el municipio valenciano de Venta del Moro.

Miguel Giménez

València —

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La despoblación es un grave problema que afecta principalmente a las zonas de interior, sobre todo aquellas áreas alejadas de los grandes núcleos de población. El estudio La distribución espacial de la población en España y sus implicaciones económicas, publicado por el Banco de España en su Informe Anual de 2020, advertía de que 3.043 municipios españoles se encontraban en riesgo de desaparición, es decir, el 42% (este porcentaje es muy superior al de los países de nuestro entorno, que se sitúa en el 10%, con niveles muy inferiores en países como Alemania -1%- o Italia -4%-).

Para combatir la despoblación se han puesto en marcha diferentes iniciativas, tanto desde el ámbito público como desde el privado. Uno de estos proyectos, impulsado por la iniciativa privada, se llama 'Mi Aldea', impulsado por el historiador Julio Haya, que pretende favorecer el desarrollo de Casas de Pradas, una aldea de apenas 99 habitantes -medio millar de vecinos en verano- perteneciente al municipio valenciano de Venta del Moro cuya principal actividad había sido la agricultura no hace tanto (Venta del Moro es el segundo término municipal de mayor tamaño de la Comunitat Valenciana y tiene la menor renta per cápita de todo el territorio).

Así, Haya regresa a sus orígenes -nació en esta pequeña aldea, aunque hace más de veinte años que no reside allí- para rehabilitar una serie de casas tradicionales. Las primeras eran propiedad de amigas de su abuela, respetando el diseño y los materiales originales. Los proyectos corren a cago del arquitecto Iván Paul, que también participa en la gestión de Mi Aldea. El objetivo de esta iniciativa es “atraer un turismo sostenible que funcione como motor que ayude a mantener viva la historia, el patrimonio, la comunidad y la economía” de Casas de Pradas.

Se trata, como reconoce Haya, de una iniciativa global para “darle vida” a un núcleo que, poco a poco, ha ido perdiendo, no sólo la mayoría de los comercios y servicios, sino también muchas de las dinámicas que configuran su paisaje y su patrimonio edificado. Hasta la fecha, forman parte del proyecto una decena de inmuebles: uno de ellos ya está rehabilitado y en funcionamiento (Casa Felicita) mientras que hay un segundo edificio en rehabilitación, Casa Felipa, y en proyecto están Casa Elena, Casa Emilieta, el Corral de Las Serranas, Casa de María, la Huerta del Sapillo y el Corral de Ramón: “Todas las casas toman como nombre el de los vecinos que con sus cuidados las convertían en hogares”. Haya valora en alrededor de 100.000 euros cada intervención y entre 30.000 y 60.000 euros la inversión necesaria para adquirir cada una de las casas.

Precisamente, la casa que está en funcionamiento desde el pasado mes de junio, está teniendo una ocupación prácticamente del cien por cien desde que se puso en marcha, con cerca de un centenar de huéspedes procedentes de diferentes puntos de España y de países como Suecia, Inglaterra, Estados Unidos, Holanda, Francia o Portugal.

Un “paréntesis” en una vida a toda velocidad

Frente a la tendencia globalizadora actual, con una población acostumbrada a vivir en entornos “rápidos y cambiantes”, la aldea “ofrece un paréntesis, un lugar en el que reducir la velocidad y disfrutar de volver a lo esencial con placeres muchas veces olvidados como un buen libro, cocinar sin prisas, un paseo por el campo, conversar bajo las estrellas o dormir sin despertador”.

Para ello, el proyecto se enmarca en el entorno del Parque Natural de las Hoces del Cabriel y en la Denominación de Origen Utiel-Requena -marcada por la cultura del vino y una importante variedad gastronómica-, con una amplia oferta de actividades de aventura y rutas de senderismo en la naturaleza.

La iniciativa también se propone recuperar prácticas tradicionales en riesgo de desaparición, como la producción propia de aceite o cerámica, así como ayudar a la comunidad mediante la ejecución de pequeñas obras urbanas, la compra de material para las actividades de las mujeres de la aldea, o prestar apoyo técnico y jurídico a las demandas de los vecinos.

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