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En un moment en què la lluita contra el canvi climàtic guanya protagonisme, aquest blog pretén aprofundir en el debat sobre el territori i els impactes que suporta. Es tracta d'un espai dedicat a l'anàlisi i la reflexió, en què col·laboraran professionals de diferents disciplines. El territori, la ciutat, el medi ambient i la cultura són els eixos d’un imprescindible debat, amb l'objectiu de lluitar a favor de la salut del planeta i contra les desigualtats socials. 

Guastavino, otro ingrediente más en la paella rusa de Monleón

Plaza de la Reina antes del comienzo de las obras (Foto: J.O. 2019).

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 Las obras recién terminadas de la plaza de la Reina no han hecho sino confirmar las peores expectativas que exponía en mi artículo publicado en este mismo diario el pasado 7/12/2021 (Plaza de la Reina ¿en construcción?). Intentaré no repetirme y tan solo complementaré algunos aspectos que quedaron aplazados en él por falta de espacio.

Como ya dije entonces, las obras realizadas son consecuencia de aquel concurso promovido en 1999 por el Colegio de Arquitectos cuyo aval resulta insuficiente. Si entonces tuvo sombras, desde luego, el inicio de las mismas 20 años después, enmendado y maquillado convenientemente tras una rocambolesca readjudicación en 2018 a otro equipo distinto del ganador por cuestiones puramente burocráticas, constituye un fracaso estrepitoso del urbanismo municipal.

Ciertamente el jurado que escogió los proyectos estaba constituido por arquitectos de reconocida trayectoria profesional en sus diversos roles, en línea con la pretensión de alta calidad del resultado que perseguían los organizadores. En la convocatoria, estrictamente facultativa, no había interferencias políticas, por tanto ¿qué podría salir mal? Sin embargo, la alcaldesa del PP que regentaba el gobierno municipal de entonces se ocupó de hacer llegar un contundente mensaje: ninguna propuesta que cuestionase el estacionamiento subterráneo o una visión sin interferencias sólidas -esto es, arquitectónicas- de la catedral, sería asumida por su gobierno y la propuesta quedaría abocada al fracaso.

Pero ambas cuestiones eran precisamente los dos aspectos esenciales que deberían haberse resuelto con el concurso:

El primero y fundamental es la escala del lugar, hipotecado, además, por el estacionamiento subterráneo; un vacío en el que, aunque ya nos hayamos acostumbrado a él a fuerza de su visión cotidiana (otros ni siquiera recuerdan su origen y/o siempre lo han conocido así), su tamaño continúa siendo incompatible con el tejido menudo y fragmentado de su entorno. ¿Esta circunstancia impedía cualquier alternativa a la explanada inclemente que hemos heredado? Las bases del concurso nada señalaban respecto al estacionamiento existente; por tanto, su permanencia podía ser objetada.

El segundo, tan importante como el anterior, es la renuncia al restablecimiento incuestionable de las condiciones urbanísticas con las que se construyó la portada barroca de la catedral, descontextualizada tras el derribo de la acera este de casas que conformaba la antigua calle de Zaragoza. Tampoco las bases del concurso señalaban nada al respecto, luego era posible su restitución en todo o en parte de dichas condiciones.

Sin embargo, la posición municipal invitaba al conformismo. El proyecto ganador con el lema Titolivio.es, redactado por un equipo de magníficos profesionales, es un trabajo que roza la excelencia, pero que nace impregnado de un huidizo “realismo” al aceptar dicho escenario condicionado, más bien impuesto, desde la alcaldía.

El primer aspecto se desatendió sin complejos por los redactores del proyecto ganador, consolidando los hechos consumados.

El segundo, obtuvo una tímida respuesta, fiando la solución a una doble hilera de arbolado situado, extrañamente, del lado contrario de la alineación desaparecida de la calle de Zaragoza, supuestamente para ocultar la visión lejana del extenso paramento catedralicio. Su longitud se interrumpe al alcanzar una plataforma o “pasarela urbana”, como la definieron los proyectistas, cuya anchura corresponde a la de la antigua calle; era un artificio virtual que no lograba reestablecer en modo alguno la contextualización histórica de la portada de la catedral por la insignificante escala de la pieza propuesta.          

Hubo algún concursante que sí apostó por la resolución del segundo problema, restituyendo con un edificio -a fin de cuentas, no era tan difícil- la última manzana que conformaba, junto a la catedral, la plaza del Micalet (imagen núm. 1), y que devolvía las condiciones físicas de partida a la portada principal del templo. Con ello, ocultaba el resto de su anodina fachada casi ciega, carente del menor interés en su desarrollo. Entre ellas, la propuesta con el lema Rotabile era una buena aspirante: un recinto arbolado denso y compacto contenido en una envolvente arquitectónica precisa, al modo de un invernadero. Pero el jurado del concurso, temiendo el fracaso de un resultado “inviable”, no encontró ni en esta ni en otras similares la suficiente calidad como para erigirse en ganadora.

Resulta lamentable que la nueva corporación municipal surgida en 2015 no haya sido capaz enmendar los errores de aquel proyecto ganador hipotecado por decisiones políticas catetas, obsoletas e ignorantes de las nuevas estrategias urbanas que se debatían en aquellos momentos. La readjudicación de las obras sin cuestionar el proyecto original, esto es, sin revisar los condicionantes heredados del gobierno municipal precedente, no ha hecho sino empeorar las cosas llenando el espacio de elementos anecdóticos inútiles e ineficientes que, lejos de resolver un conflicto lo han acrecentado exponencialmente. La verdadera cuestión no era la retirada del tráfico sino la escala del espacio y su habitabilidad (imágenes núms. 2 y 3).    

Ahora, alguien ha tenido la ocurrencia de incluir nuevos ingredientes en esta inmensa paella rusa de Joan Monleón (¿Recuerdan aquel memorable programa de Canal 9 tan representativo de la coentor valenciana?). Además de unos anecdóticos fragmentos de vías de tranvía deslocalizadas, el otro nuevo ingrediente es una estatua del arquitecto Rafael Guastavino padre, nacido, según reza la placa conmemorativa fijada a su pedestal, en una casa ubicada en el número 11, en la acera norte de la calle de la Punyaleria, (de la Armeria, en época de Tosca), que formaba parte de la fachada sur de la última manzana demolida para ampliar la plaza en 1962 (imagen núm. 1).

Y así, se ha instalado una estatua -de corte “realista” como diría el alcalde de Valdepeñas -el lugar de España quizá más prolífico en este tipo de actuaciones- en la inauguración de la ocurrente y oportuna intervención en la plaza de su pueblo- como la mujer madre (embarazada frente a un polémico carrito de la compra), análoga a los miles de estatuas que proliferan en nuestras ciudades siguiendo la moda y a semejanza de nuestros genuinos ninots indultats. Dispuestas generalmente a ras de suelo para acentuar la “cercanía” a quien se encuentra con ellas, supuestamente homenajean anécdotas y oficios varios como la mujer huertana (Los Ramos, Murcia), les dones barxeres (Pedreguer), Homenaje al gañán (Valdepeñas), Gaudí sentado en un banco (León), el audaz marinero, el heroico minero o a los animales callejeros abandonados. Algunas reposan sobre un pedestal, como sucede con Guastavino y la otra estatua que ya habitaba la plaza que muestra a una mujer desnuda que lanza al aire palomas, en analogía con la existente en Oviedo (otra ciudad abundante en estatuas-ninot de estas características) que pretende simbolizar la paz.         

Cuánto daño ha hecho Antonio López, sin pretenderlo. 

En la estatua conmemorativa, como si de un espadachín se tratara, Guastavino porta en su brazo derecho alzado por encima de la cabeza un objeto que recuerda a un florete de esgrima, que pretende ser, supongo, una abstracción de la bóveda tabicada que tanta fama y fortuna le proporcionaron en Estados Unidos. El monumento reconoce el mérito indudable de quien se atrevió a patentar como suyo en aquel país un sistema constructivo, tradicional en su tierra y en todo el arco mediterráneo, que era de todos (imagen núm. 4).

Si de rendir homenaje se trataba a los Guastavino, padre y también al hijo, puesto que ambos constituyeron una exitosa sociedad que trabajó en las más importantes obras norteamericanas del siglo XX, ¿no hubiera sido mejor dedicarles un espacio físico construido en la manzana de la plaza donde nació el progenitor para explicar su contribución al dominio de nuevas técnicas constructivas de los edificios?              

Concluyendo, la ciudad de València ha perdido otra oportunidad de liderar una nueva urbanidad. En algún titular de la prensa local de estos días he leído: “nueva plaza de la Reina: mucha piedra y mala sombra”. Su reapertura, tan oportuna en este verano tan duro que estamos soportando, ha sentenciado de manera inapelable la plaza: insufrible.

Y, hablando de confort, qué quieren que les diga, prefiero lugares como la Glorieta, el tramo inicial de las facultades de la Avenida de Blasco Ibáñez o las Grandes Vías (Marqués del Turia, Fernando el Católico…), a pesar de su tráfico.

Trinidad Simó, otra ilustre colega “terracrítica” desaparecida, nunca dejó de reclamar: “árboles, árboles, más árboles…”    

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